SITIO OFICIAL DEL PERIODISTA ERNESTO McCAUSLAND

Pecueca

1Son casi las siete de la noche, la hora en que el viento ya ha resucitado en Cartagena. Me hallo a la espera eterna de grabar un programa de televisión, a media cuadra de la plazoleta de San Diego. Hay varios vecinos curioseando entre las luces brillantes de la producción. Los percibo como a fantasmas que extrañan el resplandor tenue de las antorchas.

Siempre me han inspirado curiosidad. Como insólitas dinastías de clase media, ellos, y sus prolijas ascendencias familiares, llevan siglos viviendo en la ciudad amurallada. En los últimos quince años, han comenzado a desfilar ante sus ojos gruesas sumas de dinero con las que jamás habían soñado. Los multimillonarios de Colombia les han hecho ofertas que la mayoría de ellos simplemente no ha resistido. Casas que venían costando veinte millones, ahora cuestan ochocientos. Casi todos han cedido. Pero también ha habido una línea dura: esa que considera que ningún dinero del mundo los saca de su corral; que no van a vender la casa de los bisabuelos, con nueve habitaciones y techos de cuatro metros, para irse a apiñar en un apartamento de La Castellana. Son una minoría. Pero ahí están, desfilando como ánimas pobres en ese mundillo de ricos, de gente cosmopolita que atraviesa las callejuelas en camionetas Toyota, como tanques de guerra, mientras ellos viven una cotidianidad distinta, los niños, el colegio, la plata pa’l recibo de la luz. Son dos mundos, conviviendo sin matarse, pero armados de mutua indiferencia.

Uno de ellos se me acerca. “Macaula”, me dice, “¿ya oíste hablar del Pecueca?”.

Me invade el pálpito infalible de que una gran historia toca a mi puerta. Aquel cartagenero de la segunda edad, con aire de profesor de bachillerato y que carga a una niña de seis años, ya tiene toda mi atención.

Antes de contarme del Pecueca, me hace una semblanza del sector. Me señala los caserones y va elaborando al ritmo de las erres golpeadas: “Doña Blasina, la de aquella casa blanca, vendió por 600 millones hace dos años; la abuela del Papi, que es la de la casa que está ahí a la vuelta, aguantó por varios años, pero terminó vendiéndole al hotel; la de mi abuela es esa que está allá, la de la esquina; tampoco quería vender, pero ya le tocó; el 19 nos mudamos...”

En la otra cuadra, sobre la calle del Torno, están las dos casas de citas. Como si alguien hubiera querido sepultar las memorias prohibidas, ambas tienen sus ventanas clausuradas con ladrillos y mezcla de cemento. Mi interlocutor me cuenta que la primera se vendió rápido y que la segunda tenía una clientela tan abundante y tan acreditada que su dueña se rehusó por varios años. Pero la sensación de gallina en corral ajeno se fue haciendo más intensa cada día y Berta terminó marchándose con sus putas para otra parte.

Pecueca, palabra que en el Caribe colombiano se emplea para denominar el mal olor en los pies, no le debe su aromoso remoquete a la falta de talco. Nadie por allí parece saber su nombre cristiano, pero lo cierto es que desde niño solía untarse sus manos con semilla de guama y ese olor le dio derecho a la institución sagrada del barrio caribeño: el sobrenombre.

Cuando a su abuela le hicieron una oferta irresistible por el inmenso caserón que había albergado a nueve generaciones, Pecueca intentó oponerse. Pero la familia lo derrotó y la casa terminó en manos de un galerista bogotano; un personaje afeminado que se acuesta en Nueva York, amanece en París, almuerza en Bruselas y  duerme la siesta en Cartagena. La familia de Pecueca se fue para una urbanización de casas repetidas y estrechas. Pero él no se quiso ir. Pecueca se quedó en San Diego, sentado frente a la casa, bebiéndose una botella de ron Tres Esquinas tras otra, contemplándola fijamente como una alucinación, cruzando retahílas a gritos por igual con los tatarabuelos muertos y con los vecinos vivos.

No hubo poder que lo convenciera de aquel suicidio lento y mojado. A Pecueca lo hallaron muerto una madrugada, una botella vacía a su lado y sus ojos aún fijos en  los tres pisos de su desgracia.

Llaman de la producción. Estamos listos para grabar. Me toca salir corriendo, apenas con un apretón de manos para el profesor que me ha propinado el nocaut de una apasionante historia. En medio de la prisa, logro un atisbo hacia el caserón de Pecueca, del que brota intensa la luz de las antorchas. 

(El Heraldo, noviembre del 2007)