SITIO OFICIAL DEL PERIODISTA ERNESTO McCAUSLAND
Domingo, sep. 30 de 2012

El señor del Tambao

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EMS

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En Oruru hacía menos frío. Se notaba el descenso. Yo me esperé en la puerta de una fonda, sentada al lado de muchas otras mujeres que parecían mis espejos. En sus rostros también se traslucía la pena. Y aunque yo era la única que no vestía de luto, intuí que todas debíamos estar realizando un viaje parecido. Estuve a punto de preguntar en voz alta, ¿también van a Seis Horas?, pero lo consideré una estupidez. Yo no hubiera respondido a esa ni a ninguna otra pregunta que se me hubiera hecho en aquella ruta, tan repetidamente calificada de peligrosa. Debía aceptar los sobreentendidos como lo hacían ellas, sin abrir la boca para nada. No estábamos transitando por caminos de comunicación sino de extremo sigilo, a pesar de la mancomunidad del dolor.

Bartolomé se presentó al cabo de un rato acompañado por un hombre de poncho y carriel, que resultó ser Eliécer, nuestro futuro guía.

¿Quiénes son las del camino a Seis Horas, pues?, preguntó, y todas las que estábamos allí nos pusimos de pie para mi estupor. Yo fui la única que no salí presurosa tras el hombre, que había echado a andar sin más, y la única que se quedó rezagada por estar reparando en la cara de sus  acompañantes. A ninguna parecía impresionarle que todas, sin excepción, fuésemos a recorrer idéntica senda hacia el infortunio. Es duro rendirse ante la evidencia a pesar de haberla tenido sentada junto a ti.

¿Has visto?, le pregunté a Bartolomé sin poder evitar que se me saltaran las lágrimas. Sí, ya no estás sola en tu desgracia, me respondió, echando a andar él también.

Fuimos los últimos en aquella fila, que siguió al baquiano sin descansar apenas durante el primer trecho del recorrido. El hombre debía tenerlo  cronometrado, el camino,  porque justo al ocultarse el sol entramos en el pequeño caserío de Tarija, en el que nos quedamos a pasar la noche.

Si oyen balas que nadie se levante, que esto no va con nosotros, nos advirtió la mujer que nos dio albergue, mientras pasaba las trancas a las ventanas.

Yo pasé la noche con miedo hasta de respirar, no fuera a ser que  desde la calle confundieran mi aliento con el de otra. Tenía la impresión de estar durmiendo rodeada de víctimas, todas señaladas y con deudas pendientes, y temía que el castigo que se les fuese a infligir rebotara en mis carnes, despedazándome. Confundía las paredes de la casa con mi propio cuerpo, y las percibía débiles y resquebrajadas como mis miembros, e igual de heladas que mi piel. Desde luego me sentía durmiendo en un campamento absolutamente vulnerable, a merced de los diablos que te asaltaban y baleaban en la oscuridad.

Rosendo Cepeda, Ismael Castaño, Albarrasir Santiago... se escuchó llamar a eso de las cuatro de la madrugada. Me senté de un tirón. Mi terror  de horas atrás se encontraba a escasos metros de la casa que nos refugiaba. Convertido en verdugo implacable, nos leía su listado macabro con la voz bien carraspeada para que escuchásemos los nombres de los sentenciados sin equívocos.

 Mis compañeras de habitación se fueron yendo para un rincón a arrodillarse y abrazarse, formando un corro silencioso en el que ni siquiera se daba cabida al llanto. Temblar parecía lo único permitido. Yo me acerqué hasta ellas y mi temblor se unió a sus temblores. Después escuchamos los ajusticiamientos, y acto seguido las advertencias. Por último sentimos alejarse a los que habían venido a matar, y una de nosotras se atrevió a desmayarse. El resto nos permitimos llorar.

Al amanecer me aventuré a cruzar la calle y me presenté en la casa donde estaban arreglando a los muertos. Sentí envidia de  aquellas viudas que estaban pudiendo despedirse de sus maridos, y les tuve rabia, pero de inmediato me sobrecogí. ¿Tan esmirriada estaba yo? Una fuerza superior a mí me impulsó a ofrendarle a una de las dolientes un cubo con agua limpia. La mujer me miró asustada. Es de las viudas de doña Isabel, le aclaró otra. ¡Viuda!  ¡Viuda!, escuché palpitante mi propio eco interior. La mujer cerró por un momento sus ojos y luego me miró con expresión de dolor, y yo entendí que me había dado sus condolencias, y luego metió su esponja roja en el agua clara y yo me giré para acompañar su mano por el rostro de su muerto, y sentí que me vaciaba por dentro porque esas cejas, esa nariz y esa boca no eran las de mi Ricardo, el hombre de mi corazón. Fue el pudor el que me retuvo allí otro rato más, y de no ser por Bartolomé, que pasó a buscarme, me hubiera deshecho en vómitos.

