SITIO OFICIAL DEL PERIODISTA ERNESTO McCAUSLAND

Un vallenato, 9 senderos

Pena y dolor en el vallenato:
la tragedia de Alicia adorada


A veces creo que puedo ver a Alicia Cantillo, olerla recién bañada con un aroma a jabón de monte, incluso sentir su malestar, los dolores de cabeza, el desgano, la desesperanza y todo lo que implicaba el embate de la pre-eclampsia en medio del monte, su agonía rodeada de personas extrañas, lejos del hombre que amaba. Y puedo transportarme a ella no tanto porque he conocido e investigado esta historia como si se tratara del árbol genealógico de mi propia familia, sino porque Juancho Polo Valencia me la ha contado sin contármela a través de su canción, de la misma manera en que la pena y el dolor han trascendido por los tiempos y los lodazales: por el vallenato; porque esa música tan misteriosa como elemental ha transportado las tribulaciones del autor por las trochas de los siglos, al punto de que esa canción mística, profundamente melancólica, que nació en la Colombia bucólica de mediados de los 1900’s, hoy se baila en las discotecas de Bogotá.

Así, de igual forma, he vivido la consternación de Patillal cuando el  insigne poeta local Freddy Molina,  recibió un balazo fraternal a través de una puerta. Basta escuchar Amor sensible, que fue compuesta por Freddy Molina unos años antes de su muerte, para entenderlo todo. Pero no escucharla con los tímpanos sino con el alma abierta, captar a plenitud la pena del joven que había perdido el juicio y que —por culpa de ese amor— pensaba sin saber lo que había pensado. Me explico: la canción no ofrece una sola pista forense sobre el crimen, cometido accidentalmente por un hermano del poeta en lo que históricamente se ha interpretado como “cosas de tragos”. Pero al navegar por las notas de ella, al sentirla en la piel como una espada, cualquiera entiende de qué fibra está hecho el vallenato. Porque el vallenato sin la pena sería inviable. Ambos están unidos como el músculo a la piel y son mutua razón de ser: el artista la necesita como requisito esencial de inspiración y de manifestación creativa, mientras ella necesita del artista, del artífice de los pitos diatónicos, del compositor que recorre los valles y los ríos, para salir de su apretuje de lágrimas y emprender su vuelo hacia el infinito.

Y al igual que Valencia,  Juancho Rois me ha enseñado el dolor. Lo conocí y era un tipo tan buena gente que rayaba en lo ingenuo. En alguna ocasión se ofreció llevarme a la choza de un curandero indígena del Perijá que tenía la contra para la mala envidia. Jamás fuimos, pero sí cumplió su promesa de invitarme a su casa para un sancocho de tres carnes preparado en un caldero número 32. Su nota de acordeón, en eso coinciden todos, era pura y diáfana como las aguas del río que pasa por San Juan del Cesar, su pueblo. Tan noble fue que en 1991 le pagó los tiquetes y le prestó los acordeones a Julián Rojas, para que éste terminara derrotándolo en el Festival de la Leyenda Vallenata de ese año. Rois se casó con una preciosa chica de Montería. El matrimonio, al que se había opuesto vehementemente el padre de ella, duró un mes: Juancho murió en un accidente de aviación, en Venezuela, dejándola con un mes de embarazo. Y le dejó también múltiples canciones. Una de ellas, Por qué razón, era un himno al dolor del amor contrariado. Esa canción, precisamente, sonaba por las emisoras cuando Juancho, un 21 de noviembre de 1994, se murió rogando que no lo dejaran morir.

Y así, al ellos morirse han vivido más, de la misma manera en que Alicia Cantillo, con su trágico fallecimiento prematuro a los 20 años de edad, generó en Juancho Polo esa alquimia de remordimiento e inspiración que lo condujo a crear la obra maestra del vallenato de todos los tiempos.

***

Flores de María, 1949. Colombia está revuelta, pero en este pequeño pueblo perdido entre los andurriales del Magdalena Grande nadie sabe quién es Jorge Eliecer Gaitán ni se ha oído hablar de la chulavita.  Allí, lenta y pesadamente,  transcurre otro mundo. El nombre del pueblo no es más que un poema sin fundamento, una broma del destino: en su casco urbano es imposible hallar una flor. Ya han pasado unos meses desde que Juancho Polo, al que todos llaman “Valencia”, se ha traído a Alicia desde la población de Caimán, a 500 leguas de allí. Se la ha robado a lomo de mula, para contrariedad de la madre de ella, Felicidad Mendoza, quien siempre consideró a Juancho Polo Valencia, y con toda razón, un borracho buenavida indigno de su bella hija.

