SITIO OFICIAL DEL PERIODISTA ERNESTO McCAUSLAND

Amor embotellado

El amor no pertenece a los poetas, ni mucho menos a ese émulo de poeta que todo ser humano lleva por dentro. Si el amor perteneciera a alguien, ciertamente tampoco sería al serenatero de oficio, o al fabricante de esquelas, o a cualquier otro voceador lírico que pretenda idealizarlo a todo pulmón. Tan humano es el amor, y al mismo tiempo tan sublime, que con toda seguridad prefiere no alojarse en violines e inspiraciones, sino en el pedazo de jabón que amanece allí, cada mañana, en una ducha de baldosines desdibujados: el amor es, a fin de cuentas, de quienes lo sienten, lo viven, lo padecen, superan sus fases perentorias con enjundia de guerreros, caen en la monotonía del desfile de los días para luego darse cuenta de que —después de diez, quince, veinte años— deben iniciar una estoica reconquista en cada despertar y que ésta no necesariamente tiene que ser exitosa: ni yo, ni mucho menos Ella, olvidamos jamás aquella serenata urgente con un mariachi de quinta categoría, seis o siete hombres mal trajeados, flacos y ansiosos, cuya hambre evidente los hacía desempeñarse por debajo de su limitada capacidad y a quienes poco importaban los desafines o el problemazo que estaban ayudando a resolver.

Con Ella llevo exactamente... un número indeterminado de tiempo, lo suficiente para saber que el amor eterno dura más de tres años.  La precisión del tiempo no cuenta. Nos hemos conocido tantas veces, de tantas maneras, tan exhaustivamente y tan a fondo, que podría predecir con precisión científica todas sus funciones vitales. Intuyo, sin esfuerzo sobrenatural alguno, el momento en el que largará uno de esos largos suspiros de locomotora, 12,3 segundos de aire en exhalación al término de los cuales manifestará simultáneamente su disgusto por las burlas de un columnista contra la alcaldesa y me dirá muy a su manera que ya se ha pasado en 35 minutos su hora biológica del almuerzo y que definitivamente mi horario de alimentación no lo va a terminar de entender nunca.

Así, como dos viejos conocidos que acababan de conocerse en esa mañana, salimos de Valledupar bajo los nubarrones del primer invierno.

Una hora después, pasando por entre los tenderetes de chicharrón de Bosconia, y después de repetirle el eterno chiste de que ese pueblo debería llamarse “Mosconia”, y escucharla reír como si fuera la primera vez que lo escuchaba, me di cuenta de que ya estábamos enamorados otra vez.

Aquello ameritaba un festejo y en más de una ocasión pensé pedirle que destapara una botella de whisky que llevaba bajo sus pies y que se nos había quedado casi entera de la gran parranda. Cuando estaba a punto de decirle, mientras escuchábamos música que habíamos seleccionado con rigor de tribunal para que fuera del gusto de ambos, sobrevino una llovizna y pensé que necesitaba mis sentidos muy bien afinados para conducir en carretera mojada.

La lluvia apretó. Al pasar por la población de Ciénaga y meternos el tramo de carretera que atraviesa una franja entre el mar Caribe y la Ciénaga Grande, delineada por un frondoso bosque de mangle, el cielo se había descuajado sobre nosotros. Íbamos despacio, pero aun así la vía estaba lisa como un espejo, y en el kilómetro 33 la curva nos ganó.

Nuestra camioneta invadió el carril contrario y al entrar en contacto con la cuneta se fue volteando lentamente, hasta quedar de lado. Estábamos atrapados. Yo había quedado arriba y era tal la presión de la lluvia, que resultaba imposible abrir mi puerta. Ella menos que podía, como quiera que su puerta había quedado contra el suelo. Intentamos llamar a Emergencias a través del celular, pero nos hallábamos en zona muerta: no había ni una raya de señal. Cundía la angustia, la sensación de que estábamos en una bomba de tiempo. La única opción era romper el vidrio panorámico. Ella procedió a hacerlo con los mismos pies que emplea para bailar ballet, protegiéndolos con su cartera. El vidrio cedió, y entre el panorámico hecho trizas, procedimos a salir.

Aquel aguacero de mayo no amainaba. Los vehículos pasaban a alta velocidad, nadie parecía vernos en el fondo de la cuneta. Fue cuando le dije a Ella que, antes de salir a pedir auxilio, nos deshiciéramos de la botella de whisky. Aun en medio del aturdimiento, me asaltó el temor de que, al llegar la Policía, se nos armara lío por aquello. Ella se las arregló para sacar la botella y le dije que la lanzara lejos. Hizo lo mejor que pudo en medio de la desesperación, no precisamente un lanzamiento olímpico de jabalina. La botella voló un par de metros, quedando oculta entre la maleza. Luego, como dos espantos empapados, salimos a la carretera y finalmente logramos que un auto se detuviera  a auxiliarnos.

Asegura Ella que en aquel tiempo infinito que duró el accidente, desde que fue obvio que yo había perdido control del vehículo hasta que nos detuvimos, me dijo claramente “Te amo”. Yo le creo, pero siempre le he dicho con franqueza que no la escuché, quizá por el apremio de la situación, más probablemente porque soy medio sordo. Aún ahora, cuando tanto tiempo ha pasado, suelo angustiarme pensando que si la tractomula de la eternidad hubiese venido por el carril que invadimos, o si hubiésemos caído a las aguas inexpugnables de la ciénaga, jamás habría captado yo aquel mensaje trascendental que redondeaba nuestros amores. Por fortuna, la carretera mortal que tantas víctimas había cobrado en el pasado tuvo piedad de nosotros. Ya con la Policía allí, y el tráfico fluyendo lentamente, un conductor le hizo una seña suspicaz a otro, dándole a entender que aquel había sido un accidente de tragos.

Semanas después, ya en verano, rumbo a un festival en Uribia, La Guajira, volvimos a pasar por el mismo punto del accidente. Nos pareció apenas natural detenernos allí. El rastro que había dejado la camioneta en la cuneta ya comenzaba a borrarse por efecto de la nueva vegetación. Fue cuando se nos ocurrió bajarnos a ver si ahí estaba la botella. Ella lo hizo y pronto, desde la distancia, me miró sonriente: la había encontrado. Estaba caliente por efecto del inclemente sol, la etiqueta desdibujada y abombada por las lluvias.

Guardamos aquella botella como un tesoro, como si ni fuera de “scotch” común y corriente sino de champaña Cristal. Pasaron meses y jamás parecíamos encontrar  la ocasión ideal para tomárnosla. Finalmente, nuestra hija mayor se graduó del colegio y esa noche, rodeados de nuestros familiares y amigos  más cercanos y queridos, previo un solemne discurso de borrachín, nos bebimos el Old Parr recalentado.

Algún cuñado, no menos sobrio que el anfitrión, aseguró con certeza de catador, que era el whisky más exquisito que se había tomado en su vida, lo que atribuyó al efecto químico del sol y las lluvias. Creo que, en efecto, la bebida tenía un sabor especial. Pero no lo atribuí a las inclemencias azarosas que la habían golpeado durante semanas. Concluí más bien, y nada me ha demostrado lo contrario, que aquello que nos tomamos fue el más puro amor embotellado. 


(Exclusivo para www.ernestomccausland.com, 2012)