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Viernes, sep. 14 de 2012

El bolero, una bella forma de sufrir el amor

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EMS

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El origen del bolero es todavía tema de discusión entre los melómanos.  Mientras unos creen que pudo nacer con el siglo veinte, como resultado de la influencia que tenían en América las romanzas españolas y napolitanas, otros afirman que es el producto de la evolución del danzón cubano, ritmo nacido en el oriente de la isla.  Claro que desde 1780 había sido creado ya un bolero, en la isla española de Menorca, pero las características de este ritmo son completamente opuestas a las del bolero americano.

En medio del debate, la versión que mejoro respaldada aparece es la danzón, puesto que existen pruebas discográficas que demuestran la transición sufrida por este ritmo.  Así entonces, a partir de 1925, un grupo de músicos jóvenes entre cubanos, mexicanos y puertorriqueños, se empeña en la tarea de transformar el danzón, restándole velocidad e insertándole contenidos altamente románticos.  Guty Cárdenas (prodigioso guitarrista), Tata Nacho, Ricardo Palmerín, Lardo de Tejada y Esparza Oteo figuran como precursores de esa transición. Agustín Lara dejaría sus aspiraciones en el tango y se uniría al grupo con tal fuerza que convertiría al bolero en la música continental.

El bolero comienza su lucha por triunfar sobre todo lo existente.  Latinoamérica estaba invadida por la sórdida tragedia del tango, la sofisticación napolitana, la delicadeza del bambuco y la alegría melancólica de la conga, la guaracha y el montuno.

La revolución empezó en México en unas condiciones verdaderamente propicias.  Si bien existían ya ritmos parecidos, estos eran demasiado complejos o con mucho sabor europeo y nada tenían que ver con la realidad citadina de México.  Hernán Restrepo Duque, uno de los más prestigiosos comentaristas musicales en Colombia, describe así ese momento: “Todo eso: el amor desesperado de la obrerita y la tragedia burguesa del matrimonio incomprendido y  el noviazgo escolar, necesitaban una expresión.  Debían decirse distinto a las estrofas guerrilleras de La Adelita, a la festiva historia de La cucaracha o al candor emocionado de Cielito lindo”. La naciente industria fonográfica y los empresarios de la radiodifusión comprendieron que el continente joven quería cantar con voz propia y estimularon desde centros tan importantes como Nueva York el crecimiento de la nueva música. El auge del bolero se prolongó durante más de 30 años en los que fue rey absoluto, después de poner en retirada a  cuantos bailes y ritmos existían.

Puede decirse entonces que el bolero, ya como canción popular mexicana, se formó en la guitarra de Guty Cárdenas, en las composiciones de Gonzalo Curiel (que incorporaron a la canción latina las inquietudes del jazz americano y los sentidos blues de All John) y en las manos de Agustín Lara y Rafael Hernández.  Y hasta podría afirmarse que en María Grever, liberada de su estilo atangado.

 

LA RAZON DEL BOLERO

¿Qué poseía el bolero que en tan corto tiempo logró penetrar en la sensibilidad de los latinoamericanos?  Alfonso López Michelsen escribiría en su libro Los elegidos: “El bolero es un baile que, como ningún otro, revela la idiosincrasia de estos países tentadores y fáciles. Casi diría yo que es un baile para casados jóvenes que comienzan a interesarse por los cónyuges de los demás.  Siempre la canción se refiere a una pasión intensa, imposible de realizar”.

Pero la razón puede ir más allá. El nuevo tipo de canciones estaba dotado, sin duda alguna, de suficiente riqueza poética pero conservando siempre un lenguaje sencillo que le permitió el acceso a diversos grupos sociales. Como decía el escritor colombiano Fabio Lozano Simonelli, “el bolero se metió en la literatura sin permiso de las academias”.

Además, la estructura melódica era suave y tranquila, con lo cual se convirtió en un acompañante necesario y tierno de todo aquel que quisiera desear, añorar o simplemente pensar.  En resumen, el bolero se convirtió en una manera sencilla y propia de expresar los sentimientos de un pueblo.

 

SIEMPRE EL AMOR

La versatilidad de los boleristas era sorprendente.  Creaban guajiras, blues, valses, tangos y hasta óperas (como Agustín Lara en sus últimos años).  Pero el bolero fue y es, ante todo, un canto al amor, más como pasado que como presente.  El bolero entró a remplazar el lenguaje de quienes lo escuchaban.  Al tiempo que era un instrumento para transmitir sensaciones, era un patrón de conducta y un modo de amar.  Los desinhibidos lo usaban para sus intrépidas conquistas y los tímidos alelados lo escuchaban con nostalgia.  Toda circunstancia que implicara romance, bien fuera éste alegre o triste, permitido o censurado, cercano o distante, fugaz o eterno, requería la presencia de un bolero.

Amor y desamor, placer y dolor, alegría y pena, ilusión y desilusión, esperanza y desengaño, son constantes inevitables en los versos del bolero.  La alegría del amor está representada en expresiones sublimes, en promesas de amor eterno, en agradecimientos a Dios:

 …bendito Dios

porque al tenerte yo en vida

            no necesito ir al cielo tisú

Si alma mía, la gloria eres tú

No ocurre lo mismo con el dolor, la desilusión o el desamor, en los que el lamento es reiterado verbal y melódicamente.  Se culpa al destino de su desdicha, pero en raras ocasiones a la otra persona.  Y siempre hay un asomo de esperanza.  Los boleristas aman aunque no deban hacerlo, aunque no les correspondan.  Aceptan sufrir el amor (“no te debía querer, pero te quise”), e incluso buscan el dolor (“deja que esta efímera alegría se convierta toda en llanto”).

