SITIO OFICIAL DEL PERIODISTA ERNESTO McCAUSLAND

El fantasma de Jimmy marcha sobre Ruelas

Ahora está enojado con Jimmy, mucho más enojado de lo que estaba en aquella noche aciaga del 13 de mayo de 1995, cuando lo golpeó con tanto ímpetu, que lo dejó sin título y sin vida.

Lo golpeó durante 30 minutos y 25 segundos de martirio, frente a un árbitro pusilánime que sólo tuvo cabeza para detener la pelea cuando el colombiano Jimmy García ya tenía un coágulo en la suya; lo golpeó con tanto vigor que logró sentir el hueso de la mandíbula de Jimmy a través del guante; lo golpeó con tanta frecuencia que llegó a preguntarse en el ring si este muchacho en verdad era de carne y hueso, no un pelele inerte que recibía un golpe tras otro sin siquiera tributarle el honor de una mueca de dolor; lo golpeó con tanta destreza, que el público enloqueció aquella noche en Las Vegas, y Gabriel Ruelas llegó a sentirse el torero triunfal, el mismo que acababa de colocar banderillas y recibía la ovación de sangre a que se había hecho acreedor.

Ahora está furioso con Jimmy, pero unas horas después de la pelea sintió un inmenso pesar. Contra el consejo de sus asesores, decidió visitarlo en cuidados intensivos y lo halló a punto de sumirse en el coma final. Se le sentó al lado y dejó que un “lo siento” resultara de sus dos realidades interiores: de su realidad triunfal de título retenido, y de esa otra realidad maltrecha y entubada que tenía frente a sus ojos. Jimmy entonces lo golpeó más fuerte de lo que había podido golpearlo unas horas antes en el ring: le apretó suavemente la mano.

Entonces vino la muerte, con sus risotadas burlonas, y tomada de la mano de una compañera inefable: la culpa. En esa noche fatal, cuando le avisaron que las horas artificiales se le habían acabado a Jimmy, y las unidades móviles de los noticieros invadieron su cuadra y su casa, Ruelas negó una y otra vez que se sintiera culpable. Pero cuando ellos apagaron sus luces y se fueron, dejándolo con su esposa, su hijo recién nacido y sus verdaderos sentimientos, le pegó una patada salvaje a la nevera y le abolló la puerta.

Su esposa corrió a abrazarlo y le dijo:

—No fue tu culpa.

—No fue mi culpa –repuso Ruelas—, ¡pero fueron mis manos!

Recordó entonces que unos días antes de la pelea, durante la rueda de prensa oficial, había dicho que Jimmy García iba a pagar por todas las horas de concentración que le tocó estar lejos de su esposa y su hijo. Aquel apunte trivial y fanfarrón, que desató risotadas entre los periodistas, no era ahora otra cosa que un jab inclemente sobre su vapuleada conciencia.

Ahora está furioso con Jimmy, pero la verdad es que lo único que puede reprocharle es que haya aspirado a curar la enfermedad de la pobreza a punta de golpes y rounds; que haya querido darles a sus viejos, a su esposa y a sus hijas una casa linda en Barranquilla. En eso García y Ruelas ya no son víctima y verdugo, sino dos almas solidarias, aún en la vida y en la muerte. Porque así como Jimmy creció en las barriadas arenosas de Barranquilla, Ruelas lo hizo en La Yerbabuena, un pueblecito de México donde no había ni luz, ni agua, ni –lo que él más pondera— zapatos. Entonces vino el viaje clandestino a los Estados Unidos, el empleo prematuro vendiendo dulces de casa en casa, el ingreso en la escuela, de la que jamás pudo graduarse por una razón que ahora, cuando Gabriel Ruelas posee en su récord un título mundial, con 46 peleas ganadas y tres perdidas, resulta absurda: en el último año perdió la materia de educación física. Jamás hubo cartón de bachiller, pero sí guantes de boxeo. Por eso, el día en que sus padres le vaticinaron que terminaría lavando carros en la calle, y que acababa de entrar en la lista de los “bueno para nada” en la vida, Gabriel mostró los guantes y dijo:

—El boxeo me salva.

