SITIO OFICIAL DEL PERIODISTA ERNESTO McCAUSLAND

Walcott en su isla literaria

Hay revuelo en la playa privada del hotel Royal St. Lucian, sector de Gros Islet, donde una habitación vale trescientos dólares la noche. Turistas de postín se aglomeran llenos de curiosidad en un punto de la playa, donde un hombre maduro, de ojos verdes, le da impetuosos brochazos a una acuarela en el borde del mar. Un camarógrafo de cabellos rubios, su piel enrojecida por el sol, se ha arrojado a la arena, un esfuerzo sobrehumano para captar otro ángulo del mulato y su  caballete.

El camarógrafo sueco, y el resto de acompañantes, están registrando esa otra imagen del poeta de las islas; la del Derek Walcott, plácido y descalzo, que se les escapa temporalmente a sus poemas y obras  de teatro para plasmar esa explosión de tonos salmones que se funde en el horizonte con los azules del Mar Caribe. Así, pintando en vaqueros y camiseta, cumpliendo con el ritual de solaz que ejecuta cada vez que visita a su isla, verían después a Walcott en Estocolmo, Suecia, el día de la entrega de los Premios Nobel.

“Esto es lo más cursi que he hecho en mi vida”, dice Walcott, interrumpiendo las pinceladas por un instante para secarse el sudor y produciendo un coro de risas entre los turistas. “¡Pero es bueno para mi  país!”.

A cinco kilómetros del exclusivo sector de Gros Islet, en el corazón de la capital Castries, tiene lugar otra agitación mucho más populosa y encendida que la de la playa del Royal St. Lucian. Es martes y, como todos los martes, la plaza Columbus Square escenifica un revoltijo multitudinario de instrumentos musicales, sudor fácil y conversaciones estruendosas.

Por un lado, en la pintoresca Catedral de la Inmaculate Conception, un coro integrado por hombres y mujeres de la isla entona en inglés cánticos de alabanza. El ancho espacio de la iglesia, adornada con figuras de madera de colores vivos, se va llenando con las cantos que los coristas interpretan con voces potentes, mientras bailotean con cierta discreción sacramental al ritmo de la música angloafricana. Abiertas de par en par para que ingrese todo el que quiera, las puertas de la iglesia sirven más bien para que las canciones del coro salgan a la calle y se fundan en el escándalo simultáneo que tiene lugar en el centro de la plaza. Allí, en una tarima, once muchachas isleñas, con uniformes de colores, descargan sus baquetas sobre tanques vacíos de petróleo. Son los integrantes del Allegro Pan Groove, una agrupación netamente femenina que les saca vibrantes piezas de calipso, soca y reggae a los tanques pintados de brillante plateado. La llamada música  de pans  es un residuo de la antigua importación petrolera. Los nativos aprovechaban los enormes recipientes para lo que mas los hace estremecer su alma caribe: la música. Rodeando a la agrupación femenina, un centenar de isleños de todas las edades, y uno que otro turista colado, bailan y corean las canciones que son como olas de mar en movimiento. Es la realidad de los martes por la noche en el gigantesco Columbus Square, donde, entre las antiguas casas de estilo europeo y los árboles de fruto de pan, se fusionan estruendosamente la música del coro religioso y la del Pan Groove. La resultante es un  amasijo musical-religioso que no se entiende, pero que nadie parece objetar. En ese puntito perdido del Caribe, cada cual vive su éxtasis.


—Los suecos no sólo me están haciendo tomas a mí, Ellos están fotografiando además los paisajes de la isla, la gente de la isla. Yo supongo que en la pantalla se verá muy degradante, muy pobre, muchos rostros negros, mucha gente humilde, hablando un lenguaje que nadie entiende. Pero yo creo que es preciso asociar un premio de semejante prestigio con estas personas. Hay algo de ellos que está muy integrado a mí: este documental que están filmando no lo veo como algo para mí solamente. Es sobre la gente que yo escribo. Sería una afirmación política decir que el premio es de ellos, No es de ellos. Yo trabajé durísimo para que me lo dieran. Pero es bueno ver las cosas desde ese otro ángulo.

—¿Que significa trabajar durísimo? 

—Ha sido una larga vida. Yo no me quejo. Adoro escribir. Disfruto la idea de hacerlo y hacerlo es duro. Si uno es consciente de que tiene que hacerlo, con todo y los desastres que eso puede traerle a su vida personal, eso requiere mucha tenacidad y requiere también creer en lo que uno está haciendo. Yo he logrado eso. 

