SITIO OFICIAL DEL PERIODISTA ERNESTO McCAUSLAND

Regreso a El salado

En el pecho de cada uno de los tres millones de desplazados que hay en Colombia, retumba un corazón que ansía el retorno a la tierra. Pero en el caso de los desplazados de El Salado las circunstancias son excepcionales: la magnitud de la masacre que presenciaron, en aquel funesto febrero del 2000,  resultó marcadamente cruel y salvaje: un auténtico baño de sangre en inmediaciones de los Montes de María.

Me cuenta Jorge Velásquez, el periodista de Caracol que cubrió el retorno anteayer miércoles, que éste resultó emocionante. Ver a un hombre abrir un candado oxidado, entrar a su hogar, reparar en cada detalle, colgar una hamaca y acomodarse suavemente sobre ella, resulta un viaje a la más noble de las pasiones humanas: el regocijo de lo propio.

Las cien familias que emprendieron este retorno lo hicieron contra todas las recomendaciones: la misma Cruz Roja realizó consultas con los actores del conflicto en la zona y éstos no les garantizaron la seguridad. Sin  embargo, Luis Torres Redondo, líder del regreso, me lo explicó claramente el martes:

—Llevamos dos años viviendo en tierra ajena y en circunstancias humillantes: limosneando para sobrevivir, vendiendo rifas y chance, en las peores condiciones de salubridad...

Torres Redondo remata su explicación con una frase contundente, que me llega al fondo del alma:

—Preferimos morir asesinados en nuestra tierra que de hambre en tierra ajena...

Esta frase cobra más importancia cuando uno conoce, de la misma boca de Luis, los detalles de la masacre del 2000: los verdugos jugaron fútbol con las cabezas de sus víctimas.

Personalmente, viví de cerca la masacre de El Salado. Por una coincidencia de la vida, nos encontrábamos en esa zona de los Montes de María, en Ovejas, rodando nuestra segunda película, Siniestro.  Mientras filmábamos en la plaza del pueblo, vimos pasar el funeral simultáneo de cuatro de las víctimas. Pudimos captar el dolor en carne viva, sobre los rostros curtidos de aquellos labriegos, hombres y mujeres.

El regreso a El Salado cuenta con ciertas ventajas. Las cien familias tendrán la comida asegurada por un mes. Además, el gobierno les ha garantizado la compra de 300 hectáreas de tabaco negro, producto insigne de El Salado y el cual tiene fama de ser uno de los mejores que se siembran en Colombia. 

Y en medio de esta apasionante historia de éxodo y rearraigo, una anécdota estremecedora, como pocas he conocido en este oficio de “cazahistorias”: el loro que se salvó de la masacre y en el exilio solía recrear cada mañana el horror, imitando los alaridos desgarradores de las víctimas, los gritos sentenciosos del verdugo.

Así, con este horror que se vive hasta en el canto elemental de un loro, ellos regresaron y ya están allá. Ahora falta que los actores del conflicto pongan de su parte y mucho mas el Estado.  Ojalá la historia de los campesinos que regresaron a su tierra se constituya en paradigma de un nuevo país. Un país en que los desplazados no existan y en que la tierra siempre sea generosa. Un país en que los loros repitan, pero las frases de júbilo. 

(El Heraldo, febrero de 2002)