SITIO OFICIAL DEL PERIODISTA ERNESTO McCAUSLAND

Antologa de notas ligeras colombianas

Los gallinazos

de Pedro Pérez

  

y  yo que crea haber visto todo lo que haba que ver en materia de historias, y que lo que me faltaba por conocer era lo que faltaba por suceder, tuve la fortuna de encontrarme al mago Borletti en aquella maana del eplogo carnavalero, con unos lentes oscuros, y una queja de resaca a flor de labios, pero siempre locuaz y ansioso por contar sus cuentos fabulosos, tan fabulosos que uno dira que el mago es mago ms por sus actos de prestidigitacin narrativa, que por sus nmeros de ilusionismo con naipes arrugados, o sus extraordinarias desapariciones de chicas en el escenario, o sus dotes asombrosas de clarividente, y que prefiero escucharlo en plan de narrador, como en ese bendito martes de Carnaval, cuando ambos esperbamos al cantante Poncho Zuleta, y el mago se dedic a relatarme la historia de Pedro Pérez y sus amigos gallinazos, que ocurri en Riofro, la tierra del mago, en pleno vecindario de Macondo, flamante ciudad principal del nuevo municipio de la Zona Bananera, la misma zona auriverde que ya pari a un Premio Nobel de Literatura, Gabriel Garca Mrquez, el cual seguramente quedar maravillado, y acaso sentir incompleta su obra, cuando el mago el mes entrante, durante una de las parrandas del Festival Vallenato, le cuente la historia del matarife Pedro Pérez, un hombre tan caballeroso, que el nico acto de descortesa que se le conoca era precisamente el de agarrar cada maana entre sus manos un mazo de plomo y sacrificar a las reses de un slo golpe, para luego descuartizarlas con un cuchillo de acero, porque por lo dems Pedro Pérez era un auténtico caballero de provincia, algo que la misma historia corrobora cuando el mago, quitndose el par de inmensos marcos oscuros, y exhibiendo sus ojos desorbitados, relata que Pedro Pérez llegaba al mercado cada maana después del sacrificio y que un par de pichones de gallinazos se le abalanzaban como si fueran un par de domesticados perros hambrientos, mientras el matarife se sacaba del bolsillo algunas presas sobrantes del degelle, y se las daba casi en los mismsimos picos trémulos, adems de acariciarles las plumas negras tiernamente, para que los dos pjaros comieran hasta la saciedad, quedando satisfechos hasta el da siguiente, cuando Pedro Pérez volvera a  aparecer otra vez con su cuota de menudencias maaneras, y los goleros se desviaran otra vez de su naturaleza carroera para saciar sus apetitos por cuenta de su mentor Pedro Pérez, quien como era lgico un da, siendo ya adultos los goleros, tuvo que enfermarse, cayendo en cama, y sin poder regresar al mercado, lo que origin lo verdaderamente asombroso de esta historia que Borletti cuenta con la vehemencia de un Dal tropical, con las cejas encaramadas en la frente, y segn la cual los gallinazos no se quedaron esperando en el mercado, sino que volaron al pie de la ventana de Pedro Pérez y no se quitaron de all, da y noche, hasta que Pedro Pérez se muri y entonces tampoco quisieron irse a volar, quiz a buscar los burros muertos de Riofro, sino que optaron por la noble opcin de seguir el funeral hasta el cementerio y luego quedarse al pie de la tumba, hasta que lograron la misma condicin de Pedro Pérez, es decir, se murieron all mismo, originndose per sécula seculorum  en Riofro una frase que hoy da es de uso cotidiano, una frase legendaria que suena ms legendaria en la voz ronca del mago Borletti, ms agradecido que los gallinazos de Pedro Pérez...  


