SITIO OFICIAL DEL PERIODISTA ERNESTO McCAUSLAND
Jueves, ago. 16 de 2012

Matronas de la televisión

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EMS

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Antes, una declaración  pertinente: soy un  sentimental. Tengo memoria emocional. Siento, luego pienso y viceversa. Así que el melodrama cinematográfico,  consumido con placer  a  lo largo de mi infancia,  me hace  hijo de Libertad Lamarque y nieto de Sara García. Creo que lo inteligible no está de ruptura con lo sensible y sé que pertenezco a una cultura en la que ambas, de alguna manera y en ciertos  espacios, todavía conviven.

     Lo digo porque desde las urbes de la llamada civilización post-moderna se nos tiene por mamíferos tercermundistas que no hemos pasado aún  a la etapa de raciocinio analítico y se nos desprecia por alegres y superficiales. Podríamos responder que ellos,  en cambio, enfermos de melancolía, dejaron de reír cuando su mentalidad les confirmó que no eran libres y que al final, como a todos, se los llevaría la muerte.

      Antonio Gramsci dijo alguna vez: “El elemento popular siente pero no comprende o no siempre sabe; el intelectual sabe, pero no comprende y, sobre todo, no siempre siente”. Sigo en las citas: “¡Nada de tangos en el antro del saber!”. Con esta  frase, el Rector  de la Universidad de Buenos Aires sacó  al célebre músico argentino  AstorPiazzola de la Facultad de Filosofía. Y yo la recuerdo porque les he traído boleros.  Espero  no ser sacado por ello de este espléndido museo *. Los he traído, de fondo, porque Delia Fiallo, la más  famosa libretista de telenovelas en el mundo, dice que para hablar de ese tema hay que ponerse romántico. Y yo me pongo romántico con los boleros. Nada más por eso.

     Hace algunos años,  cuando la telenovela Café estaba en su apogeo,  una señora agarró  a carterazos en un supermercado al  actor Cristóbal Errázuriz  por las villanías interminables que su personaje de televisión cometía contra la bella Gaviota. Este tipo de agresión, con otros nombres y lugares, se ha repetido durante años en América Latina, cuando actores que personifican malvados en las telenovelas, resultan víctimas de televidentes furibundos.

Si algún televidente de esos me escucha, permítame recordarle que,  aunque él no lo crea, las telenovelas pertenecen al universo de la ficción y están hechas de video y de palabras, con personajes y no personas. Las historias que narran no son experiencias reales, aun cuando se alimenten de ellas. Son un juego, un juego distinto  –con otras leyes y convenciones-   a los de la realidad. Las telenovelas y su gente se instalan además en un tiempo diferente al de la vida real, que fluye y no se detiene.  La vida, en cambio, de una telenovela, empieza y termina,  se acelera y frena en una perspectiva temporal singular, de la que participan el libretista, el productor, el director, e incluso los televidentes. Entre el tiempo real y el de la  ficción  hay  todo un abismo, aunque el de la telenovela imite –casi siempre- la linealidad convencional del real.

Una telenovela reduce la escala de su tiempo ficticio en una trama al alcance de los televidentes,  que la viven, que la entienden y la juzgan (casi siempre en grupo) con el mismo vigor con que juzgan sus propias vidas.

“Las carencias afectivas de los humanos –dice  Delia Fiallo- en una sociedad donde hay menos tiempo para el amor que para  el trabajo, la competencia y la acumulación de bienes materiales, hace que los televidentes se identifiquen con los personajes que exaltan el amor, y de esa manera realizan en la fantasía la intención de ese sentimiento y del sexo, frustrados en la vida real“.

 

    También mediante el raiting, las cartas y los sondeos especializados, la opinión de las amas de casa interviene en la elaboración de las historias que escriben los libretistas. En este contexto, si la novela literaria se rebela contra la vida y la transgrede, la telenovela clásica lo hace casi siempre con una mesura que respeta la convención social de valores, la moralidad pública y el mito. Si bien ya se han dado rupturas  exitosas en el género (varias en Colombia)  se trata de saltos tan poco cualitativos que muchos prefieren seguir viéndolos como excepciones. En general, las ilusiones que viven personajes y espectadores de las telenovelas, son aquellas permitidas por la moral social vigente.  Aún hoy,  el autor de la obra parece construir lo esencial por encargo. La historia tiende a salir telegrafiada, a partir del conocimiento que el llamado autor tiene del género establecido o de las expectativas predecibles que él mismo posee de sus propios televidentes (de ello también empiezan a liberarse con argucia, observación y coraje, los libretistas más personales e imaginativos de nuestro medio) expectativas muy cercanas esas, por lo demás, a una realidad que sólo levemente desean rectificar, a un nivel de alienación mínimo, tan simple como categórico.

      Por ejemplo:

      -Que los personajes no mueran. Para que no mueran sus sueños.

-Que los protagonistas acaben en la historia unidos y felices.

