SITIO OFICIAL DEL PERIODISTA ERNESTO McCAUSLAND

Febrero Escarlata

Atravesaron la ciudad a la hora silenciosa en que los semáforos aún estaban en amarillo intermitente: el Dart, a toda prisa con dos brutazos en las sillas de adelante, Capeto medio dormido preguntándole a La Bruja para qué carajo lo llevaba a esa aventura si él no tenía oficio allá, y el detective que no le respondía sino que hacía equilibrio para que no se le derramara un pequeño vaso de plástico con café que le había comprado a un vendedor ambulante cuando se detuvieron a recoger a Molongo. 
Llegaron al puente y se vieron obligados a reducir la velocidad mientras el Dart ascendía pesadamente hacia lo más alto. Ya los primeros rayos de sol se atrevían a colarse detrás de la Sierra Nevada, colosal y nítida en lo profundo, como un monstruo apacible que despertaba en la inmensidad y que pronto, cuando el sol comenzara a treparse y a brillar a plenitud, volvería a esconderse hasta el día siguiente, a la hora insólita de su espectral irrupción. Un BMW de color vinotinto, con la puerta del conductor abierta y las luces encendidas, se atravesaba mal aparcado en lo alto del puente, mientras los primeros curiosos se aglomeraban mirando hacia el río desde la baranda. Tan pronto se bajaron del Dart, Capeto Cervantes  se sumó a los curiosos. 
Al verla  en el río, flotando boca arriba,  pensó que tenía luz propia, sus cabellos rubios meciéndose al vaivén de la corriente, su blanca piel resplandeciente sobre las aguas grises del amanecer. Había quedado enjaulada entre la tablestaca de acero que servía de protección al pilote derecho del puente y allí recibía los empellones de la corriente. Tan ensimismado estaba Capeto, que ni siquiera escuchó cuando Molongo le preguntó al oído si podía tomar fotos, en un elemental sarcasmo por el grito que le había pegado el sábado en la madrugada por dispararle a Berenice de Pulgar. Luego, cuando el gordo volvió a preguntar, le respondió malhumorado que hiciera lo que le diera la gana, que recordara que no eran compañeros de trabajo y que lo había ido a buscar más por un impulso instintivo que porque quisiera que El notición por fin tuviera una exclusiva en la semana de sus desgracias. Molongo no entendió una palabra, pero debió interpretarlo como una respuesta afirmativa porque de inmediato comenzó a disparar la Pentax. La Bruja se rascaba la cabeza desde la baranda y le preguntó a los curiosos si alguno sabía nadar. Uno de ellos dijo que sí y cuando el detective le explicó lo que quería de él, el muchacho dijo que bajo ninguna circunstancia se le lanzaría a la corriente, y menos para sacar un cadáver. La Bruja esbozó una sonrisa cargada de ironía cuando uno de los brutazos trajo del vehículo una deshilachada y grasienta cuerda y le propuso enlazar el cadáver por un pie o por la cabeza y subirlo al puente. 
—¿En serio quieres alzar esa belleza de cadáver como si fuera una mojarra? -le preguntó La Bruja. 
El río apretaba a medida que subía el sol y el cadáver era empujado cada vez con mayor fuerza, rebotando contra las láminas de acero que a la vez eran su trampa. La Bruja expresó su temor de que el cuerpo se saliera de aquel encierro accidental y fuera arrastrado por la corriente río abajo hasta el mar, donde a esa hambrienta hora los tiburones le darían una entusiasta bienvenida. Se requería con urgencia un buen nadador con alma de torero. 