Reanudamos el camino, pues, bien pegadas y calladitas. El empeño por encontrar a los nuestros seguía ahí, pero eso no significaba que ahora no fuéramos conscientes de que el asunto entrañaba miedo. Y bien verraco.

Con el guía fuimos atravesando terrenos donde arreciaba el viento fuerte, así que avanzar se hacía difícil. Para mejorar el paso nos pegábamos a las rocas, y  éstas fueron nuestro sostén hasta que el aire fue amainando, aviso, según el baquiano, de que nos hallábamos próximos a las Grutas.

Exhaustos, nos sentamos a descansar en un paraje libre de  turbulencias. Al cabo de un rato, el sueño nos venció. Y tras el reposo, tuvimos que enfrentarnos a las primeras grietas de nuestro valor. La mayoría de nosotras no sólo presentaba una salvaje hinchazón de piernas —consecuencia del cansancio, sin lugar a dudas—, sino pústulas en diferentes partes del cuerpo. El terror que habíamos estado reprimiendo desde el inicio de este penoso camino de laceraciones, había terminado por estallar  sobre nuestra piel. La imagen que dábamos era la de un escuadrón derrotado  que para nada quería reemprender la lucha.

Las fiebres fueron más elevadas durante el segundo y tercer día. Y si no hubo deserciones durante las treinta y seis horas que duraron las bajas, fue porque regresar hubiese significado caminar hacia la mismísima muerte.

Al baquiano no le quedó más remedio que aguardar los cuatro días de reposo que todas necesitamos para que el miedo dejara de ser nuestro azote. Y para que nuestras fuerzas volvieran a nutrirse del imperioso deseo de averiguar la suerte que habían corrido nuestros  hombres.

Los kilómetros que nos separaban de las Grutas no fueron muchos, tal y como se nos había anunciado  antes del desplome. En tres horas estuvimos allí. Al llegar a este punto, el guía nos leyó la cartilla.  Bueno, pues, aquí estamos. La que quiera entrar a indagar, que indague y que muestre fotos, si es que las ha traído, y nada de venir a ponerse con remilguitos pendejos con las putas, que las hay y a montones.

¿Remilguitos? A nadie que emprenda un viaje como el nuestro se le hubiera ocurrido semejante majadería. ¿Y con las putas? ¡Que más da que hubiesen ido con putas! La cuestión era averiguar dónde se encontraban ellos o sus huesos.

Nos dirigimos entonces hacia las Grutas, pequeño arrabal de Camargo, donde hasta los que ya se encontraban bebiendo en las  cantinas, tenían caras de intrusos. No sería yo quién entrara a preguntar nada. Bartolomé, ¿por qué no va usted y pregunta, y mientras, yo lo espero acá afuera? Sola, nada, toma ejemplo de las demás que se mueven en grupos. Entramos los dos juntos, así sea yo el que pregunte.

Las Grutas se encontraban nada más descender al valle, y estaban situadas en los costados de un vergel. La verdad es que yo las hubiera utilizado para comederos o como lugar de recreo de los vecinos de Camargo, y no para albergar ajustadores de cuentas del mundo del trapicheo. Pero el que quiere dañar, daña. Y los que se habían hecho con las Grutas, y se habían aprovechado de sus formas naturales y atractivas para montar sus garitos, únicamente pensaban en el dinero. 

En cuanto a los itinerantes, había que persignarse frente a lo que se codeaba por allí. Eran diablos acorazados con escapularios, dispuestos a silenciar humanos hasta por un par de zapatos tenis. Almas de corta duración que morían en la refriega más inesperada, a pesar de estar encomendados a  la virgen,  patrona y señora de sus vidas.

Angel de mi guarda/ dulce compañía/ no me desampares/ ni de noche ni de día/ ni cuando esté despierto/ ni cuando esté dormido/, ¿que se les ofrece, pues? ¿No ven que ya me voy a dormir?

No queríamos interrumpir, venimos de parte de Patrocinio.

¿Qué quiere el Pelu, pues?

Que nos dé razón de Ricardo, el de Tambao, el hijo del Capitán.

Si ella es su mujer, que no le busque más, que ya no existe.

La viuda quiere saber dónde quedó su tumba.

Ah, de eso sí no puedo informarle. Yo solo sé que  ese muchacho   hace ratico que está fuera de circulación. Que la señora vaya a Casa Vieja, en Pantanal, y que pregunte por Mandarino.