—¿Cuánto trabajo?

—Bueno la verdad es que trabajo bastante duro. Escribo  obras de teatro,  pinto, escribo poemas.

—¿Cuántas horas al día le destina a la poesía?

—Yo me levanto por la mañana a escribir poesía. Pero tengo obras de teatro en las cuales trabajo. Siempre estoy trabajando en obras de teatro. No son muy buenas. Pero yo las escribo una y otra vez. Y cuando estoy aquí en la isla pinto bastante. El día que yo paso en el Caribe me tomo una taza de café y trabajo en algo. Cuando estaba escribiendo el libro grande (‘Omeros’)  fue algo fantástico, porque yo me levantaba por la mañana y era como una novela. Luego desayunaba, iba a la playa,  pintaba una acuarela y regresaba. Es una buena vida cuando vengo acá.


El día en que se anunció que Derek Walcott había ganado el Premio Nobel de Literatura, gentes de todos los barrios y pueblos de la isla se volcaron sobre la capital Castries. En viejos camiones de madera, en las modernas minivans Mitusubishi que hacen el transporte público, en caballos, o en cualquier cosa que anduviera hacia adelante, llegaron a la capital los pescadores de Canaries, las artesanas de Choiseul, el coro de niños cantores de Soufriere, los cultivadores itinerantes de banano del centro de la isla, los guitarristas de Micound con su violinista estrella Tip Gregory y todo el que quiso celebrar. 

Era la segunda vez que un nativo de esa pequeña isla de 150 mil habitantes ganaba un Nobel. Ya Arthur Lewis se había ganado el de Economía cuarenta y cinco años atrás. Pero Lewis vivió siempre fuera de la isla.  Hoy solo se le recuerda por el retrato que cuelga en las paredes de ciertos despachos oficiales. El genial economista Lewis ha quedado congelado para siempre en su tierra como un lejano cuarentón con corte de pelo militar, gafas de metal y expresión melancólica: el hombre de la fotografía en blanco y negro.           

En cambio a Walcott todos parecen conocerlo personalmente y hasta lo llaman “Derek” por la calle. El poeta vivió los primeros 22 años de su vida en la casita de la Calle Chausees que hoy funciona como la encantadora sede primitivista de la Compañía Litográfica de Santa Lucía.

Ya siendo poeta, en el año 1953, Walcott se fue a vivir a Trinidad Tobago, esa Babilonia del Caribe, famosa por la exótica caldera étnica que allí habita. El día en que anunciaron el Nobel, Walcott no estaba ni en su tierra natal ni en su tierra adoptiva, sino en Boston, donde dicta clases de Literatura para Boston University. Pero su ausencia no fue óbice para que la gente celebrara delirantemente y bailara en las calles ante la mirada perpleja de los turistas extranjeros. Esa misma tarde, un grupo de representantes de la comunidad acudió al despacho del Primer Ministro de la Isla, John Compton, para pedirle que declarara cívico el día siguiente. “No”, fue la respuesta que sorprendió a todos. “Tenemos muchos problemas en esta isla para darnos el lujo de perder un día”. La gente recibió la determinación con velados refunfuños, pero luego se olvidó del asunto y siguió cantando y bailando calipso con sus ropas de colores vivos, y bebiendo fuertísimos rones dorados en la calle hasta el amanecer. Al día siguiente, la población entera estaba en su puesto trabajando.


—Mi regreso a casa fue extremadamente conmovedor; muy pero muy emotivo. Porque, en cierto modo, uno regresa al seno de una sociedad que tal vez no tiene profundidad intelectual para entender su obra. Y a pesar de todo eso, ellos se sienten muy orgullosos del premio. Eso es muy emocionante. 

—¿Le alegró ver a alguien en particular?

—Sí. A algunas de las mujeres que venden frutas en la playa. Cuando yo vengo, salgo a tomar algo de aire fresco. Voy a la playa, leo, escribo, pinto, juego dominó en jeans y camiseta. Y así paso el día. Yo estoy muy atado a ellos. Es la gente que yo amo y significa mucho para mí.