-Que la espera (como mujer y como televidente) valga la pena y, al final, el amor y la justicia triunfen.

-Que la villanía desaparezca o sufra; que el malo llore, como hizo llorar a la buena protagonista.

-Que los protagonistas sientan. Porque la peor fechoría melodramática es la de no tener sentimientos.

Variación del mismo tema: las telenovelas pertenecen a la ficción, pero transforman muy poco la realidad. La cuentan apenas, y la rectifican. En la telenovela hay escasa fábula y poco de prestidigitación por parte del autor (¿Es esa la lucha principal de ciertos libretistas contemporáneos?). El melodrama hunde sus raíces en la experiencia humana pero legitima, como aspiración social, los modelos y estereotipos vigentes.

 

      ¿Es miedo colectivo, ingenuidad, prevención, femineidad, dogma o todo eso junto, lo que obliga tomar, en este género, la realidad casi al pie de la letra, con la simple adición de dos o tres sueños para sobrevivir?

Digamos con precisión literaria que estamos frente a una Madame Bovary que no quiere parecerse a las heroínas de las telenovelas observadas. Y que, por el contrario, lo que desea es que todas esas heroínas de telenovelas sean como ella y como el mundo sueña que deben ser. Esta Madame Bovary es una realista complaciente con su sociedad, que apenas se permite como ella ciertas libertades. Realista y llena de fe, nuestra matrona de la televisión bebe del mito de la “felicidad” pragmática. Como no vive a su manera, se da el lujo de anhelar una leve metamorfosis en el personaje que se le aparece y asoma a la pantalla de televisión, una construcción maquillada de sí misma y de esa otra que, como ella, alcanzará la felicidad buscada con tres pinceladas reformistas a su existencia: conseguir para siempre un ejemplar masculino, que sea hermoso, tierno, adinerado y cumplidor de su deber; triunfar ella como persona de manera rotunda en la vida, y jamás morirse. O algo así.

 

      Si –como dice Mario Vargas Llosa- en las entrañas de toda buena novela literaria ruge una protesta, en las novelas de televisión las señoras –que parecen dictarlas- solo esperan (quizás por eso son tan largas e interrumpidas las telenovelas. Estas señoras no desean una vida exuberante en experiencias. Con un par de cositas se conforman).

      ¿Hay acaso, en lo que digo, alguna mala intención? ¿No será que sólo necesitan placer y trato dulce por parte de sus hombres? ¿Será que en verdad lo único que quieren ellas es vivir en el romance? Y me refiero a momentos de ternura, que no de sexo, porque de esto muestra poco la telenovela clásica (algunos estudiosos montan a la telenovela en el mismo coche de la pornografía: que la una es sentimiento sin sexo, dicen, y la otra todo lo contrario. Tal vez por eso, no estoy seguro, Guillermo Cabrera Infante llamó a Corín Tellado “una inocente pornógrafa”). Me pregunto si los limitados sueños de tantas mujeres, ese conformismo desesperado suyo, esa ortodoxia sentimental, pertenecen al pasado y deben algo de su inmovilidad al vivir tanto tiempo entre caudillismos totalitarios, lo que explicaría que las rupturas telenovelescas de hoy puedan explicarse a su vez en las entrantes aperturas politico-económicas. ¿Acaso constatan estas el inicio de una autonomía en los sueños y la realidad de miles de miles de mujeres? ¿Empieza a anidar en ellas cierto escepticismo? ¿La incertidumbre creadora de que su destino no es cosa de fe ni asunto tan dependiente de sus maridos? ¿Empiezan a tambalearse en ellas los dogmas y preceptos que garantizan su existencia y la de sus hijos? ¿No será que en lugar de desatar su imaginación esas mujeres buscan el melodrama para revivir un pasado estable? ¿O sienten que deben seguir más bien arando allí, en el alma de las virtudes y las villanías masculinas, una y otra vez, todos los días, para amansarnos quizás como hombres de nuestro tiempo? ¿Es una mirada masculina la mía, ciega ante la especificidad del sueño femenino, la inefabilidad del amor, el arte de la caricia, el tacto sabio y la lágrima? ¿Acáso no vemos esto porque no hemos activado nuestra sensibilidad ni inventado un nuevo medio de comunicación para sentirlo todo? ¿Lo ven ellas porque sólo piensan entonces en la prole? ¿En la perpetuidad de su especie? ¿No se atreven a dar saltos considerables de imaginación o de ingenuidad porque intuyen que siempre retornaran de la ficción a un lugar mucho más pobre? ¿Porque no han vivido ellas aún la angustia de saber que somos mucho menos de lo que soñamos?

En un reciente ensayo sobre la novela rosa, una rosa, Rosa Pereda, decía: “El corazón no se conforma con la vida aburrida y cotidiana que a casi todos nos toca vivir y teje un mundo de sueños donde puede realizar la princesa su capacidad de amar, de vivir la pasión que daría la medida de lo que, secreta y silenciosamente, somos”.

