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El acróstico de la heroína

Hasta el programa de televisión 60 Minutes, que por lo general prefiere sus propios temas, se ocupó esta semana del documental inglés Drug Run, el cual desnuda escabrosos detalles del tráfico de heroína desde Colombia. En su primera emisión de junio, 60 Minutes —el periodístico de mayor sintonía en los Estados Unidos— le dedicó su segmento inicial al crudo reportaje, que registra la jornada de una “mula” colombiana desde que se traga la droga hasta que pasa por la aduana en Londres. En los últimos cuatro meses, las palabras “heroína” y “Colombia” han estado juntas en las primeras páginas de los tres diarios más influyentes de los Estados Unidos: New York Times, Washington Post y Los Ángeles Times. ¡Todo un honor!

En el parque nacional Los Picachos, cerca a Neiva, el campesino Eduardo Díaz tiene dos mujeres, seis hijos y tres hectáreas de amapola. Díaz invierte en insumos 200 mil pesos semestrales por hectárea. Esa hectárea le produce en el mismo período unos 12,5 kilos de mancha, sustancia pastosa que es la base de la heroína. Los narcotraficantes “entoyotados” que llegan los viernes le pagan 4.500.000 de pesos en efectivo por esa cantidad. En total: una inversión de 600.000 pesos, que produce en medio año $13.500.000. “Es cien veces más rentable que el maíz”, apunta Díaz. En cinco años, el hectareaje de amapola en Colombia ha ido de cero a 30.000. La ventaja de la amapola colombiana es notoria: rinde tres veces más que la asiática.

Reclutar una “mula” es todo un arte, que se inicia a las puertas de hospitales, juzgados o cualquier otro lugar donde pululen almas urgidas de dinero. “Sabemos aprovecharnos de la necesidad”, anota un reclutador. Una “mula” puede llevar en el estómago 60 paquetes de heroína, por lo cual recibe 20 millones de pesos. Como las aeromozas tienen la obligación de denunciar a los pasajeros que rechazan la comida en los vuelos, las “mulas” han optado por simular que comen, meterse la comida en los bolsillos y luego arrojarla en el baño del avión. Si una de las pequeñas cápsulas estallara dentro del sistema digestivo, la muerte por sobredosis sería inminente. El método de la heroína en el estómago es casi infalible, a prueba de perros y máquinas de rayos X.

Oscuros y discretos personajes, poco visibles para las autoridades, controlan hoy día el tráfico de heroína desde Colombia. Ya no son grandes y complejos carteles, sino “minitraquetos” que han optado por vivir sin llamar la atención, y asociarse para uno o dos negocios, en lo que se conoce como Pax Mafiosi. Pero fue el gran cartel de Cali, mucho antes de que la ley comenzara a perseguirlo, el que forjó la heroína colombiana. Hace cinco años José Santacruz trajo a los mejores “cocineros” de Pakistán para que enseñaran a los colombianos a producir. Dicho ejemplo de cooperación internacional ha resultado hoy día en un negocio mejor que la coca: la heroína es mucho más fácil de sembrar, producir y transportar. ¡Y vale diez veces más!

Inyectada al torrente sanguíneo era la única forma de consumir heroína hasta hace unos años. Pero la colombiana irrumpió con tal grado de pureza, que ahora en los Estados Unidos la “H” se puede fumar o pasar por la nariz. Erradicada la jeringa, que tanta resistencia producía entre las clases media o alta, la heroína ha llegado a un mercado mucho más amplio. En seis años, los norteamericanos han aumentado de 350.000 a 600.000 consumidores, y el precio ha bajado de 280.000 a 80.000 dólares el kilo. Es la hábil estrategia de penetración de los traficantes colombianos, que parecen asesorados por el economista Adam Smith, padre del mercado libre.  En un medio salvaje, las leyes de la economía se han comportado como alumnos aplicados.

No hay calvario peor para los heroinómanos que la abstinencia: insoportables dolores musculares, tembladera, vómitos. Así lo mostró hace poco una de las películas más realistas de la época: Trainspotting, que cuenta la historia desde la perspectiva de Renton, un joven adicto. Renton llega a meterse de cabeza en el “inodoro más puerco de Escocia” en pos de una bolsa de heroína. “Yo escogí no escoger la vida”, dice Renton. “¿Para qué hacerlo, si tengo heroína?”. En los Estados Unidos el gobierno ha intentado controlar el problema regalando metadona, otro derivado del opio que apacigua la adicción. Pero en muchos casos la cura ha resultado peor que la enfermedad: los adictos venden la metadona para comprar heroína.

Aunque países desarrollados como los Estados Unidos y Holanda ostentan el honor de ser los mayores consumidores de heroína en el mundo, no hay que olvidarse de las calles de Colombia, que, al igual que Caracortada, está cometiendo el pecado mortal de consumir su propio producto. Aunque no hay estadísticas confiables, se sabe que el año pasado ingresaron 12 pacientes con sobredosis a urgencias del Hospital de Kennedy, algo que jamás se había presentado: El “metro” de heroína se consigue hoy en las calles por $40.000, mientras que hace dos años costaba $60.000. Lo dice Pocho, un adicto criollo: “En Colombia antes nadie le jalaba a la ‘H’”. Un tatuaje descuella en su brazo agujereado: “Orgulloso de ser colombiano”, dice. 

(Cambio, junio de 1977)