El impacto fue fuerte, por decir lo menos. Me cuestioné si debía entrar a Camargo, el siguiente pueblo a visitar. ¿Para qué iba a hacerlo? El mío, mi Ricardo,  no estaba enterrado allí, según lo que acababa de escuchar. Por mí que nos fuéramos de inmediato para Pantanal, el único destino que debía interesarnos. Comenzaba a horrorizarme el tener que ir parando en todos los mataderos del camino a Seis Horas, pues eso significaba exacerbar mi propio dolor con la pena del ajeno. Lo justo era que yo sólo cargara con el mío propio. También a la tristeza hay que ponerle principio y fin. Ya era viuda, o por lo menos eso había asegurado ese hombre; entonces a encararlo, pero sin goteos, sin tener que acompañar a ese grupo de mujeres que quería ir al camposanto de Camargo, en el que les habían enterrado a sus amores.

El baquiano se negó a proseguir el camino con las viudas que quedábamos aún en limbo, alegando que él se había comprometido a realizar una ruta completa y que ésta incluía detenerse en el cementerio de Camargo. Muy cumplidor el hombre, ¿no?

Algunas mujeres fuertes y solidarias acompañaron hasta las tumbas a las que venían de ser confirmadas en las Grutas como dolientes. Como era de esperar, yo fui de las que no se atrevieron a pasar de la entrada del camposanto. Sin embargo desde allí no pude escapar a los lamentos que se escucharon, y  nuevamente tuve que hacerlos  míos porque me partieron el corazón.

Aunque no entendí cómo fueron capaces de llorar frente a un grupo de nichos sin identificar —yo esperaba, por lo menos, contar con el privilegio de poder hincarme frente al de Ricky—, la actitud de aquellas viudas me legó una gran enseñanza: El verdadero dolor no conoce de pudores.

Las que van encontrando lo suyo que se queden y las otras que sigan, terminó por impacientarse el guía pasado un breve rato. El dolor que presenciaba no le erizaba la piel. ¿Cómo lograba permanecer inmune al sufrimiento?, ¿cuantos paseos por el martirio ajeno había realizado en el último año sin inmutarse? Estaba curtido, era evidente. Aunque a decir verdad, la irritación  que lo poseía cada vez que nos retrasábamos debía tener algún significado. Quizás se tratara de un hombre de esmerada puntualidad, no lo sé, pero ese prurito por cumplir los horarios de su macabra ruta  daba qué pensar.

Apúrense, pues, que a las tres tenemos que estar en el Guamo para embarcar hacia Pantanal, nos chilló como un energúmeno el hombre y las restantes enseguidita volvimos al redil. Seguro que las del cementerio perdonaron la estampida. Todo el mundo tiene derecho a irle dando saltos a la congoja, y de esgrimir  el miedo como excusa. 

Poco antes de las tres de la tarde estuvimos a orillas del Guamo, para tranquilidad de nuestro guía. Llenamos dos lanchas de doce puestos cada una, y partimos hacia nuestro próximo destino con el compromiso de tener que ocultarnos bajo un hule cuando arribásemos a cierto tramo del río. Se trataba de permanecer callados y de acomodarnos como fuera en los bajos de los botes, para hacernos pasar ante  no sé quienes como racimos de bananos. Los únicos que contaban con salvoconductos para transitar libremente a lo largo y ancho de aquel río eran los conductores de las lanchas, pues hasta el baquiano debía agazaparse cuando se lo requirieran al resto de la tripulación.

Comenzamos a rodar por el río con el sol picante. La zona de Camargo tenía un clima templado e íbamos más ligeros de ropa. Viajábamos a poca velocidad, hecho que mi ansioso corazón no entendía.

Quizás el motor es viejo y no da para más, repuso Bartolomé a mi inquietud. Pero yo no creía que fuese esa la razón. Los barqueros de por sí eran bastantes extraños. Siendo sesentones todavía  vestían de idéntica manera, como si continuaran teniendo cinco años. Eran gemelos, ¿pero y qué? Hasta me fijé en la forma como manipulaban el motor: el mismo pulgar golpeteando el mando de los cambios sin parar, el mismo ceño de capitanes sesudos que acaban de ordenar que les pasen el giróscopo. Nos internaban en el infierno con aires de dignidad, y yo los escupía. ¿A qué tanta pose? Eran acreedores de un salvoconducto para transitar por parajes nauseabundos de los que solo era dueña la hiel humana, ¿y se mostraban así? Altivos y distantes, ¿de qué o para qué?

