SITIO OFICIAL DEL PERIODISTA ERNESTO McCAUSLAND

En noches de verbena

Cuando hay verbena se pierden las muchachas y comienzan los padres a buscarlas. Algunos llegarán demasiado tarde. Otros, como Diofante Rolón, tendrán más suerte y lo harán justo a tiempo.

Las campanas de la iglesia andaban locas y dieron cinco tañidos, pero en realidad eran las tres en punto de la madrugada cuando Diofante salió a buscar a su hija adolescente, Antolina. La verbena había estado agitada. A pesar de que se había iniciado muy temprano, a las siete de la noche, aún estaba viva a la hora en que Diofante hizo su entrada con cara de avispero y una linterna en la mano. Deteniéndose apenas lo necesario, hizo un recorrido exhaustivo por la pista principal, revisando una por una a las parejas que bailaban abrazadas bajo las luces multicolores. Algunos reaccionaron furiosos. Ludvic, el hijo del inmigrante checo, estuvo a punto de asestarle un puñetazo, pero se quedó quieto cuando Diofante le mostró una rula de sesenta centímetros y su rostro de indio en pie de guerra. Después de efectuar el minucioso reconocimiento por la pista de afuera, Diofante entró al llamado Oasis del amor, el punto más oscuro de la fiesta. Había un calor infernal. El viejo comenzó a iluminar con su linterna a las parejas que se besaban entre las penumbras.

La verbena inaugural es considerada la mejor del año. Tiene lugar en el arranque de las fiestas patronales. La organizan un grupo de familias de la cuadra aledaña a la quebrada. La calle es cercada con un residuo industrial denominado 'Tapita'e botella', lámina de hojalata que sobra de la fabricación de tapas de bebidas gaseosas. En el frente se levanta el vistoso aviso. Sobre un fondo blanco, en letras fluorescentes rojas y amarillas, es anunciado el nombre de la verbena: “Noche de jaleo”. Dieciocho bombillas de cien bujías delinean el aviso. En el interior se colocan sillas y mesas de madera, focos de colores en el aire y un gigantesco aparato de sonido, con estruendosos bafles. Salsa antillana de ayer y de hoy, ritmos africanos grabados en Europa que ni a África han llegado todavía, merengues a millón y música autóctona de acordeón son los aires molidos por aquel monstruo estridente, cuyos bajos retumban como los latidos de un toro gigante. Por rápido que sea el ritmo, las parejas bailan sin soltarse, apenas moviéndose cadenciosamente sobre el pavimento, el cual aún conserva el calor del último sol de la tarde. A medida que avanza la noche, los cuerpos sudorosos se van buscando más allá de lo permitido en público. Comienza entonces la discreta migración hacia 'El oasis del amor'. 

A las tres de la mañana, cuando Diofante entró allí con su linterna y su machete, el salón oscuro estaba lleno. Como un Diógenes del trópico con su lúbrico objetivo, Diofante seguía alumbrando los rostros a las parejas, ignorando sus reacciones de disgusto. Muchas de las caras eran familiares para él: hijas e hijas de sus amigos, damas y caballeros del pueblo. Había allí verdaderas sorpresas, como la de encontrarse a Aura Rosa Porto, que apenas llevaba tres meses de viudez, entregada a los brazos del nuevo Comandante del puesto de Policía. Diofante fue metiéndose hasta las mismas profundidades de aquella caverna oscura y ya le faltaba muy pocas parejas por revisar.
Para ese entonces Antolina acababa de cumplir dieciséis años. Era delgada y más alta que los muchachos de su misma edad. En nada se parecía a su padre, indio casi puro de la tribu Galapa. Era idéntica a su madre, Lucila Fuentes, una mestiza de piel pálida y expresión taciturna, de quien Antolina había heredado el lunar rosado junto a la boca, sólo que de un lado distinto. Aún sin pintarse, en ropa de diario, la muchacha proyectaba un aire especial de distinción, una especie de carisma monárquico que los más viejos comparaban con el de su bisabuela, Antolina del Carmen Barreto. Llevaba un año enamorada de Giancarlo, el trapecista del circo ambulante, un muchacho de largos cabellos y aire gitano que solía deslumbrar públicos con su espectáculo del trapecio volador. A pesar de que el circo era muy pobre, y de que no había nada extraordinario en el número de Giancarlo, éste poseía una fuerza magnética que cautivaba a los presentes, que siempre terminaban aplaudiéndolo a rabiar. Como casi todas las muchachas del pueblo, Antolina suspiraba por el trapecista y jamás se perdía una función, así tuviera que presenciar una vez más todos los números, con los chistes retrillados de los payasos y el menú eterno de aquel circo de pueblo que muy poco se renovaba. 
En la última noche de agosto, un grupo de treinta campesinos apedreó el circo, movido por una vieja creencia de la región: que los maromeros espantaban el agua. Antolina corrió sin rumbo entre el gentío a esconderse cuando un brazo de gato montuno la haló y la metió en la carpa. Era Giancarlo, que sin decirle palabra la besó, la dejó enamorada y le aseguró que se verían cada tres meses, cuando las giras del circo lo trajeran al pueblo. “Yo no soy muchacha de giras”, le dijo ella. Esa noche, en plena refriega, cayó un torrencial aguacero que dejó sin piso la reacción de los campesinos. Sin embargo, la lluvia llegó demasiado tarde. Los campesinos ya habían reventado la caja de trucos del Mago Cartuchini, herido en la cabeza al fakir Gilberto, que se tragaba cuatro bombillos por función, y, en el peor de los daños, matado a Fermina, la cabra bailarina.
Antolina no pudo resistir la propuesta de Giancarlo: cada tres meses acudía a la cita después de la función, a besarse locamente con el trapecista entre las carpas agujereadas del circo. Esa primera noche de las fiestas patronales, en que Diofante la buscaba con el machete que utiliza para desbrozar seis hectáreas de monte al día, había ido a bailar por primera vez con el misterioso forastero que no la dejaba ni pensar.

