SITIO OFICIAL DEL PERIODISTA ERNESTO McCAUSLAND

La generación del go-fast

El último de ellos que regresó sano y salvo lo hizo apenas la semana pasada, emanando el olor a rancia sal de los aventureros del mar. Vestía la misma muda de ropa que tenía puesta cuando se fue. No traía equipaje, sino cinco mil dólares en efectivo dentro de los bolsillos húmedos, y lo más importante de todo: portaba su vida.

La plata voló, como arrastrada por el viento de la isla. Compró una motocicleta, en la cual ahora se le aventura como una centella a la vía escarpada de La Loma, atrae miradas audaces de muchachitas y siente en su cara el viento fresco de las Antillas, que viene siendo la noción más aproximada a la vida ideal. Adquirió también, en los almacenes de los turcos, un aire acondicionado, con lo cual ya su bebé no pasará tanto calor, y mandó a embaldosar el piso de arena de su casa. Dicen que no le alcanzó para el mercado.

Otra lancha go-fast había coronado y  nuestro héroe, un muchacho como tantos de la isla de San Andrés, había hecho casi lo mismo de lo que hacen todos, en mayor o menor cuantía: gastarse el dinero en 48 horas; andar de farra con varios de sus viejos amigos, cada uno con una botella de whisky en la mano; comprar algo motorizado; conquistar y si es el caso embarazar a alguna de las candorosas chiquillas que los contemplan como a héroes, y dejarle algo grande y eléctrico a la mamá.

No poseen el arrojo de un sicario de las viejas comunas de Medellín, ni la destreza con la Ingram de la generación de Soacha, ni la rapidez con el cuchillo de un pandillero de Cartagena. De los island boys podría decirse que no matan una mosca y el máximo daño que pueden llegar a causar es el de sus vehículos salidos de madre por esa vía estrecha que le da la vuelta a la isla: uno de ellos, el año pasado, dejó sin luz a un par de barrios al estrellar una Toyota nueva contra un poste de la avenida Newball.  

Aún así, con todo y lo inermes que son,  hoy constituyen parte esencial en el esquema del narcotráfico, ese que tiene a San Andrés como punto clave de relevo, tal como una vez más queda en evidencia al conocerse el contenido de la memoria del mago Chupeta, el Houdini criollo que por 70 mil dólares hizo desaparecer una fragata de la Armada Nacional que custodiaba su ruta.

Nuestro héroe tuvo suerte, como la ha tenido en un par de veces anteriores. Hoy por hoy la isla es una gran lágrima de madres, que han perdido a sus hijos en dos de los tres caminos posibles de la generación de las lanchas rápidas: el cementerio de agua salada, que no es otra cosa que los dos millones de kilómetros cuadrados del Caribe, o el laberinto intrincado de las cárceles de Centro y Norteamérica, en las cuales hay centenares de sanandresanos que ni siquiera han podido notificar a su familia a qué específico enrejado fue que los condujo su osadía. 

La tercera, la del corone, es la vía para la cual están preparados. Nacen  nadadores y navegantes. Luego, el mismo Estado colombiano se encarga del resto, quizá sin intención, pero se encarga. El pénsum de Navegación del Sena Regional parece hecho a la medida de los Chupetas del mundo: Transporte Marítimo, Marinería Básica, Supervivencia Personal, Competencia en el Manejo de Embarcaciones…
La isla tiene muy poco qué ofrecerles. Viven en medio de la quimera del turismo, un paraíso de precios inflados, y   —la verdad sea dicha— un joven de apellido Hooker, Bent o May no está para cargar televisores en la bodega del “Turco”, labor de inmigrantes pañas. Así, terminan lanzándose con determinación a una aventura incierta, de la cual nada  ni nadie los está disuadiendo.

Controlarlos y alinearlos a ellos, que en la vida quieren ir tan rápido como sus lanchas, demanda mucho más que interdicción, extradición y desfile veintejuliero de botas y banderitas.  

(El Tiempo, octubre de 2007)