SITIO OFICIAL DEL PERIODISTA ERNESTO McCAUSLAND

Antología de grandes reportajes colombianos

El Día de la Madre de 1996, a las seis y media de la mañana, Luis Alfredo Sierra acababa de comprar un pollo en el gallinero «El Polo», cuando se encontró con una tractomula de veinte toneladas que venía atravesando el arroyo Carrizal.
Luis Alfredo se frotó los ojos y volvió a mirar. Entonces no tuvo dudas: el monstruo automotor se aprestaba a entrar en el pueblo.
Aquello parecía un espejismo. A La Junta, un poblado guajiro de apenas tres mil habitantes, separado de la civilización por una trocha extensa y pedregosa, sólo entraban camperos y camionetas.
El camión se detuvo junto al hombre que llevaba un pollo en la mano. El sudoroso conductor preguntó:
—Tenga la bondad señor, ¿dónde queda un montallantas por aquí?
“¿Montallantas?”, dice Luis Alfredo que pensó. “Esa palabra no es de por aquí”. Así dedujo que el conductor provenía de tierra fría, lo que corroboró al notar que la placa del camión era de Mosquera, Cundinamarca, en la altiplanicie bogotana, a un día por carretera de allí.
—Siga dos cuadras y cruce a la derecha —le indicó.
Tenía por qué saber: además de ser dueño y conductor de una de las camionetas que llevaban pasajeros entre La Junta y el municipio de San Juan del Cesar, Luis Alfredo Sierra operaba en su casa la única llantería del pueblo y sus alrededores. La tractomula arrancó. Así, desde atrás, Luis Alfredo pudo ver por primera vez el colosal cargamento de plátanos.
A los pocos minutos le dio alcance en la llantería. El conductor, que iba acompañado por otros dos hombres con el mismo acento de tierras altas, le dijo a Luis Alfredo que tenía problemas con tres de las diez llantas del inmenso Brigadier. Luis Alfredo observó con disimulo los surcos de las ruedas y —a ojo de buen llantero— se dio cuenta de que todas estaban en perfecto estado. Pero no se atrevió a contradecir a los extraños visitantes.
Ellos le preguntaron si podían dejar la tractomula estacionada allí, mientras iban hasta Maicao, emporio de contrabandistas localizado a tres horas, donde dijeron que se proponían comprar tres «cauchos» nuevos. Disimulando temores y  haciendo gala de su genuina cortesía juntera, Luis Alfredo aceptó. 
De inmediato, los forasteros intentaron introducir el camión en el patio, donde funciona la llantería, pero el inmenso vehículo no cupo a través del portón de entrada, cosa que Luis Alfredo, de no haber estado tan asustado, les habría podido decir de antemano. Entonces se vieron obligados a dejarlo afuera.

—No se preocupe que aquí no le pasa nada —aventuró Luis Alfredo—. Este es un pueblo sano.
Antes de que los hombres comenzaran a caminar hacia la carretera, en busca de un jeep que los transportara hasta Maicao, Luis Alfredo les dijo con timidez:
—¿Será que me pueden regalar un par de platanitos?
—Llénese dos costales y son suyos —le respondieron, y enseguida partieron, dejando a Luis Alfredo Sierra dominado por la intriga.
Seis días antes, el pueblo había sido asaltado por el frente 52 de las Farc. Los guerrilleros entraron al colegio, reunieron a alumnos y profesores en el parque —al lado del monumento a Simón Bolívar— y les dieron una charla de tres horas, en la cual les advirtieron a los profesores que no bebieran licor en las noches anteriores a sus clases y a los alumnos que no consumieran drogas. A los que desoyeran las advertencias les harían un juicio revolucionario. Luego, con pintura verde fluorescente, procedieron a escribir consignas revolucionarias en cuanto muro o fachada de casa encontraron disponible. Hasta la ventana marroncita, inmortalizada por el cantante nativo Diomedes Díaz en una de sus primeras canciones, la misma en que este ídolo popular le había cantado tantas serenatas a su eterna novia, Patricia, quedó marcada con una leyenda que decía: “La revolución está viva” .
