SITIO OFICIAL DEL PERIODISTA ERNESTO McCAUSLAND

La loca del barrio, mi última locura

Me gusta la loca. No sé si son sus ojos desorbitados, amarillos como la mazorca biche. O tal vez sea su verba de verdulera, tapizada de procacidades y chismes cerreros. O de pronto es ese aire de independencia que se gasta, esa actitud insolente y montaraz, como cuando revienta de una pedrada el vidrio del City Bank y se va caminando orondamente por la calle, soltando esas carcajadas que se expanden a todos los rincones del barrio. La loca lo sabe muy bien. Los policías ya no se mosquean por ella. ¿Para qué meterla presa, si terminará enloqueciéndolos con la algarabía que armará en su celda y a los dos días el juez la pondrá en libertad con el eterno argumento de su inimputabilidad? “Dizque por puta es que me sacan”, dirá entre carcajadas al salir del cuartelillo. Al día siguiente cambiarán el vidrio, hasta que a ella se le ocurra volver a reventarlo. No alcanzo a establecer en el fondo qué es lo que me ha cautivado de ella, pero, no me da vergüenza confesarlo: ando medio enamorado de la loca del barrio.
Estas vainas siempre comienzan con juegos de borrachos. Eran las once de la noche de un lunes quince, día de pago, y los hermanos Carrascal me habían invitado a una cerveza en la tienda.  Ya íbamos como por la octava ronda cuando comenzó el eterno sainete con el asunto de mis andanzas. Soy dueño de una bien merecida fama de mujeriego. Ellos dicen que he sido extremadamente generoso con esta enorme cosa colgante que Dios me dio. Yo les respondo en serio que hay que condolerse de las mujeres feas y hacerles su buen favor de vez en cuando. Es más, creo firmemente que esa es una de las razones por las que estoy en este mundo. Dicho en cortas y mejores palabras, me monto a la que sea. Hasta a una escoba con faldas. En esas estábamos cuando la loca pasó por la tienda. “A la loca es a la única que no has complacido”, me dijo Cástulo Carrascal, uno de los dos hermanos. “Te apuesto que no eres capaz de agarrarle las tetas”, me retó el otro hermano, Asdrúval. Ellos sabían perfectamente a lo que iban. Sabían que con siete cervezas y media escurriéndose por mi conciencia no iba a ser capaz de resistir el desafío. No sólo porque las frías me alborotan este machote que llevo en el alma, hasta el punto de que una vez levanté a trompadas al monaguillo de la iglesia, sino porque la verdad verdadera, franca y sincera es que la loca del pueblo... no está tan mal.
Es andrajosa, cierto. Lleva encima lo que una vez fue un  esplendoroso traje de novia que hoy no es más que un montón de jirones que se descuelgan por sus huesos largos y sus carnes gruesas. En el barrio es famosa la historia. El vestido fue un regalo de doña Aminta Abud, a quien su marido dejó sola a los cincuenta años para irse a vivir con una jovencita de dieciocho. En un acto que procuró hacer lo más público posible, la vieja sacó del armario aquel vestido sensacional, que con tanto esmero había conservado intacto durante medio siglo de matrimonio, y se lo regaló a la loca, con el propósito de que el viejo Abud la viera todos los días desde su almacén de cachivaches en la avenida del Cuartel. Desde ese instante la loca se puso el vestido y jamás se lo ha vuelto a quitar. Peleó como gato bocarriba el día en que el viejo Abud le pagó a la pandilla de Los Paraco para que se lo quitaran. Al final, tras batirse con ocho sujetos a punta de diente y uña, no se dejó despojar de la única prenda de su vida, pero el encendido forcejeo contribuyó al deterioro del vestido, el cual es hoy una miseria de tul y tafetán, con los exquisitos apliques de guipur convertidos en lamentables vestigios de su antiguo esplendor. Así, entre aquella ruina de ripios e hilachas alcanza a vislumbrarse la apetitosa piel de toda una hembra, que por loca que esté, y por desaforado que sea su comportamiento, nadie puede negarlo: está buena. La loca del barrio está buena.
