SITIO OFICIAL DEL PERIODISTA ERNESTO McCAUSLAND

La cara que me salvó

Jamás se me hubiera ocurrido que este campesino estuviera tan cerca a semejante golpe del destino. No parecía un hombre de suerte. Era un labriego anodino y silencioso de los Montes de María al que sus compañeros apodaban “Cara’e Palo”.


Mas a pesar de su eterna circunspección, me di cuenta de inmediato de que era un hombre sano y servicial, como casi todos los de la provincia sucreña. Al lado de sus paisanos, que se saludaban con ruidosos guapirreos, este hombre ciertamente emergía discreto. No obstante, pude ver diáfana su naturaleza cuando me lo presentaron y se limitó a musitar, casi como si me estuviera diciendo un secreto: “Milciades Rocha, un amigo más”.

 

Tan espléndida oferta de amistad resultó instantáneamente provechosa. Tal como ya lo había contado en alguna columna anterior, andábamos por la zona rural de Ovejas en busca de un cultivo de tabaco.

 

Resulta que Milciades era el único que todavía tenía en pie una pequeña roza del producto. Allí podía advertirse el oficio. Aunque ya en sus semanas de decadencia, la diminuta plantación crecía sana, productiva. Podía advertirse a leguas que Milciades era un campesino esmerado, de esos que no dejan pasar un gorgojo ni un gusano y que atendía puntualmente las duras exigencias del tabaco.

 

Ese día no sólo filmamos la plantación, sino que utilizamos a Milciades como modelo. Siempre colaborador, posó con utensilios de labranza, desempeñando sus funciones bajo el sol feroz de los Montes de María. A un lado del tabaco, separada por una hilera de platanales, estaba la siembra de yuca que sería un factor decisivo en el destino inmediato de Milciades Rocha. Claro que la ignoramos. ¿Quién se fijaría en la yuca, teniendo a un lado el tabaco místico y exótico?

 

Tres semanas después volvimos a viajar a Ovejas, ya no a filmar tabaco, sino gaita y testimonios. La violencia nos esperaba muy cómoda en la plazoleta del cementerio.

 

Acababa de desatarse la masacre paramilitar de El Salado, con su primera aterradora cuota en la zona rural de Ovejas: 40 muertos, la mayoría de ellos decapitados. Algunos de los muertos yacían allí, a las puertas del cementerio, sometidos a una tardía labor de reconocimiento por parte de la Fiscalía, que apenas había podido penetrar al territorio púrpura tres días después de los hechos.

 

Lo que estaba sucediendo en esos momentos, y lo que seguiría sucediendo en esa región bolivarense durante las dos semanas posteriores, marcaría un hito en este baño de sangre de la Colombia del nuevo siglo: muertos y más muertos, unos decapitados, otros con un tiro de gracia, inermes campesinos que terminaban amontonados como tripas de ganado en fosas comunes en la plaza de sus pueblos. Era el espiral de la violencia en todas sus velocidades.

 

Pretendiendo arrebatarle el dominio a la guerrilla en ese territorio, los paramilitares habían obtenido el concurso de tres disidentes de las Farc. Más de 200 hombres que se desplazaban a pie, iban de pueblo en pueblo, llevando a los disidentes como soplones.

 

Enmascarados de negro, como verdugos medievales, los disidentes iban señalando a los campesinos que supuestamente  les colaboraban en su antiguo oficio. Uno de los primeros señalados fue Milciades, inculpado de haberle entregado un costal de yuca a la guerrilla.

 

Milciades pasó al cadalso de la plaza cuando el sol apenas comenzaba a despuntar. Estaba en una fila de condenados pétreos, que no tenían aliento ni para implorar misericordia, como si los hubieran matado antes de matarlos. Fue en ese momento cuando otro de los disidentes enmascarados se le acercó a Milciades y lo miró de pies a cabeza. Luego llamó al jefe paramilitar y le dijo:

 

Es verdad que este señor nos regalaba yuca, pero siempre ponía mala cara.

 

De inmediato, el jefe dio la orden de que desamarraran a Milciades. “Usted no tiene problemas con nosotros”, le dijo.

 

Milciades, por supuesto, se fue del pueblo como alma que lleva el diablo, sin poder figurarse de dónde le había salido tanta suerte. O quizá no fue su suerte. Con su cara de palo le bastó.