SITIO OFICIAL DEL PERIODISTA ERNESTO McCAUSLAND

Mi película con Leguízamo

ESCENA 1

Hotel Santa Clara, mediodía. De repente el mundo se ha convertido en un gigantesco zapote, o quizá sea el color de las paredes. Espero a John Leguízamo, con quien tengo una cita a las doce en punto. Son las doce y cinco, pero el que espera lo mucho espera lo poco: llevo gestionando esta entrevista desde marzo pasado. En esa ocasión, el día cinco, me envió un mensaje que decía textualmente:
“muchas gracias por la invitación pero empiezo una nueva película hoy. entonces estoy muy atortolado con trabajo al momento pero el momento que me libere en 3 meses seria mucho mejor”.
Así de sencillo. Tres líneas, cuyo autor se vuela orondamente las mayúsculas, me han enviado a tres meses de espera, aunque no me desanimo, partiendo del principio fundamental de que a este pequeño genio del cine, nacido en Bogotá hace 42 años, pienso abatirlo por cansancio.
A fines de agosto he retomado el asedio.  Las respuestas a mis mensajes no han sido muy alentadoras, hasta que un chismoso del elenco de El amor en los tiempos del cólera me llama para contarme que el cubano Andy García ha renunciado a su papel en la película y que Leguízamo será su reemplazo. Le escribo de nuevo. Su respuesta es una especie de “¿tu-qué-comes-que-adivinas?”:
Ernie como sabes todo?  Tienes buenos spias... Si voy hacer la pelicula del Gran Marquez... 
Puedo Hablar contigo la proxima semana?  Bacano
Y aquí estoy, bacano, bacanísimo, viéndolo venir desde el fondo del zapote de cemento con un detalle que no esperaba: un bigote negro. Su camisa también es negra. Su mirada, en cambio, es transparente, al igual que su actitud, que se evidencia con un apretón de manos.
—Hola McCabrón —me dice con una risilla perversa. Me explica entonces que en recepción me anunciaron con ese nombre.
Continúa riéndose del lapsus y repite una y otra vez para su deleite: “McCabrón, McCabrón je je je”. 
Comenzamos el diálogo hablando de Bogotá, donde nació un 22 de julio, en el hogar del puertorriqueño Alberto Leguizamo y la colombiana Luz de Leguízamo. 


ESCENA 2

Bogotá, 1964. El mundo ahora es gris, pero John Leguízamo lo recuerda festivo y dinámico, quizá colorido. La familia vivía en una casa del centro. John era un niño al que llevaban al Parque Nacional a jugar con su perra Collins. Apenas pasó en Colombia los primeros tres años y medio de su vida,  pero subsisten borrosas memorias, como la ropa abrigada y ceñida que no soportaba. Un día el niño se perdió y su abuela creyó enloquecer. Finalmente, ya entrada la noche, lo encontró. El pequeñín se había escondido detrás de un sofá. Bogotá está presente en sus famosos monólogos, —Freak, Mambo Mouth, Spic-o-rama—, con los cuales entró por tormenta al mundo del espectáculo en Nueva York. 
—Recuerdo a mis familiares, sentados alrededor de una mesa grande, contando historias, riéndose —dice radiante, sin dejar que haga efecto el veneno de la nostalgia—: eso no existe en Estados Unidos.


ESCENA 3

Andrés Carne de Res, 2004. John Leguízamo se está divirtiendo como sólo puede hacerlo un tipo de su estatura, bailando, libando y brindando con  todos. Tanto añoraba a Colombia que ha viajado especialmente desde Quito, donde se encontraba filmando Crónicas, la primera película que realiza con diálogos en español. (“Fue como actuar con las manos amarradas, con una lengua que definitivamente no domino, un músculo que jamás he utilizado”, apunta.) En Quito su amigo personal, el multimillonario mexicano Jorge Vergara, lo ha convidado a una noche de farra en Bogotá. Han abordado el avión privado del magnate que no usa calcetines, y aquí están en Chía, en este sitio que Leguízamo contempla con ojos maravillados, absorto en su colombianidad. Ya en 1997 había estado en el país, primero visitando parientes en el interior y luego en Cartagena.  Todos ríen cuando John grita:
— ¡Viva Res carne de Andrés!