¿Qué llevó a Capeto Cervantes a ofrecerse de voluntario para aquella misión tan absurda como peligrosa? Ya en el pasado se había lanzando en una zanja profunda de Campeche a rescatar un cadáver, y hasta se había atrevido a meterse en el patio del criador de cascabeles de Baranoa, con todas las serpientes sueltas, para rescatar a un niño desfalleciente que había sido mordido por una de ellas, no hablar de las cinco o seis ocasiones en que había conducido el Zastava usando la bocina como sirena, volándose pares y semáforos en rojo, con el fin de llevar a un herido a tiempo al hospital. ¿Pero ahora, cuando ni siquiera era reportero? ¿O sería que todavía lo era? ¿O más bien sintió una simpatía tan desbordada como irracional por aquel hermoso cadáver, a punto de convertirse en manjar de tiburones? ¿O fue quizá un reflejo condicionado de la profesión que en algún lugar de sus entrañas palpitaba todavía? ¿O solidaridad derivada del episodio de la madrugada del viernes, cuando él también iba raudo hacia Bocas? Imposible determinarlo y menos en aquel instante de apremio, cuando los brutazos le amarraron la cuerda a la cintura y lo bajaron como un ángel de sesión solemne. 
Por primera vez Capeto Cervantes se percató de cuánto estaba soplando la brisa en aquel amanecer. A medida que lo descendían, ésta lo hacía oscilar contra el pilote, golpeándolo y raspándolo. Luego, cuando lo depositaron dentro del tablestacado, sintió la fuerza de las aguas y pudo ver que el cadáver estaba a punto de traspasar la barrera. Atravesó a nado, a favor de la corriente, los treinta y cinco metros que había entre pilote y barrera, y se agarró de uno de los ángulos verticales de acero. Trató de desplazarse lateralmente hacia el cadáver, pero la corriente era demasiado fuerte y lo empujaba hacia adelante. Se dio cuenta entonces de que debía hacer uso de lo que le quedara de los tiempos de las pesas en el parque Venezuela y comenzó a desplazarse haciendo un esfuerzo sobrehumano, sintiendo las manos resbaladizas entre el verdín de la tablestaca. 
Avanzaba lateralmente con mucha lentitud, mientras veía angustiado el cadáver a punto de quedar liberado. Capeto tuvo la certeza de que la rubia se iba y de que nada la detendría en las catorce millas marinas que faltaban para que la boca del mar se la devorara. Pero el río tuvo la benevolencia de esperarlo en su torpe desplazamiento. Por fin logró agarrarla por el cuello y pudo ver muy de cerca las largas pestañas sobre sus ojos cerrados, el pálido cutis, los dorados cabellos enredados entre algas, la boca que en algún momento debió ser roja, ahora amarilleada de muerte, el orificio de un balazo, cubierto de sangre coagulada en la parte más alta de la frente. Enseguida la abrazó con fuerza y gritó que lo subieran. 
No podía verla mientras ascendía entre el viento huracanado, pero sí la olió a plenitud y eso fue suficiente. Se fusionaban en ella los olores del río: a tala de higuerón de las selvas del Nechí; a los cadáveres cercenados del Cauca; a cerdos y vacas despanzurrados del San Jorge; al cataclismo químico del Bogotá; a mil quinientos kilómetros de detrito, de vida y de muerte, de florecidos camalotes y troncos yertos, de bocachicos viajeros, de nieves derretidas, de memoria de caimanes y manatíes. Pero se sentía también, en lo más profundo de esa brutal amalgama, el rezago de un fino perfume de mujer.
En el interior del BMW hallaron un charco de sangre casi seca, una botella de tequila José Cuervo con dos dedos de licor en el fondo, y una cartera Louis Vuitton sin dinero y con los documentos de Yesenia María Vizcaíno Ricardo, quien –de acuerdo con  su cédula de ciudadanía- tenía treinta y nueve años, los ojos verdes y, alguna vez en la vida, los cabellos negros. Capeto le pidió a La Bruja que llevara el cadáver a la emergencia del hospital bajo el pretexto de que había dudas de que estuviera muerta, pero con el  fin de que Molongo tuviera la exclusiva de las fotos en el puente. No hubo por tanto diligencia judicial alguna en el BMW, que fue movido a toda prisa por uno de los brutazos, llevando el cadáver en el asiento trasero. 
