SITIO OFICIAL DEL PERIODISTA ERNESTO McCAUSLAND

El hotel Americano: leyenda del jet set en manos de un celador

Una noche de marzo de 1984 los vidrios de los amplios ventanales que dan a la playa se desprendieron y volaron por los aires, cruzaron algunos de los salones del Hotel Americano -oscuro y abandonado como un enorme castillo medieval-, y se reventaron en mil pedazos contra las paredes del lobbie, en medio de estentóreos sonidos y la angustia de los doce moradores. Pedro Garrido Chamorro, el celador, se levantó asustado a ver lo que había sucedido.
El fuerte ventarrón comenzaba a calmarse.
El hombre de 59 años contempló los vidrios regados en el suelo, al tiempo que se rascaba la cabeza. “Menos mal que no había huéspedes”, pensó.
Los huéspedes se fueron hace más de siete años. El 10 de abril de 1977, cuando la firma hotelera arrendataria —agobiada por las deudas, la deficiente administración y la mala suerte— se dio por vencida y le cerró a Cartagena lo que fue en una época su mejor hotel. El de las cinco estrellas. La “vedette” de las playas. El coloso de la Avenida San Martín.
El Hotel Americano fue escogido en una ocasión para ser el epicentro de la fulgurante presencia de las beldades colombianas del Reinado de Belleza. Un lugar lleno de curiosos, gallinazos profesionales, periodistas entrometidos, cadetes con sus mejores uniformes y ricachones extranjeros tratando de explicarse lo que sucedía.
Hoy el Hotel Americano es como un gigante envejecido por la fuerza, abandonado a la brisa oxidante del mar y objeto de severas acusaciones por parte de la Alcaldía de Cartagena.  “Se encuentra en absoluto abandono por parte de sus propietarios y es tal el deterioro que amenaza ruina, generando peligro para los transeúntes y las personas que lo habitan y además se ha convertido en el hospedaje de delincuentes en perjuicio notorio para esa zona”. Así dice parte del decreto mediante el cual el Alcalde Hans Gerdts Martínez, quien a principios de los sesenta le instaló las redes eléctricas al hotel, expropió la vieja edificación la semana pasada.
“Todo eso es mentira”, su celador apunta.“El hotel en esas condiciones es una vergüenza”, contrapuntea un conocido profesional cartagenero muy vinculado al Reinado de Belleza.
“Esto es un tesoro”, su celador repunta. Y agrega: “Todo lo que se ha dicho sobre el hotel es falso. Es falso que yo alquilo los cuartos a las parejas. Es falso que el hotel es una guarida de ladrones. Y es falso que está a punto de derrumbarse…”.
Garrido Chamorro, oriundo de San Marcos, Sucre, terminó cuidando esa mole de cemento, luego de recorrer la Región Caribe de trabajo en trabajo. “Por esas cosas de la vida” se empleó con don Vicente Gallo, quien terminó siendo dueño del hotel cuando aún estaba en obra negra.
La construcción del Hotel Americano fue iniciada en 1959 por la firma Obregón & Valenzuela, que había sido contratada por la entonces propietaria Casino Turístico Ltda., del empresario José Carlos Barbieri. La primera etapa de la obra consistía en el ala correspondiente al enorme Casino al bar El Iguano y las oficinas administrativas. Obregón & Valenzuela alcanzó a entregar esa parte de la obra antes de que ocurriera la debacle. Casino Turístico Ltda. se quedó sin recursos y terminó entregándole el hotel a la firma que le había financiado la obra: la Nassau Atlantic International Finance Limited, de propiedad de la familia Gallo. La Nassau recibió el hotel, pero decidió entregárselo de vuelta a Casino Turístico para que, en calidad de arrendatario, lo administrara.
Con 10 pisos, 70 habitaciones, un área total de 3.600 metros cuadrados, dos comedores, un lujoso casino, un bar y el opulento Grill Carrusell, el Hotel Americano entró a funcionar a mediados de 1964. Era un imponente edificio que por su ubicación  —Avenida San Martín con calle sexta— se constituía en punto céntrico de Cartagena, que se modernizaba ágilmente. El enorme letrero, situado en la cúspide de la edificación, descollaba en el cielo cartagenero. Contaba con su playa privada, a la cual se llegaba atravesando un bien cuidado césped lleno de palmeras. Era el sitio frecuentado por la élite cartagenera y turística, con su enorme casino lleno de mesas copadas de jugadores y un grill que era el sitio de moda. En fin, el Hotel Americano arrancó bien. No tuvo problemas al principio. Se constituyó en lo que debía constituirse: uno de los mejores hoteles de Cartagena, en cerrada competencia con el Hotel Caribe.