ESCENA 4

Parque de San Diego, mediodía, 2006. A John Leguízamo lo ha dejado plantado una mula, o al menos el domador de ésta, que se había comprometido a llevarle al animal para su entrenamiento en esa mañana calurosa de Cartagena. Pero eso no le descompone la expresión radiante que le produce Colombia, más aún cuando sabe que aprender a montar mula no será tarea fácil.
—No quiero ni imaginarme lo que eso puede hacerle a mis testículos —apunta.
Aún así, tarde o temprano llegará el fatídico momento y John Leguízamo tendrá que ponerse al mando de una recua de mulas cerreras, con el escroto blindado y el aire casual de quien ha montado toda la vida. Así encarnará a Lorenzo Daza, el celoso padre de Fermina Daza, ese traficante de mulas que —al narrar de García Márquez— “no sabía leer ni escribir, y cuya reputación de cuatrero no estaba tan probada como bien difundida en la provincia de San Juan de Ciénaga”; el mismo que en uno de los momentos más dramáticos de la obra le pide al iluso Florentino Ariza que se aparte del camino de su amada.
Para encarnar a un personaje que le lleva quince años, Leguízamo tendrá que aplicarse tinte gris en los cabellos, pintarse algunas manchas “de viejo” y trazarse algunas arrugas. Pero nada parece preocuparle tanto como las mulas, por una razón que suele pertenecer al ámbito íntimo de los actores y de la cual Leguízamo me habla abiertamente. Las mulas son su motivación, el tipo de artificio en que los actores se apoyan para ir construyendo su personaje. El actor me explica su método, desarrollado tras largos años de estudio, en escuelas como la prestigiosa academia del gran Lee Strasberg, quien murió un día después de haber comenzado a ser su profesor. Leguízamo no utiliza memoria sensorial, popular técnica mediante la cual el actor trae a escena emotivos momentos de su vida, la que se conoce como “de adentro hacia fuera”, el típico caso de la actriz que se acuerda de la muerte de su abuelita para llorar en la escena del desengaño amoroso. Lo suyo es todo lo contrario, de afuera hacia adentro, y consiste en ir construyendo el personaje a fuerza de imaginación, observación e investigación. De allí la importancia de las mulas, las famosas mulas que nada que aparecen.


ESCENA 5

Zapote mundo del Hotel Santa Clara. A lo lejos, como si un mago la hubiera configurado en el aire, aparece Catalina Sandino, quien también forma parte del elenco. Es evidente su intención, tan marcada como fallida,  de no verse bella, una salida de baño en tela de toalla, el cabello aun mojado con el agua de la piscina, y ni una gota de maquillaje. Su presencia, así sea a distancia, es tan impactante que la entrevista deriva inevitablemente hacia ella. Leguízamo dice que la conoció en Los Angeles y se desboca en elogios hacia el papel de la colombiana en María llena eres de gracia, película a la cual se refiere como María full of grace, en el inglés que tan cómodo lo hace sentir. Se empeña en hacerme ver que ella encarna todo lo que puede lograr un latinoamericano con sus condiciones naturales. 
—¡Cosas grandísimas le están pasando a América Latina! —exclama sin dejar de contemplar a la bogotana que saluda con discreta cortesía a varios de los presentes en el vestíbulo—. Los latinos tienen un talento, una inteligencia y un poder para hacer cualquier cosa que ellos quieran.
Luego los invito a encontrarse y las dos figuras colombianas del cine universal se miran mutuamente con ojos de admiración. Me cuentan que harán una escena juntos y bromean con que será algo apasionado y muy erótico. Luego, serios, se refieren a la producción que se apresta a conmocionar a Cartagena durante el fin de año.
Catalina Sandino dice que El amor en los tiempos del cólera mostrará a una Colombia diferente, llena de encantos, una tierra en la que predomina el amor. Leguízamo la complementa entusiasta: “Eso es lo más importante. Colombia esta vez le mostrará amor al mundo, un amor puro, entre música de violines”.


ESCENA 6 

Habitación John Leguízamo. Noche. Después de un día de mulas incumplidas, una entrevista de fondo, emotivos saludos en el hotel y fuera de éste, Leguízamo llama a Justine Mauer, con quien convivió unos años antes de convertirla en su esposa. (“El matrimonio es bueno, pero con cierta edad”, explica.) Ya ella lo había acompañado a Colombia y no le sorprende el júbilo de John cuando le dice:
—¡Colombia es maravillosa!
Ya en la entrevista me lo había explicado. “La gente es tan cálida acá. Eso hace de Colombia un país único. Aquí soy más feliz que en cualquier otra parte. Seguro que sí, McCabrón.  Y estalla en risas, lo cual poco me importa. Por conseguir esta entrevista bien vale la pena hasta que a uno le digan cabrón, sin que el mundo cambie su color zapote.