SITIO OFICIAL DEL PERIODISTA ERNESTO McCAUSLAND

Los Joe que yo conocí

A lo largo de 27 años de periodismo y amistad, conocí a muchos Joes, como si dentro de un sólo hombre conviviera y revoloteara un enjambre de espíritus, unos angelicales, otros demoníacos. Al primero de ellos lo abordé en 1984, en el llamado castillo de Boyé, barrio Abajo de Barranquilla. El músico acababa de pasar por uno de esos momentos que sólo eran posibles en su vida, un instante en que parecía haber bajado a los infiernos y de un momento a otro había terminado bañado en gloria.
Ya se ha contado lo suficiente de la primera parte de aquel crucial capítulo, que había transcurrido entre el día de las brujas de 1983 y este carnaval de 1984. Joe Arroyo —como si su marca de nacimiento fuera la supervivencia— había escapado a las volandas de una gravísima crisis de hipertiroidismo, en el Hospital Universitario de Cartagena, reemplazando con creces a Oscar de León en una caseta de Barranquilla. De aquellos momentos había surgido una de sus más vibrantes composiciones, Tumbatecho, que el artista llevó a su presentación en el Festival de Orquestas. Tan delgado que se hacía irreconocible, muy distinto a aquel mulato corpulento que había adquirido celebridad con Fruko y sus Tesos, Joe Arroyo cantó con su voz intacta, logrando llevar al público a un estado de paroxismo sin precedentes en la historia del evento. Joe era en ese instante un canario lastimado, huesudo y sin lustre en sus plumas, que lograba sacar de adentro el trino majestuoso de siempre. Eso le valió el tercer congo de oro de su vida y el primero con su propia orquesta, La Verdad.
Al día siguiente, por la tarde, todavía en pleno carnaval, salí a buscarlo por una Barranquilla que ya comenzaba a aplacarse de su frenesí carnavalero. No recuerdo cómo fui a dar al famoso castillo, que en realidad era una casa ruinosa y de pisos mugres, en la que no había un solo mueble. Alguien me había informado que Joe vivía allí. El artista, proclive a la reclusión, salió y me atendió. Firmó un autógrafo para los lectores de EL HERALDO y dijo sentirse agradecido por el respaldo del público en el Coliseo Cubierto Humberto Perea. Luego lo vi caminar lentamente, con la majestad de un rey, a su ruinoso castillo.
Años más tarde, en una de muchas conversaciones que sostuvimos, ya en su cómodo y refrigerado caserón de la carrera 38, —su verdadero palacio— Joe Arroyo me relataría un cuento fabuloso del castillo de Boyé, la vivienda de los años bohemios, epicentro de bacanales memorables. Contó Joe que en cierta ocasión transcurría allí un fiestón, con la presencia de grandes figuras de la música. Recuerdo que citó varios nombres célebres que para la época ya debían estar muertos, incluyendo a Ismael Rivera. Pero Joe Arroyo no era precisamente un dechado en rigor histórico. Su mente le daba para todo y lo esencial del cuento —pude comprobar después— era cierto. En lo mejor de la rumba, la cual transcurría en medio de una densa nube de humo oscuro, alguien desde la ventana vio una patrulla de la policía estacionada y a un par de agentes que caminaban directo hacia la casa. Un “campanero” dio la alarma y todos los presentes salieron huyendo hacia el patio, volándose la paredilla y desapareciendo del lugar. Sólo quedó allí la dueña de la casa. Desde la ventana, ella atendió a los policías con expresión inocente y casi estalla en risas cuando los escuchó decirle:
—Doña, ¿nos regala una jarra con agua para el radiador de la patrulla?
Joe contaba la historia con esa risa burlona que le era inherente, como si no se acostumbrara nunca a los extraordinarios sucesos de su propia vida: los tiempos en que durante el día era el niño prodigio que hacía solos en la coral de la Catedral de Cartagena, mientras que por la noche entonaba boleros y sones en los prostíbulos de Tesca, hasta que el profesor de química del colegio, conocido como El meteorito, acudió a uno de esos antros y lo sorprendió en el escenario; o —muchos años más tarde— la grabación del video de Homenaje a Irene Martínez, ya después de tantos Congos y Supercongos, el instante fatídico en que el Joe se negó a ponerse unos lentes de contacto de ultratumba en los que Sony Music había gastado mucho dinero para la caracterización de hombre lobo. (“¡Con una mirada bien cabrona resolvemos”, decía Joe mientras los productores intentaban convencerlo de que no desechara la costosa pieza de maquillaje.)
Resumir la vida de Joe Arroyo en cualquier obra literaria o televisiva será siempre una tarea difícil. Quizá haya vidas más simples, más sintetizables, que no marquen tan categóricamente la diferencia entre lo que se puede y no se puede contar, entre la paradoja de aquella humarada sin fin y la elocuente devoción cristiana; entre la calidez de la amistad sincera y sus súbitos afanes de confinamiento. Los 55 años que vivió Joe Arroyo, desde los tiempos en que hacía resonar su voz sublime en el tanque con el que cargaba agua en el pozo comunal del barrio Nariño, hasta su misma muerte, que no fue sino una última triste verdad en medio de una ola de viejas falsas noticias, fueron intensos. Pero el desparpajo jamás lo perdió, ni siquiera cuando regresó a su casa después de una de sus últimas hospitalizaciones y se refirió a su falso fallecimiento, uno de muchos ‘blackberrycidios’:
—Cuando me muera les pongo un pin.
De allí que es plenamente posible que —desde donde nos observa llorarlo— Joe mantenga su silenciosa risa sarcástica. En mi memoria quedan todos esos Joes: el que ensayaba desafiante con la insólita decisión que había tomado, de hacer un cover de la balada Bella sin alma, de Ricardo Cocciante; el que lloraba con sollozos de niño luego del horrendo atraco a que fue sometido en su propia casa, junto a su familia; el que hacía equilibrio en una canoa del río Magdalena, mientras cantaba su chandé jubiloso Llanto ven, llanto va; el que escribía canciones con letra de colegial, en una libreta rayada, alternando con pequeños tragos de vino, a la hora de la madrugada en que el resto del mundo perdía el tiempo durmiendo.
Era su versatilidad, la misma que conocimos en su música, esa que lo llevaba a componer igual un cumbión de alabanza que una salsa de insurrección de negritudes. Eran las múltiples maneras de expresarse de un solo ser integral: un tipo grandioso, de esos que sólo nacen una vez. Un hombre que, al irse ahora de verdad, y sin que todavía nos haya puesto aquel pin, parece haber empezado a vivir de verdad.