Cuando me le medí a las trochas de Fundación y Pivijay para conocer esta historia lo hice con la ilusión de que hallaría al menos la casa en que murió Alicia. La gente del pueblo ubica muy bien el punto exacto de la vivienda, pero antes le advierte al visitante que muy poco queda de aquella. Me hallo entonces ante un chiquero, un barrial de aguas negruzcas en el que se despereza una familia de cerdos criollos, intentando conjurar el fogaje del mediodía. Hay allí un anciano árbol de totumo, por lo que supongo, con ánimo especulativo, que los murciélagos debían zumbar por los aires, inquietando los mechones, esa noche aciaga en que Alicia se moría. De la casa en sí no quedan sino tres  estacas entre el fango, carcomidas por el aire salitroso. Años después de que surgiera Alicia Adorada, y de que fuera evidente que a Valencia le atormentaba interpretar su obra cumbre, Alejandro Durán grabó otra canción con la cual pretendía brindarle un tardío consuelo a su compositor. Ya nada podía consolar a este hombre abrumado, perturbado eternamente por la culpa que lo perseguía como su implacable verdugo. Aun así, era imposible que Juancho Polo Valencia creyera una palabra de lo que decía la canción reivindicativa, como quiera que Alejo afirmaba allí que “allá en Flores de María, junto a la quebrada, quedó la casa cerrada donde ella vivía”. ¿Cuál casa? ¿Cuál quebrada? Ya para ese instante era imposible convencer a Juancho Polo Valencia de que no era culpable de la muerte de su Alicia adorada, y menos con una canción falaz y con sus propósitos demasiado evidentes; un punto yerto sin casa, ni quebrada, ni perfume de alelíes, ni la más mínima misericordia lírica, en el que predominaba el olor de las aguas pútridas del chiquero.

Me contó la hermana de Juancho Polo, Ana Polo Cervantes, que Juancho trajo a Alicia de la misma manera en que se la llevó de Concordia: a lomo de mula. Debió ser de alguna manera romántico, en el ambiente de aquella Colombia primitiva, verlos llegar bajo el cielo discreto de un anochecer de grillos, la inocente jovencita provinciana con aquel gallo veterano, dispuestos a afrontar la incertidumbre de una vida en pareja. Era evidente que ambos tenían diferentes aspiraciones: Alicia Cantillo debía imaginarse una casita en el campo al lado del hombre que la divertía con sus ocurrencias, sus canciones y su acordeón guarachero. Valencia, en cambio, debía relamerse ante la perspectiva de una doncella inmaculada, y sin renunciar a la vida andariega y disoluta de la que nada ni nadie jamás podrían sustraerlo. La llegada a Flores de María pronto definió las cosas. No hubo casa campesina, sino una pieza en la choza familiar, y mientras Juancho pronto retomó sus andanzas por la región, sus recorridos a lomo de mula y con el acordeón a la vista de todos, Alicia cayó en cama con los padecimientos de un mal embarazo.

Así la encontró Juancho al regreso de uno de sus viajes, tan mareada que ya no podía levantarse, las piernas hinchadas y las encías sanguinolentas. El único médico de la zona, el doctor Antonio Pimienta, de Canoa, había recetado unas medicinas que sólo podían obtenerse en Pivijay, a un día de camino por las trochas imposibles del invierno. Nadie se había ocupado de la enferma, a la espera de que apareciera el marido. Valencia partió esa misma noche hacia Pivijay.

Es en este punto donde la historia se abre en diversas versiones. La más conocida, y mejor documentada,  es que cuando Valencia llegó a Pivijay se encontró a sus amigos de juerga y éstos lo invitaron a que les animara una parranda y se tomara unos tragos. Dice esta famosa versión, fundamento condenatorio de Valencia ante la historia, que en el entretanto murió Alicia y varios hombres de Flores de María salieron a lomo de bestia a darle la noticia.

En plena parranda Valencia reaccionó aturdido, emprendiendo de inmediato el retorno. He pasado noches enteras sin dormir tratando de imaginarme lo que en ese instante pasaba por la mente y el corazón del juglar. En todo caso, mientras él recorría los caminos maltrechos del invierno con el alma despedazada, Alicia era objeto de un sencillo funeral en el cementerio de Flores de María.

