SITIO OFICIAL DEL PERIODISTA ERNESTO McCAUSLAND

Palabras para un Campo asediado

Cuando más recuerdo tu cabina glacial, a la cual tú paradójicamente convertías en una caldera, más trabajo me cuesta aceptar que la hayas dejado vacía por una decisión de poder.

Hacia las cinco de la mañana, cuando tu fiesta arrancaba, todavía el fantasma de Valdehoyos no regresaba de sus rondas nocturnas y el entorno del Parque de Bolívar, allí frente a RCN, era un desierto panteón.

Se maravillaba uno de verte en acción, hablándole al pueblo de tú a tú, en su mismo lenguaje, su misma picardía, su mismo escandaloso dialecto perpetuado en juerga de esclavos.

Y lo más impactante, sin duda, la percepción de que este gigante mulato, como un oso de Walt Disney, le estaba marcando el pulso desde allí a la ciudad multicentenaria.

¡Cuánto nos divertíamos con tus ocurrencias, como aquella de los viejitos jubilados a los que apodabas “mandarinosky” porque supuestamente hacían una larga fila en el banco para cobrar su pensión y llegaban unas chicas de pantalón chicle y blusa estraples, y en un santiamén... los pelaban!

Risotadas de dientes picados entre las criaturas de la Cartagena que se desperezaba. Era Campo Elías Terán en acción.

El día en que te visité, me hablaste de tu supuesto dilema de salir a la Alcaldía. Las encuestas te favorecían por años luz. No me pediste consejo, aunque tampoco me diste nada por seguro. Tuve la tentación de inmiscuirme sin contemplaciones en la vida ajena y decirte que ni se te ocurriera meterte en semejante cosa.

No tanto porque tenía la sospecha de que aquello podía ser un embeleco de amigos y parientes avispados, o la certeza de que no poseías ni la habilidad administrativa ni la requerida malicia de alacrán, sino por otra razón muy sencilla: no había argumento sobre la tierra que justificara dejar ese trono de cuerina en que ya estabas sentado, ese recinto en el que las noticias de Cartagena hervían como lo hacían los cangrejos en las pailas colosales de Socorro, en el mercado de Bazurto.

Pero me quedé callado: entendí que un hombre irremediablemente mordido por el áspid del poder debía tener a esa altura ya demasiado de ese veneno en el cuerpo. En ese momento, Campo, te consideré más incurable de lo que te consideran hoy tus dilectos enemigos políticos. Y ya vemos en qué terminó la cosa: tu cabina perdida, tu alcaldía hecha trizas y tú sin fuerzas ni bríos para rearmarla.

Entre tantas necedades que te dicen cuando eres un paciente de cáncer, escucharás prédicas exóticas sobre deidades hechizas, conminaciones a que ingieras todos los días un buen filete de cascabel, y la más atrevida de todas: “ese cáncer le vino del estrés de la Alcaldía”. Cómete la dichosa culebra si quieres, Campo, pero esta última especie jamás te la creas. Es infundada y —lo más importante de todo—: así sea obvio que te equivocaste, ni te arrepientas ni te flageles. Un hombre tiene derecho a vivir la experiencia que desee y punto. Ahora, más que nunca, mantente lejos de la estupidez y cerca de la sabiduría.

Debo decirte, Campo, que ese circo romano que ahora presencias, politiquillos y politicones pretendiendo devorarse tu cáncer sin piedad ni respeto, no es más que el obvio paradigma de la bajeza humana, la cual se manifiesta, en toda su dimensión, sobre la arena de la política.

Por eso te conmino a que les entregues su presa lo antes posible y a que lo hagas de la manera más institucional posible, cosa que al menos no puedan devorársela a merced. Dedícate a cuidarte y a librar la batalla que Dios ha elegido para ti, al tiempo que te ha ungido del poder sagrado para vencerla.

Ninguno de ellos imagina, Campo, por lo que tú estás atravesando: pocos saben con qué sed se bebe el trago amargo de una quimioterapia, ni han sentido la incertidumbre de entrar a una sala de radiología a ver la suerte de uno manifiesta en las sombras de una pantalla, ni ha tenido a un médico enfrente hablando con esa mezcla de misericordia y franqueza.

Tú mereces tu tranquilidad, tu paz interior, acaso el deseo vehemente de entrar de nuevo a calentar aquella cabina de hielo.

(El Heraldo, septiembre de 2012)