SITIO OFICIAL DEL PERIODISTA ERNESTO McCAUSLAND

El alma del acordeón

Muy temprano por la mañana acuden con las palas al cementerio y encuentran un candado en la reja de la entrada. Las letras del aviso, Toda la tierra es bendita, —en gótico relieve sobre el pórtico—,  forman sombras largas con el sol directo de las seis. Chiporro le dice a Karlheinz Birk que las llaves de los cementerios siempre se guardan en las casas vecinas y atraviesa de prisa a averiguar. Pronto regresa con un manojo que tiene demasiadas llaves para un solo candado. Una de ellas lo abre.
Le han dicho que la tumba de Alicia está muy cerca del mausoleo de los Polo, pero se demoran en encontrarla. Luego se les acerca un hombre muy viejo que sólo tiene dos dientes y cuyo aliento es poco menos que alcohol gaseoso. Chiporro le recuerda a Karlheinz que es el sepulturero del cementerio. 
El hombre se suma a la búsqueda y finalmente, apartando la vasta maleza, descubre una pequeña lápida en piedra, casi borrada por los años: Alicia Cantillo, reza la lápida sin epitafio ni fechas, el nombre apenas acompañado por una diminuta cruz sin gloria. A centímetros de la lápida se levantan saludables tres matas de plátano, “abuelo, padre e hijo”, al decir de Chiporro.
A Karlheinz Birk le parece imposible que no se requiera un permiso especial para aquello, tal como sería en Alemania, pero Chiporro lo disuade con una dudosa explicación que no lo convence:
—Los muertos viejos no tienen dueño.
Así parece ser pues las primeras personas que entran al cementerio pasan indiferentes al lado de los tres hombres que cavan impetuosamente. Es la pala de Vespasiano la que primero tropieza algo sólido. Su boca deja escapar un “¡epa!”. Pronto, apartando con cuidado la arena negra, descubren que es un  pedazo de madera. Luego encuentran fragmentos óseos. Madera podrida y polvo de huesos, pero no hay señales de acordeón. 
—No hubo quien sacara los huesos —lamenta el sepulturero como si hiciera falta una disculpa.
Chiporro y Karlheinz se sientan derrotados y sudorosos a un lado de la fosa abierta. Vespasiano continúa cavando tozudamente alrededor de los pedazos de ataúd. 
Karlheinz Birk, cada vez más atribulado por la ausencia de Bodo, comienza a pensar en lo absurdo de aquella búsqueda, en la que intentan rastrear una pista desde la letra de una canción que resulta vaga y por supuesto más poética que técnica: el mapa del tesoro es una melancólica elegía. 
Por más que escudriña el papel arrugado y sucio que tiene en la mano, ya no halla más rastros que seguir. Concluye entonces que tanta desventura carece de sentido y comienza a contemplar la posibilidad de regresar a Alemania contra viento y marea. Pero lo de Bodo ha enredado las cosas. Por imposible que parezca, por extraviado que se sienta, algo tendrá que hacer para rescatarlo a su regreso a Chimila.
Observa entonces que Vespasiano, su atuendo blanco sin mácula, como si una fuerza sobrenatural lo mantuviera protegido del polvo de la trocha y la arena barrosa de la tumba, desplaza la pala hacia las matas de plátano y cava con cuidado allí. Pronto se escucha un sonido metálico. Karlheinz Birk y Chiporro se miran sorprendidos, sin decidirse a cantar victoria, y observan desde la distancia al arhuaco que ni siquiera levanta la cabeza. Lo contemplan estupefactos mientras extrae de la tierra una caja herrumbrosa de la que cuelgan lombrices y a la que se adhieren pequeños caracoles. Vespasiano la limpia muy bien con la palma de la mano. Las lombrices caen retorciéndose sobre el suelo. Luego comienza a golpear el candado con el filo de la pala, pero aquel no cede con facilidad. Birk y Chiporro lo miran absortos sin mover un dedo para ayudarlo, como si creyeran que cualquier intervención suya pudiese arruinar un procedimiento esotérico. La gente comienza a mirarlos, primero discretamente en la distancia, luego aproximándose sin recato alguno. Pronto están rodeados e incluso un hombre de unos sesenta años, de gruesos lentes, le imparte instrucciones al indio de cómo terminar de romper el tozudo candado, hasta que aquel pedazo de óxido vuela por los aires.
Karlheinz Birk y Chiporro se aproximan mientras Vespasiano abre la caja, cuyas oxidadas bisagras chirrean rebeldes. Finalmente termina de abrirla y así aparece, frente a los ojos maravillados de todos, aquella ruina de acordeón, con su fuelle lleno de remiendos, sus pitos raspados, sus partes metálicas corroídas, una de sus correas reemplazada con bejucos de majagua, y un único elemento intacto: las memorias de lo que allí sonó que parecen flotar en el aire tibio del cementerio de Flores de María.
Karlheinz Birk lo toma ceremoniosamente y lo observa por todos sus lados. En sus manos inmensas y blancas, el acordeón parece aún más pequeño que en la primera impresión que tuvo, cuando lo vio dentro de la caja.
Todos regresan entonces a la visita de sus muertos, mientras una dama vestida de negro exclama con la voz cargada de sorna:
—¡Jesús, tanta vaina por ese acordeón podrío!