  Prevenido como estaba con la guerrilla, Luis Alfredo sospechó primero que el cargamento de plátanos estuviera siendo utilizado para camuflar armas. Luego fue más allá y se le ocurrió que si en la población de Chalán, Sucre, la guerrilla había inaugurado la modalidad terrorista del burro-bomba, nada de raro tenía que ahora estuviera innovando con el camión-bomba. Optó entonces por no sacar los dos costales de plátano que le habían regalado y más bien llevarse a su mujer y a sus seis hijas solteras a celebrar el Día de la Madre en su finca de la cercana Serranía del Perijá.
Pero en aquel pueblo muerto y apartado, acostumbrado a que la única verdadera novedad de cada año era la llegada del Larga Duración de Diomedes Díaz los 26 de mayo, la presencia de la tractomula no podía pasar inadvertida: la mayoría de los habitantes jamás habían visto un vehículo de ese tamaño.
La gente comenzó a preguntarse qué hacía aquel monstruo mecánico atiborrado de plátanos estacionado en la casa de Luis Alfredo Sierra. Cuando lo vieron pasar con su familia, intentando disimular su huída lo mejor posible, varios le preguntaron. Luis Alfredo relató la historia tal cual ocurrió, manifestando las sospechas que tenía.
Por ser Día de la Madre, ese domingo el pueblo estaba lleno de visitantes. En casi todas las casas había celebraciones y en las conversaciones brotaba la especulación. Los niños inquietos se acercaban al camión y algunos se montaban, pero sus padres acudían presurosos a bajarlos de allí y a encerrarlos en sus casas.

Al mediodía, a través del único teléfono del pueblo, decidieron llamar a la policía en San Juan del Cesar, pero ésta —temerosa de que se tratara de un señuelo para un ataque guerrillero— jamás se presentó. A eso de las cuatro, cuando se dio cuenta de que la policía no acudiría, la gente comenzó a rodear el camión, primero con prudencia, luego con inquieta curiosidad. A las cuatro y treinta la ansiedad, y el hambre, vencieron el temor. Los hijos de Arístides Romero y María Castilla se subieron primero y comenzaron a lanzar plátanos hacia abajo, donde las amas de casa los recogían de inmediato, como palomas de parque. Pronto todos los habitantes del pueblo —en su mayoría usando la misma ropa dominguera con que habían estado celebrando el Día de la Madre— rodearon el camión con bolsas y sacos para hacerse a la mayor cantidad posible de plátanos. Algunos llegaron a sacar los tanques de plástico, los mismos que usaban en sus casas para aprovisionarse de agua en tiempo de sequía.
Toya Sierra recibió un platanazo en la cabeza que la dejó temporalmente sin sentido, por lo cual debió ser atendida de urgencia por su padre, Leandrito Sierra, un veterano farmaceuta que hacía las veces de médico del pueblo. Cuando recobró el conocimiento, y aún con un leve mareo, Toya volvió al camión y siguió recogiendo plátanos. 
Poco antes de las cinco, Chiche Manrique, reconocido avivato del pueblo, gritó a todo pulmón:
—¡La bomba!
Todos huyeron despavoridos, mientras Chiche se quedaba llenando sacos. A los pocos minutos, la multitud se dio cuenta de la treta y sin perder tiempo volvió a aglomerarse. 
Munine Romero, que andaba borracho y en son de problema, sacó su revólver e hizo dos tiros al aire para despejar el panorama. Cuando se dieron cuenta de que Munine era el único que se había quedado llenando de plátanos un saco detrás de otro, regresaron desafiantes y continuaron con la feria de oportunidades.
Desde los tiempos en que el piloto y arquitecto Gustavo Gutiérrez Maestre aterrizaba su avioneta de fumigación en la calle principal y atravesaba el pueblo para parquearla en la puerta de su casa, no se veía revuelo semejante. En medio del paroxismo, la dama evangélica Olga Acosta se arrodilló, elevó los brazos hacia el cielo y exclamó:
—¡Esto es como el maná de la biblia!