Transcurrieron unos años y las cosas empezaron a complicarse. Los arrendatarios, que le pagaban 90 mil pesos mensuales a la Nassau Atlantic, se atrasaban tres y cuatro meses. Los pagos al Municipio por concepto de catastro también se atrasaban. Las deudas se acumulaban. 
Unos atribuyen los problemas a la mala administración. Otros a la fuerte competencia hotelera que sobrevino en Cartagena en los años setenta. Y hay quienes dicen que solo fue mala suerte. El hotel fue decayendo, sus huéspedes a abandonarlo, hasta que el diez de abril de 1977 fue cerrado del todo. Unos días más tarde se produjo un embargo y todos los muebles del hotel fueron sacados y utilizados para pagar las deudas.
La Nassau Atlantic asumió el control del hotel. Pedro Garrido Chamorro, quien trabajaba para don Vicente Gallo, el propietario de la Nassau, fue trasladado a celar el hotel y allí está desde entonces.
Poco queda de los buenos días del hotel. Las paredes exteriores presentan un aspecto lúgubre que se complementa con dos o tres palomas de la paz casi borradas. La salida a la playa fue taponada con láminas de zinc, unas de brillante color plateado, otras oxidadas. Las palmeras están todavía allí. El césped ya no es tal. Hay malezas.
Del otro lado, bajo los ventanales de donde se desprendieron los vidrios aquella noche de marzo, un vendedor ambulante de papas fritas va sacando su carrito y se prepara para la jornada diaria.
La familia del celador vive en las habitaciones del cuarto piso. Las paredes que antes ostentaban sobrios colores, están llenas de afiches de deportistas, astros de la música y festivales, en los cuartos de los hermanos Garrido. Lo que fue la recepción es hoy la sala de la familia. Allí hay unos muebles nuevos, un pequeño televisor y cuatro mecedoras. Más allá, a unos pasos donde todavía hay avisos que dicen “No aceptamos cheques” y “Hora de salida: 3 p.m.”, está la máquina de coser de Diocelina de Garrido, la nortesantandereana, esposa del celador, que se dedica a la modistería. Una dama elegantemente vestida termina de hablar con doña Diocelina y se marcha, su mente concentrada en el vestido nuevo. “Esa señora vive frente a la casa del Alcalde”, apunta la modista. “No me explico por qué dicen que esto es una cueva de ladrones y prostitutas. Todos mis clientes son por el estilo”.
El casino, oscuro y enorme, no conserva nada de los elementos que deleitaron a los high rollers. Sus ventanales tapados con largas tablas de madera, el casino sirve hoy como galería de tiro para el celador y sus hijos, que hace pocas semanas compraron revólver y escopeta nueva. El celador sostiene que el Hotel Americano no se va a derrumbar. “Lo único que tiene problemas es la madera, que en su mayoría está podrida”, dice Garrido Chamorro. “La parte de cemento está muy bien”.
No mucho sucede hoy día en el Hotel Americano. Solo la vida sencilla y humilde del celador y su familia. No obstante, las cuentas de luz nunca bajan de 45 mil pesos. La de agua asciende a la misma cantidad. La firma Nassau Atlantic paga casi un millón de pesos anuales por concepto del impuesto de catastro.
“Pagamos cumplidamente”, dice don Tulio Tirado, el abogado que representa en Cartagena a don Vicente Gallo. Don Tulio sostiene que el señor Gallo trató de negociar en repetidas ocasiones el hotel pero la oferta nunca fue lo suficiente. Y agrega que se sorprendió mucho cuando leyó en los periódicos que el Hotel Americano había sido declarado de utilidad pública. “A nosotros no nos notificaron”, dice.
¿Qué va a pasar con el Hotel Americano? “No sabemos”, dice el Alcalde Hans Gerdts Martínez. “Hay varias ofertas. Lo primero que tenemos que hacer es esperar un avalúo para cancelarle a Nassau Atlantic lo que le corresponde. Después veremos a quién se lo vendemos”.
El celador, que tiene una hija graduada en Hotelería y Turismo, dice: “Espero que todo se resuelva pronto. Y espero que a mi hija le den un buen empleo”. Mientras tanto, la vigorosa brisa del mar sopla con ruidos contra las paredes del Hotel Americano, que se mantiene allí, estático, como un gigante musculoso abatido por la mala suerte y por los infortunios.