SITIO OFICIAL DEL PERIODISTA ERNESTO McCAUSLAND

Victorias de la paz: diez historias de jóvenes que derrotaron la guerra

Actor de un

conflicto lejano


Quien habla es El grillo, una voz profunda y desbocada que cabalga entre historias como un corcel que va brincando cercas de finca en finca. Igual se remonta al pasado, recrea vívidamente su infancia en las riveras del río Irabubu, pasa veloz por sus pequeñas leyendas de la guerra sanguinaria, y aterriza en el presente, donde lo recibe un portón abierto de par en par.  Es el presente del joven que ha terminado su paso institucional por el Centro de Atención Especializada y sale a enfrentarse al mundo real. Atrás han quedado los remilgos de la desvinculación al grupo armado, el muchacho recién llegado que a todo le ponía peros: si llegaban nuevos desvinculados al Centro, y a éstos se les entregaba una almohada, este “Grillo” cantaba con nota disonante, preguntando por qué a él no le daban almohada. No lo hacía de una manera amable, ni cortés, sino que efectuaba el cuestionamiento con ánimo pugnaz, llegando a insinuar incluso que a él no le habían dado almohada porque algún funcionario se la había robado.
Entonces los funcionarios iban a su cama, y allí encontraban su almohada, igual a la de todos, el pasivo símbolo de un muchacho que se atrevió a dejar atrás el mundo de la barbarie, su AK-47 incluido, pero que llegó a la vida normal armado con su lengua de ofidio.
Ahora han quedado atrás los remilgos, las retahílas cargadas de rencor, de la misma manera en que quedó atrás la guerra del monte, sus acciones como miembro de la Comisión de Finanzas de las FARC, el grupo que se encargaba de trasladar por ríos, cañadas, trochas y montañas miles de millones de pesos. Ahora, en su atronada locuacidad, El grillo cuenta con orgullo, con una jactancia mulata que le infla el pecho, que en más de una ocasión se quedó solitario con sumas astronómicas, paquetes de billetes que brillaban con luz propia dentro de un arrume de tulas, y ni siquiera le dio largas a la idea de mandar todo al diablo y volarse millonario. Incluso, en una ocasión, en medio del chorro abierto de la lluvia de noviembre, se halló a sí mismo con un cargamento de dólares en plena carretera Panamericana, sus compañeros de misión a horas de distancia. Bastaba solamente extender la mano, detener un bus y salir sentado con rumbo al paraíso. Pero no lo hizo. Lo enfatiza con el vozarrón de trueno, su altivez de príncipe zulú. Simplemente no lo hizo.
Ahora El Grillo es un egresado, ya viviendo en un hogar independiente. Contra todas las posibilidades, ha cumplido la primera fase en el proceso de restablecimiento de derechos y ha emprendido una nueva vida que le demandará más responsabilidades, pero para la que al menos está preparado. Ya no es un rebelde sin causa, como un tigrillo que alguien le hubiese arrancado a la selva. Ya aprendió que es posible recibir un “no” como respuesta e incluso llegó al punto óptimo, ideal, muy extraño en él, en que sabe escuchar. Unos días después de haber salido del Centro de Atención Especializada se encontró con una de las funcionarias en un evento deportivo. Ella se le acercó a saludarlo, algo emocionada, pero también con la viva expectativa de saber qué iba a decir, con qué iba a salir. Y El Grillo dijo sin inmutarse, sin un ápice de cinismo en su actitud, sin arrogancia ni duda alguna, que le hacía falta el CAE, incluso las cantaletas. Lo dijo y remató con una cierta risilla burlona, como si con ella estuviera aceptando que lo que él consideraba cantaletas no eran más que llamados al orden, la voz de la autoridad formal que nunca antes había conocido; esa que simplemente lo conminaba a que ordenara bien la cama y que cerrara la puerta al salir; la misma voz que debió volverse más enérgica el día en que El Grillo se fue a los puños con otro desvinculado, luego de una trivial discusión de convivencia.
Entonces esos funcionarios, el día en que lo vieron marcharse con dos maletas y un inusitado aplomo, entendieron que había validado la pena, que El Grillo finalmente había entendido que afuera la vida le esperaba, que a los dieciocho años le sobra tiempo para emprender las cosas que ha ido admitiendo en su mente: un proyecto productivo en el campo, una carrera como compositor, una tienda bien surtida, muchas obras de teatro. Y aunque sostenía que estaba algo nervioso, asegurando que temía por su seguridad en la calle, todos sabían que el verdadero temor estaba en su interior, en encontrarse a ese mundo de cemento y gas carbónico que no le era familiar. Pero saltó a la calle con gracia equina, y esos funcionarios lo vieron asumir el reto con la cabeza en alto, la enorme sombra caoba perdiéndose en la distancia, con la determinación del que está preparado para algo más; algo distinto al Chocó marginal, el Chocó del niño que corría entre los playones pantanosos y las casuchas de madera de Irabubu, el pueblo natal, el lugar donde esta historia comenzó, el punto extraviado del mundo al que a la banda de Los Benkos se le ocurrió la mala idea de llegar. Eran cuatreros y robaban todo ganado que se les atravesara. No reparaban en vacas flacas o gordas, o en toros viejos, o en toretes mansos. Arrasaban con todo sin preguntar y empobrecían más aquel territorio de desposeídos. El Grillo tenía en ese entonces apenas siete años y todo aquello ya era parte de su mundo, parte de la leyenda cotidiana que en ciertos días sacudía al pueblo, los abigeos que pasaban por el pueblo arreando el ganado, en medio de una nube de polvo y un retumbe de cascos en la arena. Pero pronto llegaron los paramilitares, la hora en que el Bloque Calima se propuso acabarlos, y entonces la sangre corrió fresca por aquel pueblucho remoto, situado a orillas de un río angosto de aguas pardas que nadie sabe ni de dónde viene ni para dónde va.