Así que me dejé embaucar con el reto de mis amigos borrachines. La verdad es que no fue difícil. Las cervezas me masacraron los mecanismos de defensa y cuando me le aproximé a la loca ya la estaba deseando con la furia de un toro embanderillado. Como si yo también estuviera loco, me le abalancé por detrás cuando ella caminaba errante con rumbo a su morada noctámbula del parquecito, y me le prendí de los dos senos enormes. Resultaron ser unos melones duros, sumamente apetecibles.
Ella comenzó a dar chillidos y a brincar como una yegua salvaje, enviándome a diez metros con un empellón de bestia luciferina. Mis amigos se revolcaban de la risa en el suelo y pagaron la apuesta sin hacerse rogar. La plata se fue en las otras seis rondas de cerveza, y a las tres de la mañana, cuando ya el barrio había quedado solitario a merced de los cantos de la lechuza y el sonido lejano de un acordeón, pasó la loca y me advirtió: “Ahora sí te jodiste conmigo, mono mamón”.
No se si lo que ella quiso anunciarme esa noche es lo que me ha estado sucediendo por estos días. Halado contra mi voluntad por una fuerza exterior y misteriosa, he comenzado a buscar a la loca, a seguirla disimuladamente en su recorrido errante por el barrio, a observarla por entre los árboles cuando se quita los harapos de encima y se baña silenciosa y taciturna, acaso hermosa, en las aguas crudas de la fuente del parque. Me he convertido además en su guardián. Cuando los niños le tiran piedras, yo los reprendo enérgicamente, siempre tratando de evitar que me descubran mis motivaciones: “Muchachos déjenla tranquila, que está enferma de la cabeza y puede ser la mamá de ustedes”. El argumento es demoledor. Lo peor de todos es que me cocino en celos cuando la veo por las mañanas al lado de la virgencita, tirándoles besos a los soldados que marchan hacia el cuartel. Así ando ahora. Como un pendejo, medio enamorado de la loca del pueblo.
Razones para no seducirla las hay y de sobra. Razones éticas, por ejemplo. Soy veterinario y algo conozco del respeto al paciente. Hay también razones de simple seguridad personal. Treparse sobre esa loca desaforada debe ser tan peligroso como montar un rinoceronte. Razones de prestigio. En este barrio chismoso, las lenguas no me lo perdonarían. Al contrario, harían añicos mi reputación. Puedo escucharlos desde ya: “Ahí va el gran picaflor, el hombre que se comió a la loca…”.
Este dulce problema, de encoñarme enfermizamente con una mujer, lo había tenido antes. Muchas veces. Algo así sucedió cuando se me dio por enamorarme de una de las novicias del convento, la más inocente de todas, la cándida Sor Cindy; o cuando le mandé el lance a Magola Mieles, que en esa época ya estaba bien solterona, con casi cincuenta años encima. O cuando me obsesioné con Aminta Cerdán, la marimacha y lesbiana, hija mayor del tapicero, y la cual jamás en su vida había probado hombre y a la que tuve que emborrachar con gordolobo para que probara conmigo y hasta le quedó gustando porque me siguió buscando. Con todas ellas, resolví fácilmente el problema. Las atendí y punto. Se me quitó rápido el capricho con Aminta, la lesbiana, cuando le pegué tres revolcadas en su propia cama. Dí cuenta de lo de la monjita cuando me le metí por la ventana de su celda y se quedó paralizada entre las sábanas mientras yo le usurpaba su voto de castidad. Me deshice del asunto de la solterona, cuando se me presentó una tarde en el consultorio para que le examinara a su perrita pequinés y terminó sus días de virgen legendaria allí mismo, en la mesa de examen de mis pacientes, mientras a la perrita se le alcanzaban a escuchar unos aullidos extraños por entre el bozal que le había puesto.
Pero esta vez estoy mal. No entiendo cómo seducir a la loca del pueblo puede estar entre mis planes. Es demasiado. La verdad es que no me voy a atrever. Tendré que conformarme con cuidarla y con acecharla. Quién sabe si hasta me vuelva viejo en este plan. O a lo mejor me la monto. Quién sabe…