SITIO OFICIAL DEL PERIODISTA ERNESTO McCAUSLAND

Colombia quedó llena de Lady Dis

I. POCO TRECHO

Lady Diana Silvera Rodríguez anuncia, en el título de un texto que escribió la semana pasada que “De Lady a Lady hay poco trecho”. Luego procede a enumerar las coincidencias que hay entre ella y la princesa encantada que murió en París: “Pertenecemos al mismo signo zodiacal, ella se casó el mismo año en que yo nací…”
Lady Diana, de 15 años, cursa noveno grado en el Colegio Barranquilla para Señoritas, el más tradicional de las clases populares en la ciudad. Escribió sin que nadie se lo pidiera, en medio de una distracción en la clase de matemáticas, luego de recibir un aluvión de bromas por parte de sus compañeras, que el lunes primero de septiembre la habían saludado con una frase fúnebre adornada de fiesta: “¡Se murió tu tocaya!”. Escrito con meticulosa caligrafía en tinta azul de bolígrafo de tienda, sobre una hoja de cuaderno cuadriculado, el texto remata con una frase categórica: “Quizá dentro de 20 años moriré yo también (cuando tenga 36, como ella). Pero no quiero morir estrellada, sino en un accidente de tránsito, quizás atropellada”.


II. AUSENTES

En aquella misma mañana de lunes, cuando el mundo entero lloraba la muerte de la vecina más distinguida de la aldea global, faltaron dos alumnas a clases en el Colegio Técnico de Comercio: Lady Diana Narváez Ramírez y Lady Di Plata Roa. Por un momento, ciertas mentes en el claustro llegaron a pensar que tal vez aquel nombre único y sonoro albergaba las claves de su propia existencia y de su propia destrucción. “Como si todas las Lady Dis del mundo nos hubiéramos muerto al mismo tiempo”, concluiría Lady Di Plata Roa.
Pero claro que no. Lady Diana Narváez Ramírez había amanecido con un extraño problema de salud que a veces la ataca: cuando se le irrita la garganta, las piernas se le debilitan y no puede caminar. Su padre, César Narváez, un jubilado de las Empresas Públicas, la llevó a la clínica del Seguro Social. Allí, una doctora puso en duda el dolor en las piernas. Lady Diana le contestó: “¿Usted cree que si no me doliera habría venido hasta acá?”. Fue una reacción furiosa. “Sólo soy sincera, como mi tocaya”, diría orgullosa. 
Lo de Lady Di Plata Roa no fue tan grave. Una simple gripe de lunes. Al día siguiente, cuando ambas llegaron al colegio, sus compañeras las recibieron con una peculiar frase de bienvenida:
—¿Y ustedes no estaban muertas?


III. EL NOMBRE SAGRADO

1980, el año en que el mito encantado de Diana Spencer comenzó a asomarse por pantallas de televisión, periódicos y revistas, la barriada colombiana se llenó de Lady Dis. En una cultura donde el nombre, más que un nombre constituye un conjuro tercermundista, el de Lady resultaba como la misma varita mágica de los cuentos de hadas. César Narváez, el padre de Lady Diana Narváez Ramírez, decidió bautizar así a su hija recién nacida. “Cuando vimos la boda, quedamos encantados –cuenta-. Y eso que fue en blanco y negro, porque acá a los barrios no había llegado la televisión en color”.
Diana Spencer no era plebeya, pero en la percepción popular sobre ella si lo era. Lady Martínez Yepes, hija de un vendedor de hierro de la plaza de Santo Domingo, en Barranquilla, lo define mejor que nadie con la inocencia de sus siete años.
—Lo mejor de ella es que era pobre y se volvió rica.
Según la Registraduría, a Diana Spencer la deben haber sobrevivido, sólo en Colombia, unas 1.200 homónimas, todas dispuestas a demostrar que tienen más en común con ella que el simple nombre. “Mi piel es rosadita, como la de ella”, dice Lady Martínez Yepes.
“Soy generosa, como lo era ella”, afirma con orgullo Lady Diana Pastrana Herrera. “Ayer pasó una viejecita por mi casa, y yo le di una limosna”.


IV. CORTES Y PRINCESAS

El orgullo de Lady Diana Silvera Rodríguez es haber pertenecido a una corte real; el de Lady Diana Narváez Ramírez es que su padre le reitere, varias veces al día, que ella es “la princesa de la casa, como la original Lady Di”; el de Lady Di Plata Roa es haber sido lo que su tocaya en Inglaterra jamás pudo ser: reina.
Lady Diana Silvera Rodríguez formó parte de la corte de quince años de su vecina Nayibe, quien los celebró por lo alto. La corte estuvo integrada por diez parejas, todas con trajes elaborados especialmente para la ocasión. Fue una corte apoyada en la tecnología. La quinceañera, y sus veinte cortesanos, efectuaron su coreografía en el interior de la casa, frente a una cámara, mientras los invitados presenciaban el espectáculo desde sus mesas, en la parte de afuera, a través de una pantalla de video. La corte bailó dos valses y un merengue y sirvió de marco para la representación escénica de la canción De niña a mujer, de Julio Iglesias. Eso, y la miniteca del colegio Marco Fidel Suárez, son los dos eventos sociales más importantes en los que Lady Diana Silvera Rodríguez ha estado en el último mes. “Allí, en la Corte, descubrí que tenía algo en común con mi tocaya —dice—. Federico, el coreógrafo, me lo dijo: ‘Tu personalidad es clase aparte’”.
El orgullo de Lady Diana Narváez Ramírez es que su padre la considere una princesa. Es la única mujer entre cinco hermanos. “Es la princesa de la casa”, dice el padre.
Lady Diana Plata Roa, en cambio, posee sobre su cabeza una corona de verdad: la de Reina de las Festividades Estudiantiles del colegio León XIII. “No me cambio por nadie”, dice. Se toma unos segundos para pensarlo y luego afirma que su vida está llena de coincidencias con la de la princesa Diana. “A mi también me ha tocado sufrir”, dice.
El año pasado, su padre, Jorge Plata, dueño de la panadería Panpan, en el centro de Barranquilla, murió de un infarto. Ese mismo año, le tocó pelear a fondo contra una profesora que quería obligarla a repetir el año. Pero logró pasar. “Es mi nombre lo que me protege —afirma—. Mi nombre sagrado, que ahora se volvió más sagrado”.


V. CUENTOS

“Yo pensé que era como en los cuentos: que la princesa no se moría” (Lady Diana Santiago, 15 años). (Cambio, septiembre de 1997)