SITIO OFICIAL DEL PERIODISTA ERNESTO McCAUSLAND

El señor de los girasoles

El Día de los Difuntos, Orion Cala amaneció feliz. Se había pasado la tarde anterior en la plantación de girasoles y éstos lucían ya robustos y radiantes, listos para la recolección. Orion se había salido con la suya y aquel dos de noviembre, en que la atmósfera luctuosa parecía invadir todos los rincones de la población del Ciruelal, Orion pensaba en todo menos en muertos. Estaba demostrado: había sido posible sacar adelante el gran proyecto de los girasoles, por el que muchos llegaron a burlarse de él. Desde el interior de su enorme casa de esquina, a través de los calados de madera, penetraban los murmullos de la multitud que se dirigía al cementerio para rendirles tributo a sus difuntos.

         Sentado en uno de los mecedores taiwanesas de la sala, con las primeras gotitas de sudor del día acumuladas en su frente, mientras esperaba que Lourdes le sirviera el desayuno, Orion se dedicó a recordar con la nostalgia en carne viva. Así rodaron por su mente las imágenes del día en que llegó a aquel pueblo lejano. Era un domingo de algarabías y fiestas, en que todos los equipos de sonido del pueblo tocaban aires del Caribe al mismo tiempo y a todo volumen, mientras unos bailaban en plena calle y otros paseaban para lucir sus atuendos domingueros, en medio del olor de las fritangas y el ajetreo de las ruletas ambulantes. Llegó allí porque se le había varado el camión y le tocó meterlo en un taller cuyos mecánicos sólo llegarían a trabajar el lunes. Pero a los quince minutos de haber pisado la Plaza, sucedió lo inesperado: vio a Lourdes Bonilla en los alrededores del Monumento al Ciruelo, vestida con un trajecito blanco muy ceñido a su cuerpo menudo y un lazo rojo en la cabeza, y su vida cambió para siempre. Orion se enamoró de Lourdes y se enamoró de paso de aquel pueblo festivo y espontáneo, donde nada se tomaba en serio, a nadie le importaba el calor infernal y la gente estaba acostumbrada a decirse las cosas más delicadas en la cara. Era algo que definitivamente reñía con su naturaleza de hombre metódico, organizado y silencioso, pero que al mismo tiempo le atraía con una pasión especial. Al día siguiente, cuando el camión quedó reparado, Orion se dio cuenta con sorpresa de que aquello le había caído como una mala noticia. Entonces decidió actuar impulsivamente por primera vez en su vida. Vendió el camión a precio de oportunidad y se quedó a vivir allí para siempre.

         Conquistar a Lourdes, la única hija de Don Mélfido Bonilla, el mayor comerciante de quesos de la región, no fue nada fácil. De ella sólo recibía el estímulo de unas miradas tiernas y encubiertas que duraban una fracción de segundo más que lo normal. Los padres de Lourdes lo recibieron con recelo de advenedizo y Orion se dio cuenta de que tenía mucho que demostrar y un arduo trabajo por realizar antes de cumplir con su sueño dorado de casarse en la Iglesia de San Antonio del Ciruelal con aquella preciosa mestiza, de ojos orientales y piel primaveral. Alquiló un local y abrió un granero pequeño, al que puso por nombre El Gallo, en honor al remoquete por el que fue conocido su padre en las lejanas tierras del Quindío. Trabajando desde el primero hasta el último sol, Orion prosperó a pasos agigantados, hasta que su negocio llegó a ser el más grande del pueblo. Cuando El Gallo ya ocupaba toda la planta baja de la espléndida casona de doña Etelvina Tapias, ni siquiera tuvo necesidad de pedir la mano, sino que una noche, mientras visitaba a Lourdes, el viejo Mélfido llegó borracho, le ofreció un trago de aguardiente y con el mismo aire casual le preguntó si quería a su hija para casarse. Desde entonces, para siempre, Orion se daba el lujo de hacerse el chistoso diciendo, cada vez que tenía oportunidad, que a él le pidieron la mano, a lo cual Lourdes  respondía casi siempre con un sonoro carterazo.

