SITIO OFICIAL DEL PERIODISTA ERNESTO McCAUSLAND

Diez preguntas para Daniel Santos

Hubiera querido hacerle tantas preguntas, pero al escuchar su voz telefónica —ronca, agotada, algo jadeante— opté por auto-regularme a  diez y las seleccioné con rigor de magistrado. Era septiembre de 1992. Daniel Santos tenía a la sazón 76 años, pero entre los ajetreos de la música y la bohemia había vivido el doble. Yo lo había telefoneado a su rancho de Summerfield, el pueblecillo de La Florida en el que vivía desde 1979 junto con Ana Mercedes, la última de sus doce esposas. A pesar del ostracismo en que estaba empeñado durante los últimos años de su vida, fue amable con el reportero que lo llamaba desde Colombia. Me dijo que viajara a La Florida y que cuando estuviera cerca al pueblo, lo llamara desde un teléfono público para darme instrucciones. Con mis diez preguntas y una cámara atravesé dos océanos: el Atlántico y el de mis propias emociones. Por fin iba a conocer al hombre que me había musicalizado la vida.


Mi primera pregunta era sobre su voz, tan nasal como afinada, tan romántica como guapachosa,  tan brillante como versátil. ¿Qué tantas de esas características que lo hicieron más grande que la vida eran cultivadas y qué tantas naturales?

 

Desde luego que no pretendía, en una entrevista que presagiaba corta, reconstruir esa larga existencia llena de luces y sombras, de amoríos y triunfos, de secuencias tan encumbradas como abismales. Quería indagar, en la segunda pregunta, sobre sus escarceos políticos, su reclutamiento forzado para pelear en favor de Estados Unidos en la segunda Guerra Mundial y luego su militancia en el independentista Partido Nacionalista de Puerto Rico.


Supuse que no habría tiempo para preguntarle sobre las mujeres, sus esposas, las mil prostitutas de los tiempos de la Sonora Matancera, sus amantes de ocasión, las cuales quedaban tan prendidas de él que el escritor puertorriqueño José Rafael Sánchez inició su biografía con esta frase: “La mención solitaria de su nombre levanta rumores de anarquía genital”. Opté más bien por incluir una pregunta sobre la puertorriqueña, con supuestos problemas mentales, que había tenido un hijo con él y otro con Ismael Rivera.


La cuarta pregunta era sobre su afición por la marihuana, que le había costado varios ingresos a la cárcel;  la quinta sobre su intento de suicidio al estilo Alfonsina y el mar, en el que había fracasado cuando sintió el agua en la nariz;  la séptima sobre su amistad con el veterano periodista barranquillero Marcoté Barros; la séptima sobre la huerta productiva que cultivaba en el rancho de Summersville, y la octava sobre su domicilio en ese pueblecillo, al que había llegado desde Miami después de decirle a su mujer:


—Nos quedamos para siempre donde se nos acabe la gasolina.


Las dos últimas preguntas correspondían a Colombia. La novena aludía al disco que cantó en 1958 con la orquesta de Pedro Laza, la ardua grabación en particular de la canción El vapor de Ana Ramón, que —en medio del ambiente libertino del estudio— era repetida una y otra vez por diversos errores. Hasta que Clímaco Sarmiento, quien con su voz hacía el efecto sonoro del pito del vapor, estalló diciendo: “¡Terminemos de una vez que ya me sacaron una hemorroides con esta vaina!”.


Y la última era la más importante para mí: quería escuchar, de la voz del mismo Santos, la famosa historia de lo ocurrido en el teatro Colonial de Cartagena, cuando llegó difónico a su presentación y optó por doblar en escena, mientras un cantante lo secundaba tras bambalinas. Había oído varias versiones de la historia, incluso una de nuestro Julio Jaramillo, quien me aseguró que él había sido la voz, mientras que el dueño del teatro, don Víctor Nieto, me contó que había sido un cantante de apellido Silverman. Lo cierto es que la gente terminó dándose cuenta de la triquiñuela y muchos se llevaron las bancas del teatro para su casa.


Con mi reducido costal de interrogantes llegué al teléfono público a hacer una de las llamadas más cruciales de mi vida. La misma voz contestó. Le dije que había llegado de Colombia para la entrevista y escuché un bramido:


—¡Qué entrevista ni qué entrevista!


Con las mismas me devolví. Daniel Santos llevaba varios años aquejado de una insuficiencia renal y debía sentirse ya muy mal, a juzgar por la manera en que me habló. Me sobraba tanta comprensión como dolor. Dos meses después, era conducido de emergencia al Hospital de Munroe, en Ocala, y dos días más tarde, el 27 de noviembre, se despidió de esa vida que había atravesado a todo vapor, dejándome la opción de sus canciones, esa infinita sensación de haber estado tan cerca y tan lejos.


(El Heraldo, septiembre de 2012)