El sometimiento al amor diferencia al bolero de su contemporánea la ranchera y de su predecesor el tango. En la primera el desprecio es la condena que debe pagar quien engaña.  En el tango en cambio, hay una tendencia más derrotista y desesperación se hace evidente hasta en los rápidos compases de la melodía. El hombre, luego de maldecir, marcha camino al final cargando con la pena.

En la época del bolero el pudor era una norma y este, además de que lo acataba contribuía a reforzarlo, valiéndose de frases sutiles para relatar pasiones clandestinas.  De esa forma llegaba a idealizar las atracciones físicas:

Señora bonita, yo siempre la sueño

            mire que ironía, yo amándola

Tanto y usted tiene dueño.

De la misma manera que el bolerista podía amar sobre todas las cosas, también demostraba su  incapacidad para luchar contra ciertos impedimentos que, sin embargo nunca mencionaba: “No es falta de cariño

Te quiero con el alma

Te juro que te adoro

Y en nombre de este amor

y por tu bien,

Te digo adiós.

Si hay algo que deba destacarse en el bolero-poesía es la importancia que otorga al retrato, al dibujo de todas aquellas partes del cuerpo (que pudieran mencionarse, desde luego):

Muñequita linda 

de cabellos de oro de dientes de perla, 

labios de rubí

La descripción del ambiente y del paisaje era una tarea imprescindible para quien escribía boleros.  En ocasiones el paisaje era para evocar la tierra querida y generalmente lejana, en otras era el testigo del idilio o la tragedia. Y en muchos casos aparecía como culpable:

…por qué se fue?

Tú la dejaste ir

Vereda tropical..

¿Es el bolero una música para seres solos, o hecha por hombres solitarios? No podría generalizarse, pero es indiscutible que la soledad es una constante expresa, insinuada o simplemente latente.  Estar solo es el refugio de quien ha perdido su amor.  La soledad es una solución.

Partiré canturriando

mi poema más triste

le diré a todo el mundo

lo que tú me quisiste

Y cuando nadie escuche

mis canciones ya viejas

¡Ay! Detendré mi camino

en un pueblo lejano

 y allí moriré.

 

VOCES Y GUITARRAS

El bolero acudió a muchos recursos para transmitir su mensaje.  Aprovechó su riqueza melódica y por lo tanto sus versátiles posibilidades de interpretación. Con la misma facilidad con que reflejaba un lamento, describía una emoción.

Los instrumentos facilitaban la tarea y de ahí que el violín se fue convirtiendo rápidamente en el coprotagonista de cada bolero, al lado del piano y la guitarra. Más tarde las grandes orquestas realizaron variadas interpretaciones del bolero original, como la Sonora Matancera, que creó todo un estilo.

Hay algo tan importante como los instrumentos y son las voces.

Estas le dieron personalidad a cada tema.  La mayoría de los intérpretes se habían fugado de la ópera y eso contribuyó a darle un toque de distinción al género.  Por eso se dice que el bolero fue de intérpretes, más que de compositores. Son de la época Juan Arvizu, Pedro Vargas, Alfonso Ortiz Tirado, María Luisa Landìn, Ana María Fernández y Toña la Negra, entre otros no menos importantes.  La selección de intérpretes no era gratuita.

Hernán Restrepo afirmaba para referirse a Pedro Vargas: “Nadie como él supo cantar con el tono discreto y dulzarrón que era necesario para enamorar”.

 

BOLEROS DE HOY

El bolero fue rey hasta finales de los cincuentas, cuando fue desplazado poco a poco por ritmos alegres y liberadores como el rock and roll, el twist, el cha-cha-chà-el fox-trol, el mambo, el rock y la balada, como una manera juvenil de seguir siendo romántico.

Simultáneamente, el bolero se fue transformando.  Los Panchos incorporaron a su trío las voces del momento.  Otro mexicano, Armando Manzanero (ayudado por la voz de Roberto Ledesma) efectuaba una segunda transición, esta vez del bolero a la balada.  Desde Chile surgía Lucho Gatica, mientras que el estilo impuesto por La Sonora y la Billos consolidaba a estrellas como Daniel Santos, Celia Cruz, Bienvenido Granda, Felipe Pirela, Alberto Beltrán y Celio González.

El bolero se sigue escuchando hoy y sus mejores oyentes están entre las personas mayores de 35 años.  Pero ya no es el mismo de los felices años cuarentas.  Ahora es más un factor de recuerdo, un modo de volver al pasado.  Desde las tribunas del esnobismo se mira como una música de cantina y las nuevas generaciones hablan de él como música vieja, mientras que la balada lo retoma y le imprime nuevas variaciones. El profesor Aníbal Noguera lo define así: “El bolero crea una atmósfera tan cálida que rompe todas las barreras sentimentales.  Su mùsica se mete en la sangre como un alcaloide.  Esculcándolo se regresa en busca del tiempo para recordar.  Por eso sus adeptos son unos convalecientes de esa enfermedad que abre las recámaras del corazón para dar paso a los fantasmas que ya no tienen nombre en la memoria, pero que dictan nuestro sueño”.

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