Estás empezando a odiar a Ricky, me hizo notar Bartolomé tras escuchar mis refunfuños. Sentí un escalofrío. A Ricky, no, le objeté de inmediato y muy molesta.  ¿Cómo podía imaginar una monstruosidad semejante? Ricardo era el hombre de mi corazón, mi amor para toda la vida.

Estoy empezando a detestar al mundo que me lo arrebató, aclaré con firmeza para que mi interlocutor supiera que hacía oídos sordos de sus comentarios.

También era su mundo, Carmen, aunque nos duela.

No, él no era como ellos y tú lo sabes más que nadie.

Algo debía tener de ellos para que estemos yendo a buscarlo en esta lancha. Y te juro, Carmen, que he tenido que viajar hasta aquí para asimilarlo.

Miré horrorizada a Bartolomé Cuenca, y me quedé examinando su cara  para tratar de localizar las hendiduras por las que se le escapaba su veneno. Pero su adolorida voz me hizo quitarle los ojos de encima.

Y yo también le quería, dijo.

 

Me estremecí. Esas palabras que habían brotado del corazón. Me habían herido. ¿Dónde?, ¿en qué parte de mi cuerpo?

Hice un rápido repaso de las mujeres con las que viajaba, y las aborrecí. ¡Entes!, ¡entes!, las llamé una y mil veces dentro de mí. ¿Por qué no exigían éste o aquel otro asiento?, ¿por qué se sentaban donde les ordenaban?

Alguien podría decir algo, pensé desesperada. Una de las tripulantes se dio la vuelta y me miró, como si acabase de escucharme. Y la respuesta que yo creí salir de sus profundas y oscuras cavidades oculares  me produjo miedo. Tuve la impresión de que la muerte me había mirado, de que Ricky me había mirado desde el más allá y  que lo había hecho con reprobación.

Me sacudió un fuerte sentimiento de vergüenza hacia mis compañeras, que seguramente no me censuraban por nada. En sus cabezas debían llevar una única y leal idea: dar con el paradero  de sus maridos.

Tras un largo silencio, me dirigí nuevamente a Bartolomé.

Ricardo fue un hombre bueno y un buen marido y mi deber es irle a buscar, le dije. Necesitaba zanjar  la discusión de hacía un rato, calmar mi acusada inquietud. Y Bartolomé, generoso siempre, me lo permitió: no abrió la boca.

Se hizo de noche y las lanchas se orillaron en Palos para aguardar el amanecer. Nosotros no entramos al pueblo, sino que nos echamos a dormir allí junto al río siguiendo las instrucciones del baquiano. Estaba bien poder estirar las piernas después de varias horas de viajar sentados. Además, el descanso sería nuestro bálsamo para la mañana siguiente cuando tuviésemos que recogernos como caracoles para pasar desapercibidos. Nuestro guía nos lo había hecho saber nada más acomodarnos en tierra. Nos encontrábamos a tan solo media hora del tramo del río en el que la navegación se volvía extremadamente peligrosa. Así que al amanecer reemprenderíamos el viaje con el hule ya encima.

¿Un hule?, ¿un hule sobre nosotros? Nos asfixiaremos, Bartolomé, yo no podré resistirlo.

Carmen, si ya hemos llegado hasta aquí, llegaremos hasta el final. Estamos a tres horas de Pantanal, y eso es lo que debe importarnos. Lo del hule podrás aguantarlo, tengo entendido que el paso por el sector conflictivo será entre las cinco y las siete de la mañana. No hará calor y quizás hasta puedas dormir.

¿Dormir?, ¿quién es capaz de conciliar el sueño mientras atraviesa un basurero fluvial de cadáveres? No, yo no dormiría, seguro que ninguno lo haría. Salvo ese par de barqueros con pasaporte para moverse por el patíbulo, sanos y salvos, todos tiritaríamos de miedo.

A Ricky no lo echaron a este río —soltó de repente Bartolomé, con los ojos puestos en la luna llena que nos iluminaba—. La que navegaremos mañana es  una zona paramilitar, y no creo que él tuviera  cuentas pendientes con ellos. 

Y yo que pensaba que no tenía cuentas pendientes con nadie, me lamenté, recordando el afecto que solían manifestarle todos los que lo conocían.

 

Héctor, Angel, Hermes, Isaías...  lo estimaban de verdad. ¿Qué había pasado, entonces?

Me niego a creer que haya estado engañada tanto tiempo, repuse, tras salir de mis cavilaciones. Pretendía defender mi equilibrio emocional. Para evitar posibles réplicas de Bartolomé, le di rápidamente la espalda.