Luego, delante de todo el pueblo, protagonizó una escandalosa discusión con su marido, el también evangélico Arnaldo Arrieta, porque éste se rehusó a ayudarla a cargar los plátanos:
—Esto es lo mismo que robar —le dijo delante de la multitud—. Y robar no ha dejado de ser pecado.
Así que sin ayuda de su hombre, la misma Olga tuvo que echarse al hombro dos bultos. A media cuadra de su casa, tropezó con una de esas piedras que abundan en las calles de La Junta, cayó y se partió un brazo. Mientras la llevaba a casa del tegua Leandrito, su marido le repetía una y otra vez, voz en cuello para que todo el pueblo oyera: 
—¡Eso es pa’que no vuelvas a retar a Dios!
  Pero pocos lo escucharon. El pueblo estaba entregado a su carnaval junto al camión.
Era explicable. Aquel doble troque con cien mil plátanos verdes y amarillos había sorprendido a La Junta en las postrimerías de un intenso verano. Las cosechas de pancoger habían resultado pésimas, y muchos junteros estaban pasando física hambre. A pesar de que la temporada de lluvias acababa de largarse, los pocos aguaceros no habían sido suficientes, ni siquiera para humedecer los lechos secos de los dos arroyos que se juntan en el pueblo y que le otorgan su nombre. “El Salto”, una cascada cristalina que constituye el otro gran atractivo turístico de La Junta, había perdido parte de su esplendor y se había convertido en un lánguido chorro que se escurría entre la pared de piedras. La aridez general permitía que a duras penas se sembrara yuca, pero en ningún caso plátano. Éste se había convertido en un producto exótico.
Al filo de las siete de la noche el camión quedó  vacío. Aún los plátanos dañados, que muchos habían despreciado horas antes, fueron recogidos del suelo para ser usados como alimento de cerdos y reses. Ningún hogar del pueblo se quedó sin su costal de plátanos.
Al día siguiente, muy temprano por la mañana, los junteros le avisaron a la Policía que el camión había sido descargado y no había ni armas, ni bombas. Esta vez los agentes sí acudieron y procedieron a llevarse el camión. Apropiándose de la situación, uno de los policías soltó una frase vacía:
—Seguramente se lo robaron lejos de aquí y no supieron qué hacer con él.
También circuló la versión de que el camión había sido utilizado por la guerrilla para transportar armas camufladas entre los plátanos, cosa que “Mañe” Maestre, el Concejal del pueblo, descartó de plano:
—Ahí no cabía ni un alfiler.
Lo cierto es que todo lo que se dijo en aquel lunes post-plátano pertenecía al siempre estéril camino de la especulación.
Ciro Valentín Gutiérrez, agricultor de la Serranía, bajó el martes a La Junta con dos bultos de «dominicos», plátanos pequeños y desabridos que se cultivan en tierras altas. Cuando se enteró de que dos días antes había llovido plátano, se echó a llorar.
La Junta duró un mes comiendo plátanos. Las amas de casa sacaron a relucir las más variadas recetas, todas a base de plátano: perico, asado, azucarado, boronía, con cola, pícaro, cocido, en tentación, a la mulata, dulce con canela, en torta, en tajada frita y en bollo de maduro. Aquel suceso memorable dejó hasta un invento culinario: el arroz de plátano. Al igual que muchos junteros en distintas ciudades de Colombia, Jaime Araújo Castro, el “cónsul” de La Junta en Bogotá, recibió de su madre, por correo recomendado, una caja llena de plátanos. Los habituales vendedores de plátano del mercado público de San Juan del Cesar estuvieron a punto de quebrar por esos días, como consecuencia de la avalancha de campesinos de La Junta que llegaron a vender sus plátanos a precios irrisorios.
Pronto la historia trascendió por los pueblos de la región y a los junteros comenzaron a cambiarle el apellido: Betty Plátano, Luis Alfredo Plátano, Gustavo Plátano.
Pero el gran apunte corrió por cuenta del locutor Enrique Camargo, quien después de contar la historia en su programa regional Noticias Nueve en Punto, que se emite desde Valledupar, exclamó:
—¡En La Junta están esperando que aparezca un camión de queso para comérselo con los plátanos!