El pequeño vehículo saca fuerzas de dónde no parece tenerlas para ascender una de las montañas de la isla. Es una Mitsubishi último modelo, de las que en Santa Lucía se utilizan por igual como taxis para llevar a los turistas o como buses para el transporte de pasajeros entre pueblo y pueblo. Va llena de nativos, pieles de ónix brillantes de sudor que regresan de sus trabajos en los hoteles de turismo, amas de casa que acaban de hacer fantásticas compras de pescado fresco en el mercado junto al muelle, niños rigurosamente uniformados que vuelven a casa después de un día de clases.

Con su rostro lampiño y sus ojos expresivos, el joven chofer conduce como si el mismo demonio, con toda su corte, lo estuviera persiguiendo. Mientras hunde el acelerador, se las arregla para cambiar de cassette cada vez que una canción le aburre. En el enorme repertorio de cintas pirateadas hay música de Bob Marley, de Mighty Sparrow, de todos los grandes de la música caribeña. Con los cuatro parlantes a punto de reventarse, el chofer canta las canciones a toda voz,  lo que no parece molestar a los pasajeros, muchos de los cuales van marcando el ritmo con las manos o los pies.

Al lado del chofer  va un hombre viejo, con un expansivo tufo de ron que invade el aire del bus. El viejo le dice al chofer que no tiene los cinco dólares caribeños para pagarle el pasaje porque su plata está guardada dentro de un maletín con clave y la clave se le acaba de olvidar. El viejo lleva el maletín —negro, raído— sobre sus muslos. Y en efecto, es un maletín con clave.

El chofer se ríe del borracho y le dice que lo abra. El viejo insiste en que nobody can open this, con su fuerte acento de fonemas isleños. El chofer dice que sí puede. El borracho vuelve y dice que no.

Hasta que, en la mitad del tramo de una empinada cuesta, el joven conductor pega un frenazo. “¡Yo te abro esto en cinco  minutos!”, le dice, parqueando la Mitsubishi a medio metro del precipicio que tiene como fondo un mar azul. “¡A que no abre nada!”, repone el borracho, entregándole el maletín.

Con la sola excepción de una dama que va apurada, el resto de los pasajeros se entusiasma con ese reto casual que el destino le ha permitido presenciar. Todos se aglomeran para observar lo que va a ocurrir  en las dos sillas de adelante. Una joven mulata de vestido rojo se ofrece para cronometrar el lance. El joven chofer coloca el maletín en sus piernas y comienza a mover las seis ruedas dentadas para un lado y para otro, a toda velocidad. “Jamás”, exclama el viejo, una ráfaga de tufo inundando el reducido espacio vehicular.

El chofer continúa concentrado y lo desatiende. A los 4 minutos y 25 segundos, las dos cerraduras saltan con un par de clicks. Con expresiones en creole, el pública grita, aplaude y le da espaldarazos al chofer. El viejo suelta una sonrisa de resignación.

Cuando el chofer le devuelve el maletín, lo abre y grita:

—¡No está mi dinero!

Riéndose, el chofer le dice:

—No te preocupes, man. ¡Yo te llevo gratis hasta donde vayas!

Enciende el vehículo, le sube el volumen al equipo y reanuda su marcha por entre las lomas empinadas de Santa Lucía.


—Yo no entendí a Gabriel García Márquez cuando lo leí por primera vez. Yo estaba muy irritado y furioso mientras lo leía. Porque no lo entendía. ¿Qué está tratando de hacer este tipo?, me decía. Pero luego comencé a entender su realismo mágico. No hallo muchas cosas en común entre él y yo. Tal vez lo único que yo encuentro en García Márquez que se identifica conmigo es el ritmo africano, la cosa caribeña. Es de allí que viene. En cierto modo, eso es natural. Alguien dijo que la cuenca del Caribe entero es como una cosa fermentante, como un lago de híbridos étnicos. El área es un fenómeno en términos de los hitos que allí se marcan, de la gran cantidad de cosas que allí suceden. Es aún más rico que el Mediterráneo. Porque en el Caribe no hay solamente una raza, no hay solamente dos o tres tribus. Tiene de todo: portugueses, españoles, franceses, holandeses, británicos, los cuales se mezclan entre sí y crean nuevos grupos. Todo está mezclado. La fertilidad es asombrosa. La fertilidad de la raza es tan rica como la fertilidad de la vegetación. 

