SITIO OFICIAL DEL PERIODISTA ERNESTO McCAUSLAND

Donde muere el contrabando

Los viernes llegan los barcos. Atracan en puertos inhóspitos, sin ley ni colchones, guaridas del desierto donde se origina un comercio moribundo al que ya nadie le otorga el privilegio de llamarlo contrabando. Unos 30 desvencijados barcos cubren las rutas de la mercancía, desde Aruba y Panamá hacia el norte de la Guajira, esa zona de Colombia que en los mapas parece un fantasma llorando y en la vida real es un fantasma llorando.

El Tayrona atracó en Puerto Nuevo, dentro de Bahía Portete, en la alta Guajira, con tres días de retraso. Llegó malherido, su casco abollado y sus pitos alborotados, como dando alaridos de dolor. La gente del puerto vio bajar tambaleantes a sus once tripulantes, que estaban pálidos y ojerosos de tanto vomitar. No saludaron a nadie sino que se dirigieron al quiosco de los chinchorros y emprendieron una siesta de veinticuatro horas. El capitán Nemesio Guardo, un negro al que se le blanquearon los cabellos en medio de tantas jornadas marineras, bajó de último y le dijo a Bayo Freyle, el jefe del puerto:
—En mis treinta años de mar jamás me había tocado una tempestad como ésta. 
Con catorce toneladas de televisores a bordo, navegando contra las olas y a merced de los alisios huracanados de marzo, el Tayrona acababa de efectuar en diez días el trayecto Panamá-Bahía Portete, que no debería demorar más de una semana. Olas por encima del mástil vapulearon el barco día y noche, mientras los marineros corrían de un lado para otro, evocaban a sus santos a gritos y les encendían veladoras, que se extinguían casi de inmediato por efecto del ventarrón.
Ya en aquel rudimentario muelle de tablas crujientes, construido a punta de martillo y puntilla, el Tayrona inició su descanso. Aunque parecía que un monstruo marino lo hubiese atacado a tentaculazos, el barco salió bien librado: la semana anterior el Papi Mario debió arrojar por la borda cinco toneladas de televisores Sony de veintiuna pulgadas. El Tayrona, en cambio, llegó con su mercancía completa. Los indios caleteros no respetaron su descanso y se le abalanzaron entonces y a sacar las cajas de sus entrañas. Los camiones esperaban.

Los barcos que llegan de Aruba son los más pequeños. Traen unas 80 toneladas de licores y cigarrillos. Los de Panamá transportan 200 toneladas de electrodomésticos. Este mes, en medio de la peor crisis de la historia, los barcos están llegando con la mitad de su capacidad.

Otilia Uriana, la dueña del restaurante de Puerto Nuevo, está furiosa. Dos prostitutas que llegaron de Riohacha le tomaron en alquiler un par de chinchorros y los utilizaron para ganarse veinte dólares con los marineros. A la mañana siguiente dejaron seis condones usados al pie del chinchorro, y uno de los hijos de Otilia andaba jugando con ellos como si fueran globos de fiesta. La vieja echó a las prostitutas baratas y les pidió que no volvieran. En Puerto Nuevo, un pueblo recién nacido de quince ranchos de paja, no hay espacio para las prostitutas.

En Puerto Nuevo hay unas 200 indígenas que ejercen el oficio de caleteros. Viven en las lomas de los alrededores y se trasladan en bicicletas rumbo al muelle tan pronto ven el barco que se aproxima en el mar. Demoran unas tres horas en el descargue de un barco, por lo cual se ganan cinco mil pesos. Marcos Ibarra, el dueño del muelle, les paga los lunes. Así evita que se emborrachen los fines de semana, como ocurrió antes, cuando los barcos quedaban cargados dos días en el muelle, mientras a los indios se les pasaba la borrachera y el guayabo.

Sucedió el año pasado en el interior de un barco. El disparo quebró el silencio de las seis de la mañana en el muelle. Un marinero se le había acercado sigilosamente por la espalda al maquinista, le había dicho “¡Oye sapo!”, y le había pegado un tiro al lado de la boca. Todo porque el maquinista lo había acusado ante el capitán de haber llevado dos libras de marihuana a Panamá, y el capitán lo había despedido de inmediato. Después de matar, el asesino se bajó del barco y trató de perderse en el desierto.  Marcos Ibarra, que no quiere problemas en su puerto, mandó a los indios caleteros a que lo atraparan. Fue cuestión de minutos para unos aborígenes que conocen cada milimetro del desierto. Hoy el homicida paga condena en la cárcel de Riohacha.
Casi todos los 200 camiones que atraviesan los fines de semana el desierto para cubrir la ruta Bahía Portete-Maicao pertenecen a nativos guajiros. El viaje de cada caravana demora unas seis horas. Antes era más largo porque debía hacerse en horas de la noche a través de las sinuosas trochas del desierto. Pero desde agosto de 1992, cuando los municipios de Uribia, Manaure y Maicao fueron declarados zonas de régimen especial aduanero, los camiones pueden circular a plena luz del día por la carretera destapada que une el Cabo de la Vela con Cuatro Vías, y de allí por la pavimentada hasta Maicao. Cobran doscientos veinte mil pesos por una carga de ocho toneladas de whisky y cigarrillos, y ciento ochenta por una de electrodomésticos. Los encargados de custodiar la mercancía son los llamados “moscas”, hombres  armados hasta los dientes que encabezan y cierran la caravana en sus camionetas Toyota. 