Pero, más adelante, agregaba: “La revolución romántica es, antes que otra cosa, una fabulosa operación de recuperación, un conteo hacia atrás. Contra todo pronóstico, nos muestra la nostalgia de un tiempo donde el bien y el mal estaban nítidamente separados en dos mundos, donde lo doméstico y lo público se hallaban bien diferenciados y donde la mirada social demarcaba perfectamente las identidades, las conductas morales y la cordura, algo que se pulverizó en los entusiastas setenta y se vació de significado en los posmodernos ochenta”.

Para la libretista Fiallo, “los instrumentos de trabajo de un escritor de telenovelas son las pasiones, o sea, el común denominador del género humano. Y desde el primer hombre de las cavernas hasta el último hombre sobre la tierra, siempre existirán la ambición, los celos, el odio y el amor”.

Yo me sigo preguntando: ¿Historias del corazón que poseen alto vuelo imaginativo tienen hoy escaso atractivo para la televisión? ¿No están las telenovelas de hoy bien lejos en su calidad sentimental de libros como Sentido y Sensibilidad, Como Agua para Chocolate y películas como Rebeca o Hechizo de Luna?

Sabemos que vivir en la ficción vidas que no vivimos en la realidad puede producir ansiedades que se tornen rebeldías frente a lo convencional, pero ese no es, con seguridad, el caso de estas matronas de televisión, que parecen haber detectado, por el contrario, los peligros de soñar y han preferido aplicarse el régimen de autocensura. Quizás muchas de ellas han empezado, sólo ahora, a disfrutar los riesgos de su libertad con verdades a medias, subjetivas y personales, lejos casi siempre de la verdad oficial, y aún de la histórica.

Todo realismo ortodoxo se ha habituado a ver la ficción como algo fraudulento y embaucador. Quiero confesarles que, al principio, pensé que todas aquellas señoras de cartera que seguían ultrajando a tantos Errázuriz en el universo de nuestra América Latina, vivían lo que se llama en literatura “una suspensión de la realidad”. Que continuaban en la ficción. Pero hoy, me corrijo, porque estoy convencido de que lo que esas matronas quieren en efecto es “eliminar a villanos como Errázuriz de la superficie de la tierra”. Y que, en ese momento de su agresión, cada una de ellas no está dentro de una realidad suspendida porque nunca lo estuvo, sino todo lo contrario. En el instante de la agresión, cada una de esas matronas seguirá viviendo en su realidad sin ficción. O en una realidad dentro de la cual eso que sabemos ficción, resulta tan tenue, tan leve, que aquellas lo leerán como real y por eso tampoco verán al personaje, ni en la telenovela ni en Errázuriz. 

Así que no sólo es anacrónico el relato.

Sueños limitados y recurrentes, como el de la Cenicienta, parecen suficientes para estas señoras. Y no solo para ellas. El mito de la pobrecita bella que terminó en los brazos del príncipe, acaba permeando como metáfora hasta la redacción del periodista que valora el oficio de Dago García y Luis Felipe Salamanca, quienes, como él escribe, “gracias a las telenovelas pudieron darse el gusto de tomarse un café en la calle Trastévere, recorrer Roma de noche, ir al teatro, comer pasta en su ambiente natural y codearse con las principales figuras del cine y la televisión italianos”.

¿Será que el común de las gentes o las gentes del común creen aún que la imaginación es un don demoníaco que abre abismos inconvenientes entre lo que somos y lo que queremos ser? ¿Entre eso que poseemos y lo que deseamos?

      Allí están las revistas nacionales que se diseñaron como Time y Newsweek, los noticieros “idénticos” a los de la NBC, el Talk Show que copia a Lederman,  el anchor que emula en sus camisas a Larry King. Aquí están, por un lado, las telenovelas que dan muestras de identidad, como Café, La Abuela y La Mala Hierba, para citar solo tres que recuerdo. Y allá, por el otro, están las de las matronas.

  Adaptar hoy a la televisión una novela literaria, por ejemplo, no es otra cosa que enfundarla en la camisa de fuerza de lo que se llama el  modelo melodrama, un género que la moral y las virtudes toleran. Y seguir el modelo es limar lo innovador y lo particular, dejar lo superficial, calcar burdamente su entraña. Imagino al joven libretista viviendo entre la frustración de no poder volar sino a la altura de lo impuesto por el género y la alegría de lograr meterle un gol imaginativo a lo establecido.

El mensaje de las telenovelas clásicas es el mismo de la novela rosa: “No desees más de lo que en realidad puedas alcanzar”.

La telenovela de hoy parece afirmar y defender todavía la soberanía del modelo de “felicidad” vigente en nuestra sociedad, así como custodiar la ciudadela de lo familiar y lo convencional, por encima de la libertad de cada individuo a pesar de tanta pobreza y tanto malestar en todos los sentidos, todavía somos muy conformes en nuestro medio. En el de la televisión, por lo menos. (2000).

 

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