SITIO OFICIAL DEL PERIODISTA ERNESTO McCAUSLAND

El Evangelio según el Padre Montoya

El Padre Montoya vivía en otro país, la Colombia ancha y agreste en que las estaciones de gasolina bombean con manivela, los pueblos se duermen con un dueño y amanecen con otro y la divisa nacional es la coca. Esa llanera noción de eternidad y lejanía, definida por los 105 mil kilómetros cuadrados del Vichada, fue su albergue y su tierra durante seis años. Allí, entre pueblos fantasmas y tierras estériles, el Padre convirtió su misión en un proyecto fértil. Allí encontró la razón de su vida y finalmente su muerte, cuando una de esas armas que él tanto combatía obró en contra suya, dejando para siempre su memoria en el aire de las planicies.

1 Soy cura, pero gracias a Dios... de los pobres...

Conocí al sacerdote redentorista Gabriel Fernando Montoya Tamayo en marzo de 2008. De regreso tras una larga expedición al extremo oriental del Vichada, al Parque Nacional Los Tuparros, uno de los vehículos sufrió una avería. Era indispensable un equipo de soldadura y llegamos a la inspección de San Teodoro, un pueblo fibrilante, dos hileras de casuchas espectrales, seres humanos que parecían transparentes entre la arena mostaza que arrastraba el viento. Alguien nos sugirió que acudiéramos a la Misión de La Pascua, no lejos de allí. Al Padre Montoya lo encontramos en la rectoría. Había instalado una antena especial que le permitía entrar a Internet y ahí estaba, sudando a chorros frente al computador, cuando apelamos a su ayuda. Desde luego que tenía equipo de soldadura y hasta un experto soldador. Allí me quedé con el padre y mientras afuera susurraban los disparos del soplete, él habló y habló.

2 Conjugo aquí el Proyecto Misión de La Pascua por una razón sencilla: durante cinco años he tratado de mantener vivo ese proyecto porque sé que la educación es el mejor camino de transformación de la vida de las personas.

Del tamaño de un estadio mediano,  La Misión es un cuadrado enmarcado en  fachadas blancas, aulas, dormitorios, oficinas, capilla, una tienda. Allí recibe educación gratuita un número oscilante de niños indígenas, principalmente de la comunidad guahiba, que conforma la mayoría de los 50 mil habitantes de ese departamento, el tercero menos poblado de Colombia. En los tiempos de la coca el número de alumnos creció ostensiblemente, pero ahora, en plena erradicación de cultivos, los padres de familia se quedaron sin dinero para trasladarlos cinco, seis y hasta siete horas desde los puntos más remotos del departamento, por lo que el número de internos, el día en que conocí al Padre Montoya, andaba por los 120. Eso le inquietaba, me lo dijo desde el principio. Pero su mayor preocupación era el Vichada mismo, el calamitoso desenvolvimiento de su historia reciente. Más que  un teórico de la palabra, era un hombre de historias. Narraba con pasmosa sencillez esos atroces sucesos que definían su vecindario infinito.

3  Los indígenas no son fáciles de comprender y por eso los admiro. Contar su historia, saber cómo viven y en qué condiciones están, es una de mis obligaciones...

De boca del Padre supe que la coca se había masificado hacía veinte años, que los raspachines ganaban entre 40 y 50 mil pesos diarios, que la zona se había llenado de forasteros que traían entre sus narices el aroma del dinero fácil, que los pueblos se habían convertidos en prostíbulos y cantinas, que con una de esas piedrecillas, blancas y brillantes, podía comprarse un mercado básico. Supe también que en un principio un guerrillero apodado Narices controlaba la zona. Pero en 1998 irrumpió la cruzada paramilitar y Narices se fue para la eternidad. El negocio, entonces, cambio de manos. Los nuevos dueños pasaron a cobrar el gramaje, a usurpar las tierras, a controlar los planchones de miedo, elaborados con tablas y canecas vacías y que eran cruciales para el paso de la mercancía. Montoya me contó que la disputa del llano, entre Miguel Arroyave y Martín Llanos, se vivió en San Teodoro como en ningún otro lado y que a sangre y fuego el mando cambiaba cada mes. En una ocasión un grupo de hombres armados encañonó al Padre y lo condujo a una sombría casa del pueblo. Allí lo esperaba el jefe, sonriente y zalamero,  para pedirle que oficiara una misa en su honor.

4 En la coca trabajaba prácticamente toda la familia indígena. En época escolar sus hijos eran mis alumnos, pero en vacaciones la mayoría se convertían en raspachines.

En cierta ocasión el Padre vio una misteriosa camioneta junto a la puerta del colegio, rodeada de alumnos. Con el mismo ímpetu de Cristo ante los mercaderes del templo, acudió a averiguar. Pronto se dio cuenta de que eran paramilitares y que les habían prestado sus armas a los niños, los cuáles fingían disparar con ellas. El Padre increpó: "¡Hagan lo que quieran con su pueblo, pero a los niños me los respetan!”. Sorprendidos, los hombres se fueron.

5 En una lucha de intereses por la tierra siempre ganan los mismos: los dueños del poder.

Y se desmovilizaron los paramilitares. Y llegó el Estado a erradicar y a prometer lo incumplible. E irrumpieron también los mercaderes de tierras, políticos avivatos, los ricos de la otra nación. Y los pueblos quedaron solos y los indios más pobres que nunca, reducidos a su tierra incierta y a la yuca brava. El antiguo cuartel paramilitar, el mejor local de San Teodoro, con sus espléndidas paredes amachimbradas, pasó a ser el centro de operaciones de la Policía en la nueva era.

6 Hoy por hoy la región quedó sumida en la miseria. La esperanza de una posible rehabilitación no parece estar entre los planes del gobierno. Hubo créditos para sustitución, pero muchos de esos dineros se fueron en una moto, el saldo en una juerga.

El lunes 16 de marzo, ya entrando la noche,  el Padre Montoya recibió de su secretaria 280 mil pesos en efectivo, producto de la venta del día de la pequeña tienda de La Misión. Luego acudió a la rectoría, allí mismo, donde tantas cosas me había contado. Estaba con su colega Jesús Jiménez, quien se aprestaba a recibirle el cargo. En efecto, después de seis años, el Padre culminaba su misión y se preparaba a retomar sus estudios. Un hombre de  treinta años, hijo de un indígena con una mujer blanca, irrumpió para apropiarse del dinero. Llevaba un revólver con el número de serial borrado. ¿Qué pasó allí? Jamás se sabrá a ciencia cierta, pero puedo adivinarlo como si lo estuviera presenciando. Viendo allí a su antiguo alumno con un arma en la mano, el Padre Montoya trató de disuadirlo con la palabra. Antes que obedecer, como seguramente tantas veces había obedecido en el pasado, el muchacho le disparó un tiro a cada uno de los sacerdotes. Fue la gran ironía: lo que no hicieron las armas de la coca, terminó haciéndolo uno de esos a los que él creía educados. La crucifixión del Padre Montoya fue un tiro en el pómulo.

7 Sé que puedo ser considerado un simple romántico, pero es preciso que la nueva generación de vichadenses entienda que hay un poder posible y que éste sólo se logra con la educación: el poder político. No obstante, por ahora sólo se puede predicar lo que parece ser el nuevo lema: "Vichada, para los que tengan plata..."