         A Orion Cala se le metió el asunto de los girasoles en la cabeza cuando llevaba veinte años de casado y sus dos hijos, María de los Reyes y Víctor Orion, se había ido a seguir estudios universitarios en la gran ciudad. A lo largo de su vida en el pueblo, Orion había sido un hombre cívico de gran empuje, aunque no siempre encontró eco entre la gente para desarrollar sus ideas. Su plan para recuperar el parque central, y dotarlo de jardines y columpios, cambió para siempre el aspecto desolado que siempre había tenido la plaza, pero la verdad es que Orion terminó trabajando solo en el proyecto, y cualquier satisfacción por el éxito de éste terminó ahogándose en el mar de sus propias quejas y lamentaciones. Lourdes fue la receptora de los reproches que le dejó su desventura:

—Tus paisanos odian la pobreza, pero odian mucho más el trabajo…

         Orion, sin embargo, jamás perdió la fe en que los ciruelaleros eran material recuperable. Por eso, cuando leyó en la página agropecuaria del periódico que el gobierno español estaba auspiciando en Colombia un plan para crear grandes cultivos de girasol en pueblos de tierra caliente, al hombre se le metió en la cabeza que aquello era la redención económica de Ciruelal y dejó que la idea se apoderara de su cabeza y de su corazón. Pidió información a la Embajada de España y se dedicó a leer todo lo que pudo encontrar sobre los girasoles. Cuando estuvo bien enterado convocó a los hombres más importantes del pueblo a una reunión en la plaza. Hablando en tono grandilocuente, Orion les dijo que el girasol iba a sacar al Ciruelal de la pobreza y el olvido; les explicó que la semilla era muy apetecida en Estados Unidos y Europa por su poder nutritivo; se les fue por el lado romántico cuando se refirió a los girasoles como “esas flores que crecen hasta dos metros para erigirse majestuosas de frente al sol”; y en un fogoso remate, trajo a colación la adoración que el gran Van Gogh sentía por los girasoles, rematando el discurso con una franca exageración: “Recogeremos unos girasoles que harían palidecer de envidia a Van Gogh”.

         Hubo muchos en el pueblo que llegaron a decir que Orion Cala se había vuelto loco. En las tertulias que se armaban todas las tardes bajo la ceiba de la plaza, El Gallo Cala se convirtió en la víctima principal de las lenguas más picantes. “¿Y será que vamos a comer girasoles en este pueblo?”, fue una de las frases que alcanzaron a decirse allí, en aquella ronda perversa de caballeros desocupados. Pero fue tal la obstinación y el empuje que Orion Cala le imprimió a la idea, que los cirueleros terminaron convenciéndose y luego apasionándose con ella. Orion convenció al Alcalde de que le cediera veinte hectáreas de terreno de propiedad del Municipio y allí se emprendió la plantación. Pablito Cabanas, un español joven y rubio que trastornó a las muchachas del pueblo, fue enviado por el Instituto Español Agropecuario a prestar asesoría. Estaban en plena temporada de lluvias, lo cual era ideal para un cultivo como el girasol, que exige abundante agua. Teniendo en cuenta que el verano vendría pronto, Orion Cala debió actuar en el menor tiempo posible y un día antes del primero de septiembre todas las semillas quedaron sembradas, en una tesonera labor que incluyó a sesenta y cinco hombres y mujeres del pueblo.

         La plantación se convirtió en el epicentro social de Ciruelal. Todas las tardes el lugar era visitado multitudinariamente por grandes y chicos. Las plantas comenzaron a germinar muy rápido y cada una que brotaba de la tierra removida desataba un pequeño festejo. Así, Orion Cala se fue convenciendo cada vez más de que había escogido el camino correcto y de que por fin su liderazgo estaba dando frutos. El día en que apareció la primera flor hubo fandango en la plaza hasta el amanecer. Orion calculó que si todo salía cual lo previsto, estarían recogiendo cosecha la primera semana de noviembre y que las utilidades alcanzarían los treinta y cinco millones de pesos, suficiente para adquirir un nuevo terreno dos veces más grande, comprar semilla, fertilizantes y hasta iniciar la construcción de un sistema de riego que les permitiera sembrar los doce meses del año.

         Contento como estaba en ese Día de los Difuntos, Orion desayunó y sacó el mecedor a la terraza de la calle para saludar a la gente que pasaba con rumbo al Cementerio. Entonces pudo ver lo que aquellos peregrinos vestidos de negro llevaban en sus manos: eran ramos de enormes girasoles. Con ojos desorbitados, Orion Cala corrió al cementerio y corroboró la catástrofe. El cementerio estaba tapizado en girasoles, los cuales se amontonaban sobre los mausoleos, en los floreros de las tumbas y en el suelo de los corredores. El blanco calizo de las tumbas había sido cubierto por un amarillo intenso que brillaba bajo el sol de las ocho. Orion sólo tuvo aliento para preguntarle a uno de los dolientes: “

         —¿Se fue todo?

         —Sí señor —fue la respuesta.

         Orion Cala dio media vuelta y regresó vencido a su casa, sin hacer esfuerzo alguno por entender lo inentendible.