SITIO OFICIAL DEL PERIODISTA ERNESTO McCAUSLAND

El olor de Fidel

Apareció la semana pasada, en uno de esos lugares donde suelen aparecer las cosas que se pierden en casa: en lo profundo del gabinete menos pensado. Yo llevaba por lo menos quince años buscando ese videocasete, el cual incluso se las había arreglado para pasar camuflado a través de dos mudanzas. Lo encontré en evidente deterioro, pero ahí estaba, con las letras afanadas que yo mismo le había manuscrito en esa mañana del 18 de octubre de 1995: Entrevista Fidel Castro.


Tan pronto ingresó a la reproductora de video Betacam, el casete mostró cuánto el prolongado traspapele lo había afectado. Fue necesario entonces someterlo a una exhaustiva labor de restauración, centímetro a centímetro, labor dispendiosa en una cinta con 180 metros de largo.


Aquella vivencia periodística había sido tan emocionante que terminé no acordándome de nada, al punto que ya no tenía ni la menor idea de qué podía haber allí, atrapado en la polvorienta cinta magnética. Solo recuerdo que Fidel Castro se le había fugado a su agenda oficial de la Cumbre de los Países No Alineados en Cartagena para irse a visitar la recién construida casa de Gabriel García Márquez, en el sector de San Diego. Yo estaba en la ciudad como enviado especial de QAP Noticias, y me encontraba cubriendo algún hecho de rutina, cuando me informaron del revuelo periodístico frente a la muralla. Los astros se me irían alineando, y terminaría yo frente a frente con la historia reciente de la humanidad, un Fidel Castro tan jovial como imponente, gozoso ante la cámara, y para mí solo.


Diecisiete años después, puedo puntualizar con precisión aquel instante en la evolución histórica del siglo XX. Ahora me doy cuenta de que estaba ante un hombre acorralado. Fidel Castro tenía 69 años de edad y llevaba 36 en el poder: es decir, más de la mitad de su vida la había pasado empeñado en gobernar a su manera aquella diminuta isla, respaldado por grandes aliados y asediado por enemigos más grandes aún. Al tiempo que era objeto de una idolatría universal, también le llovían rayos y centellas desde múltiples sectores, al punto que sería difícil señalar a un hombre que haya alimentado más polémica en la historia. Cuatro años antes, la Unión Soviética y el bloque comunista europeo habían terminado de colapsar, pero Castro ni se había arrugado ante la soledad ni se había desmoronado con el muro de Berlín. Lo cierto, no obstante, era que se hallaba más solo que nunca junto con sus diez millones de gobernados, con su islita primorosa que envejecía y se oxidaba bajo los soles del Caribe, y buscando opciones exóticas como los Noal, escarbando amistades aquí y allá, y en la tensa espera de otro mazazo desde el norte: la Ley Helms-Burton, que endurecía considerablemente los términos del bloqueo comercial de Estados Unidos a Cuba, iba viento en popa en el Congreso norteamericano. El aislamiento de Cuba, disminuida viuda de la perestroika, era cada vez mayor.


Dos intentos de limpieza no fueron suficientes para recuperar del todo la cinta. En el tercero finalmente pudimos verla. La realidad recóndita fue encontrando entonces un espejo en mi memoria. 


Mis quince minutos con Fidel Castro duraron 14 minutos 52 segundos. No hay allí la más mínima señal de un hombre preocupado, mucho menos desesperado, aunque sus palabras sí metaforizaron, muy a su manera, las implicaciones de la Helms-Burton: “Es como si tuvieras ya cien toneladas sobre tu cabeza, y te pusieran quinientas más”. Sacó pecho de los logros políticos y educativos de Cuba, habló con entusiasmo de lo que sería su visita a Estados Unidos, la semana siguiente, y se refirió ampliamente a su nueva persona estilística, el guerrero proletario que de repente había dejado de utilizar su emblemático traje de fatiga, remplazándolo en múltiples ocasiones por un disfraz de relacionista público: ¡trajes Armani de color gris oscuro con corbatas de seda!


Pero más allá de la palabra política, volver a ver el casete me hizo recobrar la memoria sensorial de ese día 18. Pude constatar en aquella ocasión cuán fácil el poder cede a la tentación del histrionismo, y al mismo tiempo cuánta humildad se alberga en el corazón de un hombre de esa envergadura, que —después de la entrevista— terminó haciéndome preguntas a mí como un curioso abuelito. Al final, se dejó recibir a besos por las amas de casa de San Diego y les recomendó —en una aplicación minimalista de su casta de izquierda— que se mantuvieran firmes ante las ofertas de los ricachones foráneos y se abstuvieran de vender sus casas históricas de barriada.


No obstante, nada de lo anterior, ni siquiera la conversación alucinante con aquel coloso del Caribe, mamador de gallo y rebosante de sabiduría, fue lo que más emergió en la memoria del espíritu, que es a fin de cuentas la memoria que cuenta. Aun mientras el casete avanzaba jadeante en medio de un olor a circuitos recalentados, pude recordar claramente lo que percibí cuando me agarró el brazo y se acercó a decirme algo: Fidel Castro olía exactamente igual que mi abuelo.


(El Heraldo, septiembre de 2012)