SITIO OFICIAL DEL PERIODISTA ERNESTO McCAUSLAND

Júbiz y el DAS

Ahora sabemos, por las más recientes noticias, que del DAS podíamos esperar cualquier cosa: que los oscuros funcionarios de esa división estatal, sin Dios ni tiempo ni funciones claras, fueron capaces —en el reciente pasado y en el no tan reciente— de chuzar, vender, alterar, perjurar, entregar, señalar y conjugar los más macabros verbos del breviario del horror nacional.

Alberto Júbiz Hazbún siempre lo supo. Se cansó de decirlo, como tantas otras cosas que dijo: algunas de ellas —como el pequeño detalle de que era víctima de un falso positivo— se las terminaron creyendo. Otras, como las relacionadas con el DAS, quedaron borrosas para siempre, percibidas como las frases de un tipo que podía ser inocente, pero tampoco del todo cuerdo.

Ahora que Júbiz es uno de los integrantes ilustres de ese panteón de fantasmas que flotan entre las sombras del asesinato del líder liberal Luis Carlos Galán, y que además sabemos con toda certeza que en el DAS podía suceder cualquier cosa, la verdad se asoma tímidamente, como los hipopótamos en los jagüeyes de la hacienda Nápoles.

A Júbiz lo visité en 1990 en su sarcófago de la Cárcel La Picota de Bogotá, donde un grupo de oscuros conspiradores pretendían sepultarlo en vida. (Poco antes de su muerte, consecuencia de un infarto, Júbiz diría que si en Colombia hubiera existido la pena de muerte, él habría sido un inocente velado y enterrado.) 

Creí en su inocencia desde el mismísimo momento en que fue presentado ante los medios como “Hubiz Hazboun, la conexión egipcia en el crimen de Galán”. Lo hice por una razón muy sencilla. Porque lo conocía de toda la vida y estaba plenamente de acuerdo con lo que me dijo uno de sus amigotes de juerga poco después de la captura: “¡El turco Júbiz no mata ni con cauchera!”.

Barranquilla había quedado tapizada con sus extravagantes historias: la noche en que un policía lo sorprendió manejando con unos tragos de más y el agente terminó regresando borracho al cuartel; el mediodía en que corrió, cubierto únicamente con una toalla, por la transitada calle 72; sus juegos delirantes en los burdeles de La ceiba, donde Júbiz fue siempre protagonista, ejecutando chilenas con pelotas de papel. Es decir, Júbiz era capaz de cualquier cosa. Jamás de matar a Galán.

Siendo yo un reportero de provincia sin argumento alguno para que me permitieran ingresar a un anexo de máxima seguridad a entrevistar a un hombre contra el cual se urdía una férrea conspiración, ¿cómo demonios logré entrar y con una cámara tan aparatosa que era como un tanque de guerra portátil?

Aún no me explico, pero estoy casi convencido de que se trató de una cadena de errores por parte de hombres que eran tan limitados para conspirar como para custodiar. El juez no firmó, el director de la cárcel tampoco, el jefe de guardianes menos. Y sin embargo cada uno por su lado creyó que el otro había firmado y así se me fueron abriendo las puertas hacia adentro, de la misma manera en que se le fueron abriendo hacia afuera al célebre Matta Ballesteros.

Pasé un día entero grabando con Júbiz, quien compartía pabellón con varios extraditables. Recuerdo uno de ellos, un antioqueño de mirada glacial que a Júbiz le dijo sin pudor alguna delante del visitante: 

—Péguele una degollada a uno de esos coroneles que se le acercan y yo conozco a alguien que lo hará millonario.

Pero Júbiz no estaba pensando en cuellos de oficiales ni mucho menos. Pensaba en su verdad y en manifestar reflexiones que parecían de un desesperado: “¿Por qué Maza Márquez, que es costeño y tiene manera de saber quién soy yo, insiste en señalarme?”, me dijo. 

Ahora que a Maza Márquez lo han llamado a indagatoria por el caso Galán, he vuelto a recordar aquella visita, en especial el empeño de Júbiz Hazbún por señalar al DAS como cómplice en el asesinato. Y recuerdo, sobretodo, algo que Júbiz me confió y que no me permitió grabar: tenía en su poder el número de un arma oficial del DAS que fue empleada en Soacha, en la noche del 18 de agosto de 1989: arma del Estado que disparó contra el caudillo. 

(El Tiempo, junio de 2009)