Serían un poco más de las cinco cuando nos cubrieron con  el hule, provisto, por lo demás, de numerosos agujeritos que permitían la libre entrada de aire.

La travesía por las aguas del Guamo fue transcurriendo con relativa tranquilidad. El único ruido que nos acompañaba era el de los motores de las lanchas.

Yo me había propuesto contar hasta 1800 para calcular la media hora que emplearíamos en llegar al tan temido territorio, pero cuando iba por el ochocientos me perdí y retomarlo se me hizo imposible. Me dirigí a Bartolomé, que era mi compañero de hueco: Bartolomé, susurré, avíseme cuando lleguemos ahí. Él sabía a lo que me refería. Mi compañero no me respondió ni dio señales de haberme escuchado. Entonces me di cuenta de que había hablado muy bajo, y de que el ruido del motor debía haberle impedido escucharme. Dije más alto: Bartolomé, y no pude continuar pues sentí que un fuerte ramalazo sacudía el costado de la lancha en el que viajaba. Bartolomé apretó mi mano con fuerza, y dijo: Shhhhh, y yo supe que había metido la pata. Enseguida comprendí que era el barquero el que había golpeado la lancha, y que lo había hecho para recordarme que debía permanecer callada. Para eso se servía de los remos: para silenciar a los que nos atrevíamos a abrir la boca.

Me sobrepuse rápidamente y volví al conteo. Hice cálculos sobre el tiempo que debía haber transcurrido desde que me había quedado en el ochocientos, y tras algunas estimaciones matemáticas lo reanudé en el 1100. Todavía nos quedaban más de diez minutos para arribar al siniestro tramo del Guamo conocido como Chulavos. Algo así debía ser Seis Horas, pensé.

Al cabo de un rato, cuando iba por el 2500 —me valía del conteo para controlar mi terror—, sentí que una mano temblorosa  brincaba sobre mi regazo como clamando mi protección. Sin pensarlo dos veces, cogí esa mano fría y la metí entre las mías para  ampararla y brindarle calor. Prodigaba a mi vecina una sensación que hacía mucho tiempo anhelaba para mí. La de estar arropada por un par de manos que me cubrieran de arriba a abajo para ponerme a salvo del mal.

¡Pobre vecina!, pobre la de enfrente, la de la esquina y la de más allá, ¡pobres todas nosotras! Asustadas por los asesinos que acechaban el curso de nuestra embarcación, condolidas por los muertos que podían estar flotando a unos metros de la quilla en la que nos camuflábamos. ¿Quiénes eran los ejecutados de hoy?  ¿El marido de mi aterrada vecina, quizás? El mío no, desde luego, hacía tiempo que lo habían quitado de la circulación. Esa era la información que teníamos, ¿cierto?

Soportamos esta nueva prueba con igual estoicismo que las anteriores. Todas nos portamos a la altura, y nadie alteró la quietud que se nos había reclamado para el recorrido. Gracias a nuestra buena conducta, nos ganamos el derecho de arribar a Pantanal. Sin hule encima, por supuesto. Nos lo habían quitado una hora atrás, en Puca Urco, para dolor de nuestros ya resentidos  ojos que tuvieron que volver a enfrentarse con el siniestro espectáculo de la muerte.

Un puñado de pescadores se afanaban en retornar al  Guamo a un par de cadáveres anclados en los mangles que bordeaban esta zona del río. Al parecer, y según lo que pudo indagar Bartolomé, temían que se le fuese a imputar a los vecinos de Puca Urco la autoría de estos crímenes. Y perseguían, como en anteriores ocasiones, que la corriente del río continuase arrastrando a los muertos hasta Pantanal.

¿Por qué hasta Pantanal?, pregunté a Bartolomé.

Porque allí hay comisaría, y la policía los saca del río y los identifica.

Pantanal era el destino final de los ajusticiados de Chulavo. La morgue pública en que se les podía reclamar para enterrarles como era debido. Vejados aún después de muertos —los abrían y despojaban de sus entrañas—, eran tirados al Guamo para intimidación de los ribereños. Había que exhibir la saña.

¡Qué espantoso era todo lo que me estaba tocando vivir!

Mis compañeras saltaron de las lanchas nada más arribar al embarcadero de Pantanal. Se pusieron en fila de dos en dos, como le gustaba al baquiano, y se agarraron de las manos como hacían siempre para sentir la fuerza de la compañía. Reconforta saber que no eres la única desgraciada.

En esta ocasión yo no formé parte del grupo, porque —previo permiso del guía— me fui con Bartolomé a buscar a ese tal Mandarino del que nos habían hablado en las Grutas.

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