—El carnaval que usted describe en sus obras guarda mucha similitud con el de mi tierra, Barranquilla…

—El carnaval desorganiza a la historia. Uno no puede tener una idea linear de una versión contradictoria, porque uno ve en la calle a un hombre negro representando a Julio César. Y el hombre que hace el papel de Julio César de verdad cree que es Julio César, más que Julio César cree que es Julio César. Yo creo que desde nuestro punto de vista es algo muy simple, fácil de entender. Se convierte en algo complicado si se analiza desde Londres o París.


“Me llaman Trick. Eso quiere decir ‘truco, broma’,algo así. Tengo 24 años de edad y una dentadura incompleta. Me faltan cuatro dientes de adelante. Lo mío es la labia. Te hablo de lo que sea. Hasta de política internacional. Me gusta la droga, no lo niego. Aquí en Soufriere, el pueblecito donde siempre he vivido, se consigue marihuana de la buena. Los turistas europeos y americanos siempre la están solicitando. Yo se las consigo y así consigo también lo mío. A veces hasta se las llevo al Club Mediterrané que queda aquí cerca, entre las montañas Piton. ¿Usted sabe cómo se formaron esas montañas? Hace 40 mil años, con una explosión volcánica submarina. La lava se solidificó en el aire. Y ahí están, las dos  montañas que mueren en el fondo del mar. Bueno pero, me he desviado del tema. Le decía que hay días en que las cosas aquí se complican. Entonces tengo que ver cómo me las arreglo. Toca hacer lo que sea. Los turistas vienen acá, a mi pueblo, a conocer los cráteres volcánicos, que siempre están botando gases sulfúricos. La verdad es que desde que Body Dujon, mi compañero de colegio, se cayó en uno, quedando quemado para siempre, me he retirado de por allá. Pero a los turistas les encanta. Como también les gusta la cascada Diamond Falls con sus aguas medicinales, donde se sumergían los soldados franceses para curarse las enfermedades y donde una vez sumergió su cuerpo pálido Josefina Bonaparte. Todo eso lo sabe uno aquí. Se lo enseñan en el colegio. Yo lo aprendí antes de retirarme para dedicarme a lo mío, que son los turistas. Uno los ve llegar a la plaza con sus cámaras gigantes, que es todo lo que parece importarles. Tan pronto se bajan del bus comienzan a tomarle fotos a todo: a la iglesia, a la casa de doña Rufina Mellius, la vieja que vive sola en una mansión vacía desde que único hijo se le suicidó. Entonces yo hago lo mío. Me les acerco y me les ofrezco como guía. Viéndome así con estos pantalones cortos y esa camisita roja, ellos se espantan enseguida. Pero uno tiene su labia. Les digo que sin un guía la cosa no es lo mismo. Se pueden quedar sin conocer mucho. Les digo también que un guía oficial les cuesta demasiado. En cambio a mí me pueden contratar por diez dólares. ‘¿Diez dólares?’, preguntan sobresaltados. ‘¿Dólares caribeños o americanos?’. Yo les digo que caribeños. Lo cual los alivia: cada dólar americano vale dos dólares caribeños con setenta centavos. Ellos siguen regateando. Yo discuto y cuando ofrecen muy poco, entonces los acuso de explotadores. Eso los asusta, pero al final yo termino aceptando cualquier cosa. Total, lo bueno no es lo que me gano como guía, sino lo que viene después. Así me los voy llevando hasta mi barrio. Cuando ya los tengo en mis dominios, entonces ¡zaz!, me vuelo con lo que tengan. Hace un mes logré llevarme setecientos dólares. Pero la policía me cogió en medio de la traba que me pegué después del trabajo. Me llevaron a la capital y allí estuve preso veinte días. Ahora estoy de vuelta, viendo a ver quién cae. Pero la cosa está difícil. Ayer llevaba a un americano que medía como cuatro metros y lo tenía casi del otro lado, cuando apareció el policía de la plaza, que no es otro que Chippie Beltack, el hijo de don Jean Beltack, el vendedor de máscaras del mercado artesanal. Chippie, que me venía siguiendo desde la plaza, le dijo al americano que yo no era guía autorizado. Nos tocó devolvernos. Yo le armé un escándalo  en la calle al maldito policía. Todo el mundo se asomó por las ventanas.  Tanto el americano como él permanecieron callados. Luego me fui y desde lejos vi cuando  el americano le daba las gracias a Chippie. ¡Maldito Chippie! Pero no importa. Ya habrá otra oportunidad de ganarme unos dólares para esta marihuana que ya me está haciendo falta”.