(El Heraldo, marzo de 1990)



Réquiem por la tertulia


Por la llamada "Calle de los Turcos" de Sincelejo todava pasan tipos como Donaldo, quien promociona veladas boxsticas y rifas. Lo hace con un sistema que, en esta era del becerro de oro digital, cualquiera supondra acabado: cargando una cartulina, con letras multicolores escritas a mano y sin un solo pregn. Por lo dems, la calle ha ayudado a despojar a Sincelejo de la estampa buclica de otros tiempos, cuando por all deambulaban burros en vez de Toyotas y los almacenes eran atendidos por hombres rabes de mirada recelosa, no por estas muchachitas que con su risa suelta pretenden atrapar a los transentes para una compra de ocasin.

 

William Quessep ha sido, hasta esta semana, el ltimo turco de la Calle de los Turcos. All, a metros del antiguo mercado, vio correr su vida, desde los tiempos en que su padre, Name Quessep, regateaba a brazo partido los precios de las telas en su propio almacén, Estrella roja. El nombre no significa nada en especial. Un buen da, a comienzos del siglo pasado, un publicista de correras le ofreci elaborarle un aviso y Don Name, sin soar siquiera que algn da se inventara la palabra marketing, le entreg cinco pesos y acept que el hombre pintara lo que quisiera. Aos después, en la violencia, un sargento de la Popol lleg a exigirle que cambiase el nombre por Estrella azul o de lo contrario el negocio quedaba cancelado. Don Name busc influencias y salv el nombre, que todava existe, pero con distinto propietario.

 

Hoy los paisas estn por doquier. Como parte de un curioso fenmeno que se ha venido anidando durante los ltimos aos en la Regin Caribe, la de los turcos es ahora la Calle de los paisas y William, el hijo de Don Name, una especie de Boabdil, el ltimo rey moro de Granada. Un Boabdil locuaz y nostlgico que recuerda los tiempos campesinos de la otra Sincelejo, no esta barahnda de mercachifles.

 

Proclive a las buenas conversaciones ms que a las buenas ventas, William opt por una cafetera antes que otro almacén. As naci hace 32 aos la Cafetera William.

 

All no hay sillas de aluminio, ni de plstico. El mobiliario est elaborado en pedazos de rboles de la regin, que conservan parte de sus formas y sus vetas. De la misma manera, William supo convertir el lugar en un santuario de la prolfica artesana sinuana: hay all un reloj elaborado en calabazos o una banda pelayera tallada en madera. En un ambiente fresco y amplio, enmarcado en arcos y columnas mudéjar, en medio de una algaraba de loros parlanchines y canarios canores, William sirve sus manjares, que no son otra cosa que una metfora de la amistad: pueden alternar, afablemente, en un plato, el quibbe rabe con el casabe lugareo.

 

De all que jams hayan faltado los tertuliantes. Los hay de todas las edades, de todos los niveles sociales y culturales. All uno encuentra, en una misma mesa, a un ex magistrado con un artesano de Momil, con el hombre que se jal un completo libro sobre el derrumbe de las corralejas, con un poeta sin nombre y por supuesto con William, el gran alcahueta de la fiesta matinal de la palabra. All, mucho antes de los los que hoy resuenan desde la capital, presencié un hirviente duelo de voces entre un jovencito desdentado que aseguraba que Uribe era un falso profeta y un caballero de linaje que argumentaba que aquel era el salvador de la patria.

 

Dicen en Sucre que la lengua no se cansa. Pero el bolsillo s. Agotado de subsidiar su centro de tertulias, William ha decidido sucumbir ante el empuje de vecindario y le ha vendido a uno de los almacenes, que convertir el templo de la tertulia en bodega de mercancas.

 

Atribuyamos esta hecatombe cultural a la lgica metamorfosis de un pas que pocas cosas quiere preservar. Mueren las tertulias, como se muere el alma de la nacin. William, a lo contrario de Boabdil, no derramar una lgrima, ni nadie podr decirle "no llores como mujer lo que no supiste defender como hombre". Claro que lo intent. Pero quién puede ante Don Dinero? 


(El Tiempo, agosto de 2008)