SITIO OFICIAL DEL PERIODISTA ERNESTO McCAUSLAND

El atentado

Ese espíritu rebelde tuyo jamás te dejaba en paz. Navegaba por tu sangre como ácido de baterías, danzando en desbocada armonía con tu conciencia, extirpando las señales de vida de tu sensatez, haciendo inquietar a mamá hasta las mismas polleras. Como el día aquel en que la llamó el rector del colegio para decirle que le habías puesto unos cuernos de papel a la estatua de Santander. Recuerdo los ojos desorbitados de la pobre, las zanjas que ya empezaban a surcar su rostro por culpa tuya, las canas resplandecientes. “¡Tu papá debe estar revolcándose en la tumba!”, me dijo frente al espejo, mientras se aplicaba colorete a toda carrera para irse a encarar otro de tus problemas.
Yo era muy niño en esa época para entender lo que estaba sucediendo. Imagínate, ni siquiera había entrado al colegio. ¡Hace tanto tiempo ya! Pero me parece estar viendo la escena de tu regreso a casa ese día, la parqueada del auto, el escándalo callejero mientras tú y mamá atravesaban el antejardín: ella dándote chancletazos y tú riendo a carcajadas. Luego logré escabullirme en tu cuarto de castigo y te pregunté qué había pasado.
“Nada hermanito”, me respondiste. “Que tu hermano mayor le puso al demonio los cuernos que le faltaban…ja ja ja ja ja…”.
¡Qué deleite eras, hermano! Me acuerdo que mamá nos escuchó a través de los calados y volvió a gritar lo de papá en la tumba. Esta vez te pusiste serio y gritaste: “¡Papá estaría orgulloso de mi y tu lo sabes!” Yo lo supe después: papá era inconforme, tal como su primogénito, sólo que él nunca se atrevió a hacer las cosas que tú hiciste. Imagínate, ¡colocarle cuernos al Prócer que le da nombre al colegio! Unos meses después conociste a Bianca, te trastornaste con sus ojos demenciales y sus tetas descomunales. Esas risotadas burlonas te envolvieron como una red de araña. La tal Bianca, con su penetrante olor a sudor de hembra, fue otro acto de rebeldía, pero de tu corazón. Así como eras tú, e fuiste de la casa en pos de ella, hermanito y no volvimos a verte.
Hasta ese día, veintinueve años después, en que te apareciste por la puerta de mi casa con tu facha de extranjero, tu barba de patriarca bíblico, tus bluyines rotos, tu chaleco de aborígenes, tus collares africanos, tus olores a gas de motocicleta y leña de monte. ¡Que bueno fue verte, hermanito! Tus sobrinos, siempre aburridos con los confinamientos de la vida burocrática, te miraban con los ojos iluminados, como si el maldito Mick Jagger se les hubiera aparecido por la puerta.
Había estado lloviendo todo el día, una de esas lluviecitas eternas y frías que ni aprietan ni se acaban. Tanta fue tu insistencia para que subiéramos a la azotea a ver la luna que yo terminé aceptando a pesar de la lluvia.
“¡Quítate ese saco y esa corbata!”, me dijiste. No había luna, pero tanto hablamos que ni nos dimos cuenta. Amelia subió cuando estábamos recordando viejos tiempos y nos vio tan abstraídos en la charla, tan risueños y juveniles, que ni siquiera se atrevió  advertirnos que nos íbamos a resfriar. Incluso les dijo a los escoltas que bajaran, que allá arriba yo estaba más seguro que en la misma sala.
Entonces lo viste y tu asombro saltó como el seguro de un fusil. Te frotaste tus ojos verdes y volviste a enfocarlo como si hubieras visto al mismo demonio.
“¿Qué demonios es eso?”, me preguntaste sin dejar de mirarlo.
Te expliqué que era el nuevo edificio del Banco de la Nación, al que habíamos inaugurado dos semanas atrás con Presidente de la República y tres de sus ministros; te relaté todas las polémicas que se habían desatado por la obra, los argumentos de la Sociedad de Arquitectos en un aviso de prensa de una página, sosteniendo que la mole de mármol gris reñía con el ámbito arquitectónico clásico caribeño; te conté lo de la marcha silenciosa de los estudiantes de Bellas Artes, todos vestidos de blanco y llevando en sus manos pedazos de las casas que habían tumbado para levantar el edificio; en fin, te hice una síntesis de aquella reacción tan ruidosa como infructuosa.
“¡Esperpento!”, proclamaste.
Entonces te surgió la idea de lo que ibas a hacer y recuerdo que yo hasta le hice algunos aportes a la logística de ésta. Pero, carajo hermanito, te lo juro por Dios, jamás pensé que fueras a ejecutarla. Ahora me doy cuenta de lo ingenuo que fui al suponer que aquello no era más que una botadera de corriente entre hermanos. Allá arriba estuvimos hasta que amaneció, y aunque te confieso que la cosa esa que me diste a fumar me dio sueño, no había forma de perderme el encuentro con mi hermano, el rebelde.
Te fuiste como llegaste y dejaste la casa llena de tus olores, tus fantásticos relatos de viajes, tu música de locos y tus risotadas. Sólo duraste dos días, pero los niños lloraron seis. Y, te lo confieso, mi corazón también lloró. 
Escuché la noticia por la radio apenas me desperté, al día siguiente de tu partida. “Acto subversivo contra el nuevo edificio del Banco de la Nación…” Subí corriendo a la azotea y te confieso que disfruté el espectáculo como si me hubieran elegido Presidente.
“¡Mijaaaaaaaaaa, ven a ver lo que hizo este loco!”.
Las averiguaciones iniciales de la Policía revelaron que el autor del atentado había actuado desde el solar enmontado que queda frente al edificio. Allí fue hallada la catapulta rudimentaria elaborada con una puerta vieja y los neumáticos de llanta de tractor. También se encontraron los potes vacíos de pintura y los globos de hule que se te habían reventado en la ejecución del atentado, el cual causó revuelo en una ciudad como ésta, que suele comunicarse en símbolos. El polémico comentarista Polo Moreno dedicó su espacio deportivo de las nueve a los pormenores del atentado, felicitando públicamente al autor y sosteniendo con gran ahínco que aquello no era más que la expresión del alma Caribe contrariada. A las nueve y media, en un avance informativo extra, el noticiero emitió las primeras imágenes. Allí estaba, en la pantalla del televisor, la plomiza fachada del Banco de la Nación salpicada de manchones de colores, los azules, los verdes y los rojos profanando el mármol fino, las estrechas ventanas carcelescas chorreando pintura amarilla. El poeta Justo Pazo, uno de los organizadores de la marcha silenciosa, fue entrevistado y dijo que deberían dejarlo así para siempre. El Gerente del Banco, hablando con seriedad monasterial, mientras chorreaba sudor, exigió que el atentado se investigara hasta sus últimas consecuencias. Yo también tenía un gesto grave cuando me entrevistaron por primera vez, a las diez de la mañana. Llegué al despacho y los periodistas me estaban esperando con las luces y las cámaras encendidas.
“¿Qué opina del atentado a la sede del Banco de la Nación?”, preguntó uno de ellos.
“Es un vil acto de insurrección civil que merece ser investigado hasta sus últimas consecuencias, para que el peso de la ley caiga sobre los culpables…”. Fue todo lo que atiné a decir antes de que los periodistas se dieran por bien servidos.
“Muchas gracias señor Gobernador”, dijo otro de ellos, y luego todos salieron por la enorme puerta labrada del despacho.