—El fin del comunismo es una cosa. El fin de la idea del socialismo es otra y es fatal, es algo muy malo, porque una cosa es que ciertas naciones pronuncien muerto el socialismo. Y todo lo que significa socialismo en nuestro tercer mundo es justicia social, equidad social, igualdad de derechos. Y ahora, cualquier intelectual sensible que hable de la desproporción en la distribución de la riqueza, o de lo que quiera hablar, es considerado por naturaleza un socialista. Entonces, las potencias saltan y dicen que el socialismo ya no existe, que ya fue declarado muerto y que el que está hablando es un delincuente. Eso es malísimo para nosotros porque ya nadie puede levantarse y denunciar. Cuando los superpoderes deciden que la igualdad se acabó, nosotros somos los afectados. La caída del muro es algo magnífico, pero si en alguna parte del mundo, un indio o cualquiera convoca una rebelión contra las injusticias, va a haber plena justificación cuando le digan: olvídelo, el comunismo se acabó.

—La mayoría de los intelectuales del mundo, aún los que simpatizaban con Castro, han terminado oponiéndose a las circunstancias actuales de su régimen. 

—¿Qué opina usted de la Cuba actual?

—Lo más diciente que hay en Cuba es que Castro está vivo; que no haya sido asesinado. Ellos deben adorarlo. Alguien debe adorarlo. Yo no creo en dictaduras militares. Yo se lo que Cuba era antes. Era el gran burdel del Caribe. Hoy ya no es un burdel. Cuando la revolución se gestó, la gente no tenía la dignidad que tiene hoy. Yo no creo que Castro pueda suprimir la oposición hasta el punto de que nadie lo mate. Yo no estoy defendiendo a Castro. Todo lo que digo es que hay algo curioso en el hecho de que Castro esté vivo. Tantos líderes que han matado. No creo que nadie pueda decir que está tan bien protegido que no lo puedan matar. Eso es un ejemplo. No estoy diciendo que esté a favor de Castro. Estoy diciendo que por algo ha durado más que nadie.


Frente al muelle de Castries, donde los cruceros de cuentos de hadas van pariendo montones de turistas americanos con ropas de mil colores, el llamado Book Saloon,  la mejor librería de la isla, recibe a los visitantes con un gigantesco aviso que dice: We love you Derek Walcott, Nobel Price of St. Lucie. Es un aviso grande y elaborado en cartulina, que obliga a los turistas a no resistir una parada allí, antes de lanzarse sobresaltados sobre los puestos de baratijas taiwanesas que están situadas a lo largo de la calle Jeremie. Las negras vendedoras, obesas y con vestidos floreados, esperan con paciencia mientras la nube de turistas hace la primera parada en la librería. Pascal Benjamín, la dueña del almacén, los atiende a uno por uno, mientras responde a la misma pregunta

—¿Tiene algún libro de Walcott?

—No, dentro de un mes nos llegan...

Pascal sabe muy bien lo desalentadora que es su respuesta, especialmente si se tiene en cuenta que los viajeros del crucero solo estarán en la isla un día.

—¿Hay alguna otra parte dónde conseguir uno?

—Si no lo hay aquí, no lo hay en ninguna parte.

Los turistas salen entonces de la tienda con la gran frustración  de no poder regresar a casa con un libro de poemas comprado en la misma isla del Nobel. Un souvenir menos de la gran vacación de las Antillas. Porque, como solo puede ocurrir en este insólito mundo al revés que gira alrededor del Mar Caribe, en la isla de Santa Lucía no se consigue un solo libro de su Nobel natal. Los turistas se lanzan entonces sobre los ventorrillos de la calle Jeremie y comienzan  a regatear con las negras por cortauñas de forro nacarado, o por ambientadores para carro que se esconden dentro de una estrambótica corona roja y dorada, o por cualquiera de las baratijas que invaden la vía.