Un domingo de la navidad pasada, la caravana de treinta camiones iba aproximándose a Uribia, a cincuenta kilómetros de Maicao. Los atracadores brotaron del desierto al lado del camión número 14. Los moscas no los vieron. Desde una vieja camioneta, los forajidos apuntaron hacia el chofer y al ayudante, se colgaron de un estribo, entraron en la cabina sin dejar que el camión se detuviera, redujeron al chofer y lo suplantaron al volante. El chofer les dijo:
—Si están creyendo que esto es cigarrillo, les cuento que van enhuesados. Aquí lo que va es puro juguete.
Lo mandaron a callar. Antes de llegar a la población de Uribia sacaron el camión de la carretera y se internaron entre los dividivis, los árboles del desierto. Los moscas alcanzaron a divisarlo mientras se perdía en la distancia entre una nube de polvo rojo. Antes de batirse a tiros con los atracadores en un duelo de mal pronóstico, los moscas prefirieron apurarse a Maicao y avisarle a Iguarán, el dueño del embarque. Iguarán recogió una cuadrilla de policías y fueron a esperar a los atracadores a una trocha de la frontera con Venezuela, el destino fijo de los salteadores del desierto. Hubo tiroteo. Los rufianes lograron escapar. Pero el camión y la mercancía fueron recuperados.

En Maicao llegaron a funcionar mil trescientos almacenes, en su mayoría de inmigrantes libaneses, y mil doscientos colmenas, operadas por colombianos. Hoy no quedan sino novescientos almacenes y ochoscientas colmenas.

Echada en el suelo hirviente del mediodía de Maicao, la india Josefa Uriana vende la contra guajira para evitar desgracias: el palice rojo contra los accidentes, la yacávaca contra las enfermedades intestinales y —la que más salida tiene por estos días— el kasuogu, que parece una arepa de maíz y que se utiliza mezclado con el perfume para el éxito en los negocios. Comerciantes de Maicao se acercan a menudo a comprarle, pero la contra no está dando mucho resultado.
Herido por la caída del bolívar, rematado por la apertura económica colombiana y contrarrematado por las pesquisas oficiales contra el lavado de activos, Maicao es un pueblo moribundo del cual hasta los bancos se fueron; un fantasma maltrecho de las bonanzas del ayer, el punto crítico de una puñalada profunda que nace en los puertos del desierto y muere en la frontera colombovenezolana. Maicao es además el escenario de una paradoja tragicómica: la mercancía está libre de aranceles e impuestos mientras no salga de la zona especial aduanera. Para transportarla hacia Valledupar y Riohacha, y de allí al resto del país, el comprador debe  llenar una factura de nacionalización, pagando al tiempo aranceles e IVA. Algunos lo hacen, pero la mayoría no. Juan Carlos, un ex gendarme de la aduana que ejercer el oficio de “transador”, viaja al mando de un bus que sale casi todas las noches de Maicao, cargado de whisky y cigarrillos. Cada vez que se les atraviesa la autoridad, Juan Carlos recoge dinero entre los dueños de la mercancía y procede a “arreglar” a los agentes. “Es la única manera”, dice “Si nos ponemos a pagar impuestos, el negocio no tiene sentido”. 

En el último mes se fueron de Maicao cuarenta y tres comerciantes libaneses, agobiados por la falta de compradores y la inseguridad. Unos pocos partieron hacia Panamá y otros regresaron al Líbano. Pero la mayoría está en Foz do Iguazú, la ciudad brasileña, en la frontera con Paraguay y Argentina, que se erige como el nuevo emporio de la mercancía en Suramérica.

El niño ciego wayuu camina a tientas por la calle 14 y se aproxima a un grupo de comerciantes que conversan en árabe frente a sus almacenes vacíos. Están comentando los sucesos recientes: la partida del paisano Roy Jawi, quien el día anterior cerró su almacén El Maná y se fue de Maicao con su familia; el asesinato de Mohamed Fares, dueño del almacén Maradona y quien recibió diez balazos cuando se dirigía a Riohacha a consignar trescientos millones de pesos en efectivo; el intento de secuestro de la hija de Oscar Dahrouge, una niña de apenas seis años que fue arrebatada de la mano de sus captores; la construcción de la imponente mezquita musulmana, más grande que cualquiera de las iglesias católicas del pueblo. El niño ciego wayuu, con su mano derecha extendida, se les acerca y les interrumpe la conversación para pedirles una moneda.
—No hay blata— responde Jamal Feris.

El comercio organizado de Maicao le está suplicando al gobierno que tome algunas medidas especiales para salvarle la vida. La más importante de ellas, y al tiempo la menos viable, es que se decrete un IVA y un arancel especial, muy inferior a lo que actualmente exige la ley. Ya el ministro de Hacienda declaró que es imposible. Entonces Maicao, y una tradición contrabandista que se remonta a las épocas en que los indios trocaban sus perlas por ron y armas, está condenada a morirse de muerte natural, en medio de un desierto que a nadie está invitando a quedarse.