SITIO OFICIAL DEL PERIODISTA ERNESTO McCAUSLAND

Ágora

A pesar de los nueve grados centígrados, en Atenas es un día caliente: en la capital griega bulle un ánimo de protesta sindical, preludio a una gran crisis que el mundo pronto conocerá. Al menos tres sectores, el educativo, el transportador y el portuario, están efectuando paros y manifestaciones. Incluso, los contratistas del Ministerio de Cultura, que se encargan de operar el acceso a los monumentos más importantes de la humanidad, han decidido suspender labores, dejando a una nube de turistas japoneses con gestos desconcertados en la mismísima entrada a la Acrópolis.

Es como si, de repente, la cuna de la civilización se hubiera convertido en el ataúd del buen ambiente laboral, dejando implícita además la ironía de que la sede de todo conocimiento sofisticado, la piedra sagrada en que se levanta imponente el Partenón, ahora se encuentre aislada por culpa de una huelga.

Los japoneses, cámaras apagadas entre sus manos, lo dicen con sus miradas sin otra manera de expresarlo: algún funcionario griego debería cometer un honroso haraquiri.

Pero, en el ágora de Atenas, uno de los mercados públicos más antiguos de la humanidad, nada se ha sentido. El ruido de las marchas, los pitos, las consignas coreadas, queda fácilmente ahogado entre la alharaca de carniceros, verduleros y vendedores de pescado. Algunos de ellos llevan siglos gritando, a través de sus abuelos, sus bisabuelos, sus tatarabuelos. La propiedad de las colmenas del ágora pasa de generación en generación, también la licencia para gritar: seguramente parte de esa ascendencia daba alaridos ofreciendo las mejores sardinas, mientras Platón y Aristóteles concebían discretamente el pensamiento universal.

Por eso amo los mercados, y los prefiero a cualquier monumento, a cualquier atractivo turístico de una ciudad. Precisamente porque no son un atractivo turístico. No hay allí guías memoriosos, ni almacenes de souvenirs, ni montajes escénicos, ni versiones extremas de la historia. Los amo porque allí todos gritan, no existe el silencio provocado de la ciudad farsa, la quietud sepulcral de edificios, iglesias, estatuas y obras de arte, donde solo se escucha, si acaso, el chasquido discreto de las cámaras. Son la hilación viva de la historia.

De allí que en tantos viajes ejerciendo el periodismo haya terminado huyéndoles a los rebaños de turistas para hallar deleite en la barahúnda de los mercados, lo cual no necesariamente es una conducta segura. Si un turista extraviado termina metiéndose en el Mercado de Bazurto, seguramente encontrará allí una Cartagena más interesante que la de piedra. Brotarán ante sus ojos, en medio de un hedor de aguas podridas, boxeadores trashumantes que aceptan desafíos por monedas de quinientos y que en sus combates desatan una algarabía muy superior a la ya existente. Tendrá a su disposición al Caribe en éxtasis, la memoria viva de los esclavos, siempre y cuando no se le ocurra la mala idea de tomar el giro equivocado e ir a parar a la mala esquina donde lo espera la ley del cuchillo.

El mercado de Atenas ya no es tan auténtico como el de otros tiempos. La Unión Europea lo insufló con aires de contemporaneidad, obligando a los carniceros y a los vendedores de pescado a utilizar camas de hielo para sus productos y a una acción de lavado general tan intensa, que uno camina siempre con los zapatos sumergidos en dos centímetros de agua. No es raro entonces que, así como el riesgo más grande de Bazurto sea terminar champeteado en el vecindario, en el Ágora ateniense una ancianita, toda vestida de negro, vaya directo al piso después de un resbalón.

Pero, a pesar de la llegada de la modernidad obligatoria, nadie ha podido acallar la gritería, como si ellos tuvieran claro que, a pesar de Sócrates, Grecia no siempre es el territorio de la razón y que el que más ruido haga será finalmente el que más pescado venda. La Unión Europea podrá seguir intentando meter al ágora en su redil, y seguramente mucho cambiará. Pero ese mercado, como el resto de Atenas, seguirá siendo un sitio loco y tan caótico, que uno bien podría concluir que Atenas es la Bogotá de Europa. 

(El Tiempo, noviembre de 2009)