—Todo el ruido, la fama, la publicidad, todo eso se va a acabar, porque habrá otro Premio Nobel en muy corto tiempo. El hecho de que uno pueda venir a la isla es muy importante. Yo siento eso. No importa lo que se diga o se escriba sobre mí, este es otro mundo. No es el mundo de la publicidad y la fama. Esto es lo que me gusta de venir acá. No es que yo esté huyéndole a la vida. Para mí, esto es lo que es vida de verdad. Me siento muy privilegiado porque, desde la época en que era un niño de ocho, nueve años, cuando no había casas editoriales y nadie publicaba poesía, yo sabía que pensar en un futuro como escritor era una locura. Yo me considero de suerte porque es lo que yo siempre he querido ser. Especialmente si uno lo quiere hacer porque uno lo recibe de la gente de su tierra. No quería referirme  otra vez a García Márquez, pero cuando uno lee a García Márquez, y ve lo que él ha hecho por esa parte del Caribe, es magnífico y maravilloso. Ahí es dónde uno siente la emoción y el privilegio de ser escritor. Y solo saber que, en muchas formas, toda esta gente que vive en las zonas apartadas del Caribe, es mucho mejor que la gente que vive en las grandes ciudades. No hay hostilidad entre ellos y conservan mucho de la grandeza de la sociedad.


El gigantesco complejo arquitectónico de la Policía de Santa Lucía se levanta al otro lado del puentecito de Bridge Street, el cual pasa sobre el río Castries, que nace en el mar y muere cerca, sin alcanzar a ser mucho más que una corriente de aguas oscuras sin turbulencia ni encanto alguno. El complejo policial está integrado por tres edificios altos y viejos, cuyas fachadas de color amarillo pálido conforman un pronunciado contraste con los vívidos murales multicolores pintados en la paredilla del otro lado de la calle. Un hedor de aguas podridas predomina en el aire del lugar, pero a nadie parece importarle. Todos  caminan con ese gesto de paz y júbilo que jamás parece abandonarlos ni aún ante las pequeñas calamidades de su vida cotidiana: una caída del bus, una discusión conyugal, una demora en la entrega del pescado. 

El primer edificio es el departamento de Inmigración, donde un grupo de extranjeros, blancos, negros, hacen fila para esperar al inspector. Uno es un puertorriqueño que definitivamente quiere quedarse en la isla; la otra es una mujer de Barbados que se enamoró de un borrachín de la localidad. A pesar de que el hombre la echó de la casa, ella no quiere irse y está buscando la fórmula legal para quedarse. Se llama Ágata.

El segundo edificio está escondido en el fondo y a él se llega a través de una callecita de servicio que permanece custodiada. Es la cárcel. A través de los barrotes que dan a la calle se asoman los presos, todos hombres jóvenes procesados por delitos menores como el robo de una gallina o un escándalo callejero: en Santa Lucía no ha habido un crimen en los últimos veinticinco años. Ya nadie sabe dónde está la horca, que en la isla se emplea para castigar el homicidio.

El tercer edificio es el más imponente e importante de los tres. Se trata del cuartel de Policía propiamente dicho, donde todos los días a las once de la mañana comienza a sonar una música vigorosa, que contagia con su alegría a transeúntes, funcionarios públicos y hasta a los presos, los cuales se lanzan a dar audaces pasos de baile caribeño en el mismo interior de sus celdas.

Generando un efecto similar al gas de la risa, la música que surge del edificio sofoca el calor, maquilla el espíritu, revive el ambiente. Es una música que parece surgir de cualquier parte, menos del gigantesco edificio de monótonos colores donde un aviso oficial dice: St. Lucie’s Police Department. Pero la música brota de allí. Es la banda policial de la isla, integrada por agentes en ejercicio, los mismos agentes que vigilan las calles del centro para que los nativos traviesos no molesten el sagrado patrimonio de los turistas, los mismos policías que todo el mundo conoce. Solo que a las once le conceden una pausa a la lucha contra el delito y suben al enorme salón del tercer piso a realizar extenuantes ensayos bajo la batuta del director Titus Preville.


—La gente dice que yo provengo de una isla pequeña, pero yo creo que todo escritor habita en una isla pequeña. Yo no creo que ningún escritor viva en una circunferencia superior a la de veinte kilómetros. Así esté en Londres, o en Moscú, o dónde sea. Todo es provincial. Todo escritor está limitado estrictamente al área de experiencia. La gente que viaja se supone que es muy sofisticada. Pero ellos en realidad no viajan. Ellos están cargando parte de sus cuerpos hacia dónde van. La idea esa de que viajar es muy educativo yo nunca la he considerado verdad. Lo que de verdad uno aprende no está más lejos que a una distancia a la cual se llega caminando.

—¿En el vecindario?

—En un área más grande que el vecindario. Podría ser la montaña, podría ser cualquier cosa. Pero no es algo universal.