Ahora, cuando usa esos resplandecientes zapatos Nike de suela fucsia, está furioso con Jimmy. Porque Jimmy se fue para el más allá en alas de unos guantes de boxeo, y lo dejó a él aquí en la tierra reventándose el pecho con sus propios golpes; con las mil caras de la culpa lacerante; con una carrera boxística que hasta la noche del combate con Jimmy era promisoria, pero que desde entonces cayó en picada.

Vino la pelea con Azumah Nelson, quien lo derrotó sin misericordia. De allí salió diciendo que había visto a Jimmy en el ring; que el fantasma lo había perseguido a lo largo del combate y no lo había dejado pelear.

Hoy está tan enojado con Jimmy que está dispuesto a decir la verdad. No fue cierto lo del fantasma. Jamás lo vio. Ahora Ruelas dice que la razón de la derrota ante Azumah Nelson fue otra muy diferente, que no posee ni el encanto esotérico, ni la consistencia de la del fantasma: tenía diarrea.

Tanta diarrea que antes de la pelea no quiso levantar el brazo y saludar al público –como lo hacen todos los campeones— “por miedo a hacerme del baño”. Pero esa razón jamás la esgrimió: En la antesala del combate, cuando se retiraba cada cinco minutos de la mesa de masajes, no dijo que lo hacía para sentarse en el inodoro, sino para pedirle a Jimmy que lo acompañara. Y después de la pelea, masacrado por el veterano Azumah, les sirvió un banquetazo a los periodistas con el cuento chino del fantasma.

“Lo inventé para engrandecer a Jimmy”, confiesa hoy con candor, sus ojos perdidos entre los muebles relucientes de su hermosa casa en Miracle Mile, sector judío de Los Ángeles, su estampa la de aquel hombre que su esposa no se cansa de definir como “el más bueno que he conocido”, su sicólogo como “un tipo que de verdad siente”, y los periodistas como un buenazo de verdad, un tipo tan generoso que una vez vio a un niño llorando por un juguete en un almacén, sacó 50 dólares y se lo compró.

Ya con sus mentiras confesas, y enojado como está con el hombre que murió entre sus golpes, Ruelas dice que la muerte ajena jamás había estado en sus planes. “El que tenía que morirme era yo”, dice. Primero, porque cuando era niño sufría de problemas bronquiales tan graves, que a veces se despertaba tosiendo sangre, y su madre debía llevarlo en brazos tres horas a pie, bajo la lluvia, hasta el hospital más cercano; segundo, porque desde los diez años viene teniendo el sueño recurrente de que va a morir joven. “No me sorprendería si yo me muriera”, dice.

Ahora ha logrado enfrentarse al contendor más duro de su vida: el martirio de la culpa. Se dio cuenta de que siempre que trataba de huir de ella, ésta le daba caza, y lo golpeaba, como uno de esos retadores obstinados del ring. Entonces optó por salirle al encuentro, darse de frente contra ella, y tratar de derrotarla, así ella fuera invencible, como si Ruelas, que es peso pluma, se estuviera enfrentando al mismísimo Mike Tyson. En estos días de primavera, ha logrado sentir la tibieza interior de la culpa aceptada. Por eso está enojado; porque de la culpa reconocida a la rabia no hay sino uno de esos campanazos urgentes, inviolables, que tañen entre round y round.

“¡You fucking Jimmy!”, repite Ruelas dentro de su cabeza, un insulto que a nadie le conviene traducir, y que casi siempre complementa con la frase: “¿Por qué tenías que atravesarte en mi vida?”.

Ahora se está preparando para intentar reconquistar el título, frente al norteamericano de origen italiano Arturo Gatti. Está entrenando a conciencia. Al fin y al cabo, como él mismo lo dice a lo mero mexicano, “yo no más ganando me siento feliz”.

¿Será que Jimmy lo deja esta vez? 

(Cambio, mayo de 1997)