Y cuando ellos hubieron espantado a Los Benkos, y mientras los ganaderos celebraban la paz, buscaron qué hacer y lo hallaron en su imaginación: armaron una guerra contra la guerrilla, lo cual era plenamente consecuente con su razón de ser, de existir, de haber nacido con el rótulo de autodefensas. Sólo que en esa zona no había guerrilla y por lo tanto pelearon contra enemigo imaginario. El Grillo, ya con diez años, los vio llegar una madrugada a la pequeña finca de la familia, sacar de la cama a uno de sus tíos, conducirlo al patíbulo improvisado de una cancha de fútbol, amarrarlo a un palo torcido, y ejecutarlo de veinte balazos, bajo la acusación de ser informante de la guerrilla. Todos, El Grillo, su madre, sus dos hermanos menores, su otro tío, contemplaron todo aquello con un silencio de terror, como si sus corazones no estuvieran a punto de estallar muy adentro, y si se movieron, fue ante la amenaza terminante: tenían una hora para largarse de allí. 
Así, dejando atrás sus tierras, y la mayor parte de sus pertenencias, fueron a parar a Fiadó, donde un familiar les dio posada. Hasta allí llegaban los tentáculos de la autodefensa y El Grillo tuvo siempre la certeza de que tarde o temprano se aparecerían. La amenaza se fue recrudeciendo, al punto de que niños y adultos ya dormían con las botas al pie de la cama. Y así fue. Un día se aparecieron con su tropel en medio de la madrugada y la familia huyó de allí despavorida, salió del departamento y se ubicó en un pueblo grande, en un barrio de desplazados, hacinándose en una casucha estrecha con paredes de cartón. Pocos días después, El Grillo tomó la determinación de regresar solo al Chocó. Así conoció a un joven que le ofreció irse con la guerrilla, asegurándole que allí le pagarían quinientos cincuenta mil pesos mensuales. Ya en la guerrilla le dijeron la verdad: aquí no hay sueldo, lo tomas o lo dejas. Para El Grillo bastó acordarse de su tío moribundo en la cancha de la escuela de Irabubu. La memoria fue su motivación. Así tomó la decisión de volverse guerrillero.
Sus palabras se vuelven aún más atropelladas cuando relata las historias de la guerra. Del caudal de su voz brotan pasajes escabrosos, que El Grillo relata como si se tratara de las travesuras de su niñez, empleando efectos sonoros, gesticulando con ahínco, como si estuviese en medio de la más escabrosa obra teatral. Y en ese compendio macabro, ese ínfimo fragmento afrocolombiano de la barbarie nacional, hay momentos de momentos, no solamente las aventuras con tulas de dinero como parte de la Comisión de Finanzas, sino también combates, ataques a pueblos, sentimientos encontrados dentro de su propio corazón, como aquella tarde en que, junto con una cuadrilla de compañeros, se agazapaban junto al río, mirando hacia la otra orilla, observando con detenimiento la fiesta que transcurría en aquel pequeño pueblo: la gente que bailaba inocentemente en la plaza; el inspector que condecoraba a la maestra; el cura que convocaba a la celebración religiosa; los niños que corrían jubilosos por entre los recovecos de la plaza; los policías que coqueteaban con las chicas del pueblo; la música de temporada que electrizaba el aire. Y El Grillo recuerda que, mientras apretaba el fierro, a la espera de una orden superior que definitivamente no quería oír, comenzó a llorar en silencio. Bastó recordar los días de Irabubu, todos los detalles de su infancia extraviada, las navidades de cielos estrellados, para que al guerrero se le llenaran los ojos de lágrimas. Entonces se escuchó la voz del comandante: “¡Prendan eso!”. Y la máquina de muerte se activó. Mientras en el rostro de “El Grillo” las lágrimas furtivas terminaban de secarse, cruzaron el río y procedieron a descuadernar aquel cuadro primitivista. La gente corrió despavorida. No quedó un alma, solamente un montón de guirnaldas y banderolas que insistían en bailar con el viento. Los policías se atrincheraron. El Grillo divisó a uno en particular que disparaba desde una garita. Le apuntó desde unos quinientos metros y lo mató. Luego se apoderó del fusil y arrojó en el río la vieja AK “Pat’eguitarra” a la que le faltaban cuatro piezas.