Capeto Cervantes sintió que los dedos le tecleaban solos y se lamentó más que nunca, como no se había lamentado desde el jueves, de que ya no tuviera donde plasmar su noticia. No hacía falta apelar al olfato periodístico para saber que el homicidio de Yesenia Vizcaíno era cosa grande para San Nicolás de Los Caños, una ciudad que sin duda sentía una especial fascinación por crímenes con víctimas adineradas. Si esa víctima era una rubia que daba visajes de actriz de cine, el efecto entonces era multiplicador. Reparó en los dedos y se dio cuenta de que para ese entonces, después del rescate del cadáver, el barniz era un desastre. Le pidió a La Bruja que lo dejara en la calle Murillo, donde tomó un taxi para irse a desayunar a La Perla del Río. 
Aunque transcurría la llamada “hora santa”, sabía que siempre era bienvenido, así llegara en el delicado momento en que dos sacerdotes de la ciudad solían visitar el burdel, y no precisamente en misión evangelizadora. Llegó y los curas ya estaban siendo atendidos detrás de la cortina salmón. Todavía había secuelas de la gresca con los ingleses, una mesa, cuatro sillas y un par de lámparas rotas, todo arrumado en una esquina. Lorena y las muchachas que estaban libres le prepararon desayuno y le contaron detalles del fin de semana, quejándose de que cada noche estaban haciendo turnos cuádruples y hasta quíntuples, que sentían que ya no daban abasto y –lo peor de todo- que palpaban un comportamiento extraño en la clientela. 
—Andan como hienas hambrientas -definió Melina-. Hasta para la hora santa se presentaron cuatro. 
A media mañana Capeto se dejó atender de Lorena, en un juego que empezó con un masaje y terminó en una acción tan impetuosa que Capeto le preguntó al final: 
—Pensé que las hienas las tenían agotadas. 
Lorena sonrió con su risa elemental y pasándole el dedo por los cabellos ensortijados le dijo que un manso gatito después de una hiena le sentaba de maravilla, a lo que Capeto le respondió si él era tan patético como un manso gatito, y a lo que ella repuso con una frase que él siempre recordaría: 
—Tú eres todos los animales para mí. 
Luego salieron y se sentaron en la terraza a fumar marihuana y a ver el río, corriente abajo, raudo e impetuoso hacia el mar, arrastrando gigantescos troncos de árboles como si fueran ramas livianas, jardines viajeros de camalotes que desplegaban sus flores violetas. Quizá fueron los primeros efectos del tabaco que estaban a punto de acabarse, pero Capeto juraría que pudo ver nítida, como volando a ras de aguas, a Yesenia Vizcaíno rumbo al más allá. Luego se quedó dormido y soñó con ella en la inmensidad del río, que de repente, bajo ráfagas de sol que se colaban entre inusitados nubarrones de febrero, se había teñido de rojo. 
Pudo ver el cadáver que venía otra vez a lo lejos, ahora sobre el más grande de todos los jardines de camalotes, ataviado de algodón blanco, casi cubierto por las flores, una bandada de patos yuyos aleteando apesadumbradamente, tan numerosos que la alcanzaban a proteger del escaso sol. Vio a los troncos desramados que se movían a su alrededor en círculos concéntricos y a varios manatíes que daban saltos junto a ella como si fueran delfines. Capeto quiso ver aquel rostro una vez más pero desde la baranda de La Perla del Río no tenía ni ángulo ni distancia. Esperó entonces con paciencia a que las aguas escarlatas lo arrastraran y sólo cuando la tuvo muy cerca comprobó estupefacto que no era ningún cadáver, sino la misma Shadia, con los ojos abiertos y respirando más saludable que nunca.
Lo despertó Melina alarmada sacudiéndole el cuerpo. 