El pueblo, acostumbrado a la paz de su marginalidad, se había convertido de repente en un hervidero, cuyo sentimiento predominante era el rencor ante el marido irresponsable. Así me lo corroboró Milciades Gamarra, un terrateniente de la zona que era un niño en esos tiempos. Según Milciades, al ver llegar a Valencia sobre un caballo, aún con rastros de la borrachera de tres días, las lugareñas Crucita Gamarra y Digna Barragán le salieron al paso, increpándolo fuertemente:

— ¡Juanchopolo irresponsable, mire lo que ha pasado por culpa suya!

Antes que arrugarse por el reproche, Valencia ripostó con una frase altiva que las dejó a ellas más indignadas aún:

— ¡Doña Crucita, deme una botella de ron pa’que vea lo que traigo!”

Lo que traía era Alicia Adorada,  la canción que había compuesto en el camino. Valencia guió la bestia directo al cementerio y ante la tumba fresca de Alicia, por primera vez cantó la canción. Eran las cuatro de la tarde.

Varios de los viejos de Flores de María coinciden en el relato de aquel instante. El pueblo entero se volcó silenciosamente sobre aquel cementerio sin gloria, ubicado sobre una pequeña loma, y presenciaron la primera interpretación de Alicia adorada. A Valencia le temblaba la voz, pero cantaba con determinación.

María Polo, la hermana de Valencia, me contó detalles de la muerte de Alicia: le imploraba a los santos que no la dejaran morir, llamaba a Valencia y acusaba a los familiares de éste de que se lo estaban escondiendo.

Por esos días trágicos no volvieron a ver sobrio a Juancho Polo Valencia, quien a medida que pasaban los días le agregaba nuevas estrofas a la canción. Luis Meza, uno de sus mejores amigos en el pueblo, utilizó la palabra “desmentizado” para referirse al Valencia de esos momentos.  Pronto fue evidente que Valencia no se sentía cómodo cantando su obra maestra.  En ocasiones comenzaba a intepretarla y no era capaz de terminarla, cayendo en un llanto profundo y lanzando retahílas de remordimiento.

Pero el eco de la canción comenzó a correr por la comarca y así llegó a oídos del gran Alejandro Durán, quien unos años después la convertiría en punta de lanza de su repertorio para ganarse el Primer Festival de la Leyenda Vallenata, en Valledupar.

El fantasma de Alicia adorada acecharía a Juancho Polo Valencia hasta el final de sus días, casi medio siglo después. Ni aun cuando la canción se convirtió en una de las más famosas del folclor, Valencia se sintió cómodo con ella y casi siempre evitaba cantarla. Terminaría convertido en una miseria andariega, objeto de burlas callejeras. Tocaba en las esquinas por un trago de ron.

Tal como a Alicia, la muerte lo sorprendió “solito”, en una habitación de la casa de su hijo Sebastián, en la población de Fundación, Magdalena. Pero ni aun en la muerte pudo descansar. Juancho Polo Valencia fue enterrado en una bóveda prestada en el cementerio local. A los dos años, el propietario de la bóveda falleció y en la víspera del velorio se hizo urgente sacar los restos del ocupante temporal. Sebastián, su hijo, arrumó entonces como pudo los huesos en un costal de fique y esa misma noche, en medio de un aguacero,  los trasladó a la casa de su hermana María, quien para ese entonces se había mudado a un pueblo cercano, Santa Rosa de Lima. Allí hoy se encuentra enterrado, en una tumba sin lápida ni gloria.

Alicia adorada nos ha enseñado de qué intensa manera el vallenato es pena y dolor. Apenas lógico si traemos a cuenta las tres vertientes principales del género, cada una de las cuales tiene su propia manera de sentar sus manifiestos del dolor: el acordeón, de estirpe sajona, con sus pitos que son como alaridos quejumbrosos del alma del fuelle; la guacharaca, que aloja en sus brechas el dolor ancestral del continente amerindio; y la caja, con sus redobles que evocan funerales cantados en los palenques del Caribe. Desde luego que en todo el continente de la cuenca es factible hallar el dolor, en claras expresiones como el bolero y la bachata. Pero ninguno tan compenetrado con la tierra, ni tan materializable en la ruina de una tumba, ni tan asociado con personajes de carne y hueso, como el vallenato.

Hoy, mientras continúan surgiendo nuevas versiones de Alicia adorada, incluyendo una en ritmo de reggae de Carlos Vives, muy pocos cantan la última estrofa que Valencia le agregó en los días de la tragedia y que no es más que una síntesis de todo lo que encarna la pena y el dolor en el vallenato:

Cuando ya el alma se acaba,
se despide de este mundo,
y en aquel hueco profundo, ay hombe,
la vida se vuelve nada.