SITIO OFICIAL DEL PERIODISTA ERNESTO McCAUSLAND

El cosmonauta de la muerte

Su padre le impuso el nombre de un cosmonauta soviético, quizá pretendiendo que Rory llegara a las alturas de la vida, fuera exitoso, estuviera en las primeras páginas de los periódicos, recibiera la unción bautismal de un brillante porvenir.

Ahora, 34 años después, Rory Conde está en esas primeras planas, pero no como su padre hubiera querido. Lo está por el múltiple homicidio de prostitutas en Miami, ostentando el ingrato remoquete de “El Asesino de la Calle Ocho”. Ahora Rory es un condenado a muerte en una corte sombría, lejos, tan lejos, de la ancha cuadra del barrio Recreo, con sus ráfagas de viento, su olor a mango maduro, sus verdes jardines, su festivo vecindario.

Eso no les cabe en la cabeza a los vecinos del barrio, donde Rory pasó la mayor parte de su infancia. Claro que Rory era un niño diferente. Eso no lo niegan. Jugaba a la par con todos los niños, pero era exageradamente callado. Alguien me lo resumió: “Había que ser muy amigo de él para que te dirigiera la palabra”.

¿Qué estaba pasando por la cabeza del silencioso Rory? Nadie lo sabe, ni tampoco nadie quiere jugar al sicólogo. En el caso del “Asesino de la Calle 8”, los vecinos prefieren hablar de Rory, el niño que conocieron.

La vida familiar de Rory en Barranquilla había sido accidentada. Su madre, una hermosa dependiente de salón de belleza, hija de un eminente médico de la ciudad y que una vez dejó con la boca abierta al ídolo Pedro Infante, se había casado con el mecánico de aviación Gustavo Conde en medio de una gran oposición familiar.

Primero nació Nelly. Al año, Rory. E inmediatamente la madre volvió a quedar embarazada. No era un embarazo prudente, con dos hijos y recursos limitados. Ella intentó entonces librarse del bebé mediante la inyección de un abortivo. La aguja le produjo un tétano que la llevó a la tumba. Murió muy joven.

Sin recuperarse jamás de la tragedia familiar, el padre emigró a Estados Unidos, buscando mejores ingresos. Los niños quedaron en Barranquilla, bajo la tutela de la abuela paterna. Con el trabajo que consiguió en Nueva York, el padre les giraba recursos a sus hijos. Pero no era suficiente. Los niños vivían con la abuela en un habitación de alquiler, durmiendo sobre colchones en el suelo.

Cuando Rory tenía tres años, la abuela paterna decidió llevárselos a Medellín, la tierra de ella. Fueron a vivir al barrio Antioquia, una zona pesada, llena de rufianes y prostitutas. Allá la vida fue más dura. Residían con un tío abuelo. A los dos años regresaron a Barranquilla, donde siguieron viviendo igual que antes.

Entonces los tíos maternos decidieron apersonarse. Le pidieron la tutela al padre y éste le ordenó a la abuela que los entregara. Así, los niños fueron a vivir a la casa del barrio Recreo, con una pareja de tíos de reconocida probidad en el barrio. Los niños visitaban en las vacaciones a su padre. Regresaban llenos de juguetes, pero regresaban.

Hasta que, en el año 1978, el padre mandó por ellos. Todo parecía resuelto para los pequeños, pero era un infierno lo que se avecinaba.

El padre se había casado, y para ese entonces ya tenía dos hijos, con otra inmigrante de Barranquilla. La madrastra hizo honor al arquetipo de los cuentos de hadas. Los torturaba mental y físicamente. Con frecuencia los botaba de la casa, argumentando que habían llegado a dañarles su tranquilidad.

Varias veces los vecinos llamaron a la policía. Varias veces llegaron radiopatrullas. Era una vida humillante.

Cuando los niños visitaban Barranquilla en los veranos, no querían devolverse. Era tal su arraigo con esta ciudad, que en una ocasión, minutos antes de tomar un vuelo, fingieron estar indispuestos y se devolvieron del aeropuerto.

Con el paso de los años, las visitas se hicieron menos frecuentes, aunque siempre mantuvieron contacto con familiares y amigos. Rory desempeñó varios oficios. Hasta que llegó la noticia, hace cinco años, de que Rory estaba detenido por el múltiple crimen de Tamiami. Dos abogados de la defensa visitaron Barranquilla hace dos años, buscando información de la infancia de Rory. Cualquier dato que pudiera servir para la causa. Aparentemente no sirvió de mucho. Hoy Rory está en la antesala del patíbulo.

A la gente le cuesta creerlo. Corren por la cuadra fresca y amplia del barrio Recreo toda clase de interrogantes. Hay hasta una novia por correspondencia.

Y yo escribí esta columna solamente para preguntarme: ¿Cuánta rabia menos habría en el corazón de Rory Conde si jamás se hubiese ido de Barranquilla? 

(El Heraldo, marzo de 2000)