—Te busca una muchacha le dijo. Y atiéndela rápido que no nos gustan las intrusas. 
Capeto abrió los ojos como un boxeador en la lona, tratando de sacarse el puñetazo que acababa de recibir. Dirigió la mirada somnolienta hacia el río y lo único que vio fue un barco inmenso que entraba lentamente, navegando a contracorriente con extremo cuidado, como pisando huevos, a través del estrecho canal socavado bajo las aguas. Luchando para mantener los ojos abiertos, se fijó en el casco, y pronto descubrió el nombre: era el Pantokrator que finalmente había sido desencallado y que ingresaba a puerto bajo el mando de un nuevo capitán. Luego volteó la cara para recibir a su visitante y eso lo sorprendió aún más que ver al Pantokrator desencallado. Del fondo del burdel, con paso tímido, venía caminando Milagros, quien salió a la terraza y no perdió tiempo en saludos. Se mostró desencajada y en exceso ansiosa cuando le dijo: 
—¿Qué necesitamos para que vuelvas? 
Capeto le preguntó que para qué lo quería. 
—Porque tu eres un natural de El notición. 
Capeto estalló en carcajadas y no se detuvo hasta que ella le preguntó resueltamente qué quería.
—Lo único que quiero es terminar de fumarme ésto -le dijo, mostrándole la colilla de marihuana. 
—Esos vicios te van a llevar lejos. 
Capeto volvió a reír y le dijo: 
—A lo mejor esto es lo que te hace falta para que dejes de llorar como una boba por tu imbécil maridito.
—Prendió la colilla y fumó apretándola en la punta de sus dedos. 
—Hoy te vi en plan de Tarzán dijo Milagros con un dejo de sarcasmo. 
Capeto siguió riendo como un niño que estuviera evocando una travesura. 
—Si la rescataste es porque quieres volver    dijo ella desafiante. 
Capeto le respondió sin pausa: 
—Lo hice por el gordo, para que llevara su chivita y allá no lo atormentaran.
Lorena y Melisa salieron taconeando a la terraza y luego regresaron adentro, con evidente disgusto. 
—A las putas no les gusta que haya extrañas aquí  dijo Capeto. 
Milagros volvió a preguntarle qué quería y elaboró un apurado discurso esbozándole las razones por las que debía estar sentado en su escritorio, frente a la Brother, haciendo lo que sabía hacer, no consumiendo vicio en un burdel de mala muerte, viendo pasar el río, mientras la ciudad se cocinaba en expectativa por el último crimen.
—Te aburriste de que la circulación siguiera en picada  concluyó Capeto. 
Milagros ignoró la sentencia y le planteó varias opciones: aumento de sueldo, un cubículo propio, extensión del cierre una hora más tarde, autonomía para los titulares y aún latonería, pintura y mecánica para “el coágulo ese”. A Capeto le hizo gracia que ella empleara el término que todos en la redacción habían acuñado para denigrar del pobre Zastava y su color ladrillo oscuro.  Se tomó su tiempo y finalmente dijo: 
—Lo único que yo querría es que los hermanos Quijada de Burro no me volvieran a joder la vida. 
De entrada Milagros no entendió a quien se refería, pero al cabo de unos segundos reaccionó y hasta contuvo la risa. 
—Hecho —le dijo. 
Milagros no pudo ocultar su desasosiego cuando Capeto le respondió: 
—Déjame pensarlo un tiempo. 
Se quedó petrificada, mirándolo, y sólo se marchó sin despedirse cuando él le dijo: 
—Por ahora te digo que más fácil que yo vuelva es que desencallen al Pantokrator.
Ella salió dando taconazos sobre el piso de madera, sin percatarse de que aquel humeante barco en la distancia portaba sobre su casco una respuesta a su propuesta. Pero Capeto no se lo dijo, sino que prefirió dejar abiertas las dudas que todavía lo embargaban.