Cuando llegan demasiado tarde, y ya su hija es propiedad ajena, los padres intentan envalentonarse, ponerse furiosos, exigir la redención del honor. Pero la verdad es que no hay nada que hacer. Una vez la niña se ha ido con un muchacho, es mejor conciliar. Si matan al ofensor, se irá a la tumba con el honor de su hija. Si le exigen matrimonio, lo más seguro es que él dirá: “Obligado nada”. A lo único que accederá es a darle vivienda y a mantenerla. La noticia se riega rápido: “Fulana se salió con sutano”. La verdad sea dicha: sólo habrá matrimonio cuando al hombre lo quiera. Por lo pronto solamente un informal “se salió”.

Diofante reaccionó con un escándalo cuando la luz de la linterna reveló a su hija enredada en los brazos del trapecista Giancarlo. Aquel infeliz había levantado la faldita de flores de la nena y con sus manos le acariciaba las nalgas. Ella no objetaba las caricias prohibidas y más bien parecía dispuesta a todo. Diofante los separó con el ímpetu de un árbitro de pesos pesados y los dejó a tres metros de distancia. Fijó el rayo de luz en el rostro horrorizado de Giancarlo, que lo miraba desde el suelo, tragando litros de saliva. Se acercó lentamente con el machete arriba. Transcurrieron unos veinte segundos, que para el trapecista parecieron horas. Hasta tuvo tiempo de imaginarse a su propia cabeza rodando por el suelo, los gritos de la gente, la suspensión trágica del baile, el río de sangre. Pero Diofante fue bajando el machete lentamente, como si fuera una grúa, y finalmente depuso su intención. El estruendo de la música no permitía escuchar nada. Diofante le acercó la boca al oído del trapecista y su garganta produjo una especie de bramido destemplado: “Estuviste a punto de sacártela, pero perdiste…”.
Diofante dio media vuelta, se echó a su hija al hombro como un costal de cebollas, y se la llevó a casa, mientras en el baile sonaba la canción final y las parejas comenzaban a decidir el futuro inmediato de aquella noche. Las campanas de la iglesia tañeron seis veces. Ya eran las cuatro.

Cuando los papás llegan a tiempo, hacen lo que hizo Diofante: encerrar a la muchacha hasta que se le pase la enfermedad del amor, el cual tendrá que morir o someterse a los dictámenes del machete. Poquísimas veces se repite la historia de Romeo y Julieta. Padres como Diofante imponen su voluntad sin que haya tragedia de por medio. Hasta que un día aparecerá otro muchacho y tendrán que salir a buscarla de nuevo. Sólo Dios sabe si llegarán a tiempo. O en el peor de los casos, una noche la lechuza pasará por la casa y emitirá su graznido estridente y lúgubre desde el aire, caso en el cual la causa estará perdida. Tal como le ha ocurrido a Piedad Tomase y a tantas, la muchacha habrá quedado embarazada.