Ahora del estruendo de balas y morteros, de los gritos que exigen sangre y muerte, de los aullidos de los moribundos y el canto marcial de los vencedores, no queda sino el más aterrador de los silencios, la memoria del alma revisada, la voz impetuosa de la selva sanguinaria. Ahora, cuando su apuesta es por la paz, al mirar a su alrededor El Grillo ya no ve camuflados y fusiles, sino manos extendidas, profesionales que emprenden la misión de explicarle el designio sagrado de la nueva vida, ésa que escogió cuando decidió entregarse, la noche de luna creciente en que corrió hacia el final de la desventura. Una comandante lo había enviado en misión financiera, junto con Adela, otra guerrillera rasa. Llevaban mucho dinero y pronto El Grillo comenzó a darse cuenta de cosas, de pequeños detalles en el comportamiento de Adela, miradas nerviosas, como si ocultara algo. A medida que avanzaban por la selva, las sospechas crecieron, hasta que esa noche sin cigarras El Grillo decidió abrir muy bien abiertos los ojos que todo combatiente lleva en la nuca. Así pudo ver claramente que Adela había montado el revólver y se aprestaba para encañonarlo y huir con el dinero. Pero El Grillo —héroe insigne de sus propias historias— se le adelantó, y la desarmó después de pegarle un tiro en el pie. Ella, viéndose descubierta, intentó proponerle que emprendieran la fuga conjuntamente. Era demasiado tarde. Su destino estaba escrito y el que ella continuara con vida no estaba en los planes de nadie. Con el arma aún humeante, El Grillo se guardó tres millones de pesos en las botas y salió rumbo a la carretera, donde tomó un bus. Unos kilómetros más adelante, al verlo en traje de camuflado, el auxiliar del bus quiso pedirle a El Grillo que se bajara. Pero éste lo encañonó, dándole a entender claramente que bajarse del bus equivalía a bajarse de su viaje resuelto hacia la paz. 
***
Todo aquello, y mucho más, es ahora una obra de teatro. Lleva por nombre Mi experiencia. Su creador, El Grillo, asegura que fue muy fácil escribirla, que solamente le tomó cinco minutos porque la historia estaba allí, atrapada como un pájaro escandaloso en la jaula de su mente, una memoria viva de instantes y secuencias en la narcoinsurgencia: las noches en un aeropuerto oficial del Urabá, entregándoles cargamentos de cocaína a pilotos mexicanos, recibiendo el dinero en cajas, y luego contando dólar por dólar durante horas en un salón contiguo a la torre de control; la tarde entera de mayo, en víspera de una ofensiva bélica, rellenando los balones con explosivo y metralla, luego cerrándolos con hilo y aguja, y enterrándolos para esperar el combate; la secuestrada, acusada de ser amiga de los paramilitares, que se le arrodilló a suplicarle que se volara con ella; y, el momento que aún le saca risillas socarronas, los reinados de belleza en la sede del Estado Mayor del Bloque Oriental, donde las candidatas —guerrilleras combatientes— desfilaban con camuflados, entre vítores de compañeros armados. Precisamente de esos reinados de la guerra le quedó a “El Grillo” una canción que compuso en medio de la efervescencia de una coronación: lleva por título “La guerrillera” y fue grabada por Julián Conrado, la voz vallenata de las FARC:
Oye tú, guerrillera
que te bañas en las bellas aguas 
de este paraíso, de este manantial,
un día llorando en el monte 
encontró un sinsonte muy encapotado 
y al ver que era una guerrillera 
que su amor ardiente le había negado
Guerrillera me has herido el alma, 
guerrillera yo sufro por ti...
Después de cantar la canción a capela asegura que es esa la que más le gusta, aunque tiene muchas otras que mostrar, también grabadas por Conrado, como la autobiográfica “El negro” y la humorística “El animalito”, temas que “El Grillo” interpreta no necesariamente con voz afinada, pero sí con un ímpetu peculiar, como si quisiera demostrar a toda costa que no sólo en su pasado fue una aceitada máquina de matar, sino también un hombre sensible, que le sacó a la guerra un puñado de canciones y unas lágrimas fugaces.
Pero ahora lo suyo es el teatro, para lo cual está estudiando, con el deseo de llegar a ser algún día como “esa señora con peluca roja que aparece en televisión”. Y aparte de ese reconocimiento a medias para la desaparecida Fanny Mickey, son muy pocas las referencias histórica y académicas que El Grillo tiene del arte que ahora le apasiona, bajo la plena convicción de que no las necesita. Se ufana de poder crear una obra en un par de minutos, como ya lo hizo con  Contra tanto y con Mi experiencia. Una reciente vivencia lo motiva: al estreno de la segunda asistieron seiscientas personas, que al final aplaudieron estruendosamente a los jóvenes encapuchados que la habían protagonizado. El Grillo había decidido cubrirse la cara por razones de seguridad, pero fue tal la emoción que al final, al calor de la ovación, se quitó la capucha. Así todos pudieron ver al artífice de esa historia de desarraigo, balas y redención, un negro gigantesco como un trotamundo de Harlem que sonreía  ante la salva de aplausos.